Joan Valls
Larga, con macroatentados terroristas puntuales por encargo, administración de la tensión social e invasión constante de ilegales. Así será –es ya- la guerra simbólica española. Un simbolismo que, de seguir así las cosas, irá diluyéndose en lo que queda de década hasta dar paso a la guerra abierta y declarada en la próxima.
La historia de España como nación europea de primer orden, así como su necesario encaje en la Unión Europea, no posibilitaba el inicio de un conflicto bélico que desestabilizaría irremediablemente a la UE. En ese escenario, sólo cabía lo que Arzallus definió una vez con su habitual cinismo como “terrorismo de baja intensidad”; un terrorismo que iría minando a la sociedad, reforzaría el discurso izquierdista sin el desgaste de los partidos políticos y, al mismo tiempo, sería soportable para el Estado. Paralelamente, la izquierda española ha tenido siempre muy interiorizado su monopolio de la moral y la legitimidad. Mientras el destino del país estaba en sus manos en todos los órdenes, la cuestión nacional no cobró tintes alarmantes. Incluso agudizó las divisiones internas del Frente Popular, manifestadas en los GAL, que bien podrían definirse como una guerra interna del frentepopulismo. Cuando los gobiernos de Aznar se lanzaron a la yugular del terrorismo vasco y le dieron a España la confianza, el espíritu ganador y el alineamiento internacional que necesitaba, el frentepopulismo se unió en lo que iba a ser el gran desafío del siglo XXI: el tinellismo. Quizá, tras el asesinato de Calvo Sotelo, el hecho más grave para el futuro de España, no sólo por lo que explicita, sino, sobre todo, por lo que implica.
El tinellismo significa un excepcional esfuerzo del Frente Popular por recuperar sinergias. Toda una maquinaria oxidada y olvidada en los campos de la derrota del 39. Una máquina que había que pulir con pactos tripartitos, engrasar con la criminalización del Partido Popular y alimentar con un combustible potente: el miedo y la división.
La Guerra Simbólica, que hasta el momento se había cobrado casi mil vidas, tomaba un nuevo cariz. Así, se imponía la tesis catalanista y se suspendía la violencia directa. El terrorismo de “baja intensidad” había fracasado y estaba agonizando. Perpiñán significa la consolidación de este nuevo rumbo. El camino quedaba despejado ante una ETA que ya no iba a asesinar en suelo catalán, pero tampoco, de momento, en “España”. Y quien no asesina durante un tiempo tendría que quedar libre de la sospecha del 11Maine. Al menos, en el discurso que venderían los medios de comunicación afines.
La primera etapa de la guerra simbólica consiste en polarizar la sociedad en dos bandos: ellos y nosotros. Esta fase ya ha sido completada con éxito. La matanza del 11Maine sirvió para desalojar al PP del poder y para el reinicio de un proceso de ingeniería social que quedó interrumpido de 1996 a 2004. Pero, aún con eso, su gran utilidad ha radicado en el hecho de dividir la sociedad española en dos bandos irreconciliables: los que queremos saber qué sucedió y los que ya no quieren saber. Ése es el gran éxito de la banda terrorista ETA y de sus encubridores y patrocinadores. Por supuesto, el plato ha sido acompañado por unas dosis de revisionismo histórico, apelaciones a la Guerra Civil y mensajes subliminales constantes.
La segunda etapa de la guerra simbólica nos lleva a un escenario alterado mediante la invasión ilegal promovida directamente por el socialismo. El discurso aparentemente suicida del multiculturalismo (el obsoleto “melting pot” anglosajón asumido ya como un fracaso en esas sociedades) es para consumo externo: se posiciona al PP como xenófobo y contrario a la inmigración para asegurarse varios millones de votos que en los próximos años los inmigrantes podrían darle al PSOE. Esto aseguraría, prácticamente, una mayoría absoluta con caducidad sine díe. La consecuencia lógica sería la radicalización de las posturas xenófobas en los simpatizantes del PP, lo que, a modo de retroalimentación, reforzaría el discurso de la izquierda.
La Guerra Simbólica es una lucha con seguro de victoria para quien la promueve. Las derrotas son meros contratiempos que quedan en el camino del victimismo discursivo hasta el siguiente resurgimiento. La victoria no es visible porque es parte de un proceso y el proceso es, en sí mismo, el medio y el fin (como el terrorismo islamista). La derrota, paradójicamente, refuerza el discurso. Hay una extraordinaria similitud entre el discurso y los usos frentepopulistas y el terrorismo islamista.















