De la 61a. reunión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU (CDH), clausurada recientemente en Ginebra, ha trascendido poco más que el habitual capítulo de recomendaciones, condenas y llamadas de atención a países “problemáticos” como Cuba o Colombia, contestadas, con mayor o menor virulencia, por sus representantes gubernamentales.
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En realidad, la reflexión más significativa de la reunión fue otra:
sencillamente que la Comisión de Derechos Humanos sirve para muy poco. La alta
comisionada, Louise Arbour, que ha visitado estos días a Colombia, lo expresaba
con claridad: “En la aplicación de los Derechos Humanos y la verificación de
resultados, las herramientas de la CDH se han quedado obsoletas”. Por su parte,
los medios europeos calificaban sin rodeos como “fracaso” las seis semanas de
debates en Ginebra.
La CDH está formada por 53 miembros elegidos por
naciones y regiones, que incluyen, en ocasiones, a países que violan
abiertamente los derechos humanos y bloquean decisiones en su contra, como
China, Libia o Cuba. Por eso, ha sido criticada porque sus decisiones carecen de
repercusión real. Condenas con cuentagotas, proyectos de resolución
neutralizados por la “moción de no acción”, violaciones de los derechos humanos
sencillamente ignoradas… Así transcurren sus reuniones, y esta no fue la
excepción.
Así, se produjo la retirada estadounidense de la condena a
China, mientras prosperaba una resolución contra Cuba, promovida por Estados
Unidos y la Unión Europea y respaldada por varios países, en la que se pide a la
Alta Comisionada que presente un informe sobre la situación de las libertades
fundamentales en la isla. En contrapartida, los delegados cubanos intentaban sin
éxito plantear un acuerdo de investigación sobre lo que sucede con los detenidos
en Guantánamo. Los ´cascos azules´, cuestionados por abusos sexuales,
violaciones, etc. (solo en Congo 105 denuncias), gravitaron también sobre la
reunión.
En medio de las sesiones, cayó la propuesta del Secretario
General, desde Nueva York, para una profunda reforma de la ONU. Uno de cuyos
puntos implica el reemplazo de la CDH por un Consejo más restringido, elegido
por dos tercios de la Asamblea General y del que formarían parte únicamente
Estados que cumplan con los parámetros más altos de respeto a los Derechos
Humanos.
Muchos países han puesto el grito en el cielo. Los delegados de
Cuba, Rusia, Egipto, Irán o China ven en la proposición de Annan, apoyada en
forma entusiasta por la presidenta Arbour, “una clara marginación de los países
en desarrollo”, ya que son muy pocos los que podrán alcanzar los estrictos
criterios exigidos. Es el camino, estiman, para que el organismo de defensa de
los Derechos Humanos de la ONU se transforme en un “club de ricos”.
En
todo caso, se trata de una de las reformas fundamentales que Annan y sus
asesores incluyen en su plan de salvación de la viabilidad de la ONU. Esta, a
punto de cumplir 60 años, enfrenta una pérdida progresiva de prestigio y una
creciente parálisis para la resolución de conflictos, en un mundo con más de 40
guerras calientes, 12 millones de refugiados y más de 20 mil muertos diarios,
víctimas de la miseria extrema.
A pesar de todo, el consenso entre la
mayor parte de la comunidad internacional es claro: Naciones Unidas sigue siendo
el único sujeto histórico con legitimidad para agrupar a un número suficiente de
países en torno a las grandes decisiones globales.
Como decía Daag
Hammarskold, uno de los secretarios generales que dejó mayor impronta: “La ONU
no fue creada para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”. La
Comisión de Derechos Humanos no parece estar haciendo ni siquiera esto último.
Fuente: El Tiempo – Colombia
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