El 14 de abril, el periódico de la repetición de lo mismo de formas diferentes pagó 150 dólares a un militante de Al Qaeda, a cambio de los cuales obtuvo la excusa para denunciar que a éste se le había alimentado de forma forzosa durante su huelga de hambre. El día 15 de abril explotaron las bombas.
Los atentados del 11 de Septiembre impusieron una frontera divisoria. Estaba el mundo del 10 de Septiembre, y el mundo del 11 de Septiembre. Ésa línea divisoria dejó de existir cuando el 11 de Septiembre desapareció de la memoria y volvimos al mundo del 10 de Septiembre. No hay una fecha exacta en la que volveremos al mundo del 14 de abril, en el que es aceptable remunerar a terroristas a cambio de publicar su propaganda. Pero si los medios convencionales siguen así, esa jornada está a la vuelta de la esquina.
Un día después de los atentados, los medios afirmaban que finalizaba una década sin terror. Pero el terror nunca se ha detenido ni se ha tomado un descanso. Los agentes del FBI y las fuerzas locales del orden han pasado de frustrar conspiraciones terroristas a ser objeto del escepticismo y la mofa de los medios, que les acusan de violar los derechos civiles de los musulmanes y de inventar las amenazas.
Parte de esas conspiraciones parecían ridículas. Un caballero que abandona un coche-bomba en las inmediaciones de un teatro de Broadway a las puertas del cual esperaba una multitud para ver el musical El rey león, con niños en abundancia. Terroristas con explosivos en la ropa interior. Terroristas con explosivos en los zapatos. Reírse de todos los tarados que intentaban matar gente de forma ridícula se puso de moda. Algo casi igual de imbécil que tratar de secuestrar aviones comerciales armados solamente con cúteres, y luego intentar empotrar esos aparatos contra edificios civiles.
Los urbanitas progres dejaban de respirar aliviados cada vez que se frustraba una conspiración terrorista, y se cebaban con las fuerzas del orden. Había sospechas de que eran solamente montajes. Los representantes de los grupos musulmanes denunciaban que las fuerzas del orden se aprovechaban de confusos menores de edad, y les inducían a montar conspiraciones terroristas que nunca podían haber puesto en práctica por su cuenta.
Pero sólo teníamos una forma de averiguarlo.
El pasado año, Associated Press se hizo con un premio Pulitzer atacando el programa de vigilancia de las mezquitas del Departamento de Policía de Nueva York. Pero eso era la mentalidad del 14 de abril. Hoy, tras el 15 de abril, la policía vuelve a ser el héroe, y cualquier editorial de terroristas encarcelados que denuncien la falta de libros nuevos de Harry Potter en Guantánamo pasan temporalmente a la nevera. Pero la policía sabe mejor que nadie que no va a transcurrir mucho tiempo antes de que pase de ser héroe a ser villano.
La larga primavera durante la que los estadounidenses no encendían las televisiones para ver miembros ensangrentados dispersados por doquier fue posible gracias a la dedicada labor de las mismas personas a las que los medios convencionales han pasado la última década minando. Los medios convencionales les minaban el 14 de abril, pero dos jornadas después estaban reconociendo que la paz temporal lograda por la labor de esas mismas personas a las que despreciaban había hecho posible la ignorancia temporal del terror.
Desconocemos con exactitud la identidad de los autores materiales de la Masacre de la Maratón, pero muchas de las conspiraciones terroristas musulmanas frustradas por las autoridades habrían sido igual de letales. Y habrá otras como ellas en el futuro.
Mientras las fuerzas del orden inspeccionan los escombros, los medios convencionales aguardan al momento en que de nuevo sea seguro remunerar a terroristas por su propaganda. Si el terrorista resulta ser musulmán y algo más, entonces podremos retroceder en el calendario hasta el 14 de abril, cuando apoyar a los terroristas era seguro. Si alguno resulta tener alguna vinculación con la derecha, entonces habrá un festín de propaganda sucia. Pero incluso si se trata de otros Unabomber o de otro Bill Ayers, la falsa primavera del 14 de abril volverá.
Tres jornadas después, en el New York Times, el columnista de izquierdas Thomas Friedman utilizaba a Israel como inspirador ejemplo de vuelta a la normalidad a la hora de no dejar rastro de que ha tenido lugar un acto de terrorismo. Friedman no es el único que utilizaba el ejemplo de Israel, pero es un ejemplo muy malo. El proceso de paz de Israel se encuentra enfrascado en un ciclo de terrorismo. La amenaza de la violencia es constante, y nadie se detiene.
Una década después del atentado de Hamás que menciona Friedman, Obama es capaz de presionar a Israel para obtener un acuerdo con Turquía que ayuda a Hamás. Es la clase de error catastrófico que se comete cuando no se tiene en cuenta el terror, sino que se recogen los escombros y los miembros a toda prisa.
Negarse a ver el terror no derrota a los terroristas. Te sume en la mentalidad del 14 de abril, donde luchas por quitarte de la cabeza el 15 de abril a toda prisa. Para dejar atrás el 11 de Septiembre y todas las fechas de ese corte, hay que aprender a impedirlas en lugar de tratar de olvidar que han tenido lugar.
Lo que quiere Friedman en realidad es volver a toda prisa al 14 de abril. Y no es el único. Pocos quieren convivir realmente con el terror. Hasta el deseo progre de ver un terrorista “blanco” más convencional es perfectamente comprensible, porque ese terrorista, incluso si se hubiera tratado de otro Bill Ayers, forma parte de un mundo más convencional y más controlable.
Un monstruo oriundo del país, un Eric Rudolph, un Bill Ayers, un Timothy McVeigh o un Ted Kaczynski, sería comprensible. Hasta Charles Manson tiene más sentido para los progres que Mohammed Atta, Nidal Hasán, Najibula Zazi, Faisal Shahzad o la legión de nombres desconocidos que conspiraron para cometer sus propias atrocidades terroristas.
No se les puede explicar en términos de clase, de raza, de sexo o de cualquier otra excusa familiar que los oftalmólogos de la izquierda quieren insistir en que examinemos. Ellos están en guerra con nosotros.
Y la guerra lo cambia todo. La guerra arrastra al mundo del 11 de Septiembre. El mundo del 15 de abril.
El mundo del 14 de abril es un mundo en el que el terrorismo no es en realidad algo tan serio, pero la huelga de hambre de un terrorista sí lo es. Es un mundo en el que los terroristas son humoristas de explosivos en la ropa interior o en sus zapatos, en el que el calentamiento global es la principal amenaza a la raza humana, en el que todos tenemos que pensar más en el racismo de los blancos.
Es el mundo que entiende el New York Times.
El discurso de los medios se construye sobre la conservación de ese mundo. El 11 de septiembre asestó un golpe a ese mundo, pero la herida se ha cerrado y han vuelto las viejas verdades progres cómodas de dudosa validez. Ahora los medios esperan con los dedos cruzados a que salga algún “blanco” que tenga como móvil el aborto o la raza, y que encaje cómodamente en el mundo de los izquierdistas buenos y los derechistas malos. Lo que temen es que otro terrorista islámico, otro prometedor chaval de veintitantos salido de Pakistán o de Oriente Próximo de una familia de clase media y con título universitario se ponga a recitar versos coránicos.
No le comprenden, pero le temen. No por su capacidad de matarlos, sino por su habilidad para destruir el mundo que ellos se han construido. Un mundo en el que la izquierda tiene razón y la derecha se equivoca, en el que la diversidad lo arregla todo y lo único que hay que temer es al miedo al que es distinto.
Se temen que el largo sueño utópico en el que se sumieron tras el 11 de Septiembre se haya evaporado con otra deflagración y otro Alá ajbar.
Daniel Greenfield ocupa la cátedra Shillman de periodismo y es periodista afincado en Nueva York