¿Puede una democracia occidental renunciar a la verdad y la justicia y amparar, en cambio, la impunidad de los terroristas? ¿Es viable la renuncia constante a la autocrítica en sociedades presuntamente avanzadas? La chapuza evidente del sumario del 11M es una prueba más de que hay interés por un carpetazo. Y de que los muertos molestan en la vida egoísta y cómoda de la mayoría de sus conciudadanos.
Joan Valls
La masacre del 11M y los dos años posteriores de continuas cortapisas a la investigación, así como de desgana del Gobierno y de la oposición por esclarecer los hechos, nos han llevado a un panorama desolador. La búsqueda de la verdad ha quedado, como en los peores años del felipismo, en manos del periodismo de investigación o, por decirlo más claro, de El Mundo y de Luis del Pino y sus lectores en Libertad Digital.
“Primero la verdad que la paz”, escribió un Unamuno ya desencantado. Pero, ¿a quién le interesa la verdad de lo que sucedió el 11M? ¿Quién quiere saber lo que ocurrió antes y después de aquella fatídica fecha? ¿En qué quedaron las manifestaciones masivas para exigir la verdad? Gobierno, oposición y ciudadanía han acabado confluyendo en los cauces de la apatía y el silencio para pasar página. Mientras el gobierno socialista negocia una vergonzosa rendición con la banda terrorista ETA, lucha por mantener una versión de los hechos del 11M que no se sostiene ya por ninguna parte. La oposición, en cambio, delega de forma sospechosa en los medios de comunicación críticos con el Gobierno la responsabilidad del esclarecimiento del 11M. Incapaz de generar un discurso propio, malgasta su tiempo en apagar los incendios que los pirómanos discursivos de Ferraz propagan con minuciosa estrategia. La ciudadanía, desmovilizada y egoísta, asiste con indiferencia a este despropósito generalizado. La cosa pública se desvanece cada vez más, la opinión pública se hunde en la ferropenia y apenas se recupera de vez en cuando con pequeñas dosis de consignas mediáticas de uno u otro bando. Resurgen, entonces, con más oportunidad que nunca, las palabras de Spengler en La decadencia de Occidente: “Al terminarse la época final de toda cultura, llega también a su término, más o menos violentamente, la historia de las clases. Vence la mera voluntad de vivir, en libertad y desarraigo, sobre los grandes símbolos de la cultura que la humanidad, toda urbanizada, ya ni comprende ni tolera. El dinero borra todo sentido de los valores inmuebles, adheridos al suelo.”
¿Puede una democracia occidental renunciar a la verdad y la justicia y amparar, en cambio, la impunidad de los terroristas? ¿Es viable la renuncia constante a la autocrítica en sociedades presuntamente avanzadas? La chapuza evidente del sumario del 11M es una prueba más de que hay interés por un carpetazo. Y de que los muertos molestan en la vida egoísta y cómoda de la mayoría de sus conciudadanos.
Sin embargo, en todo este desastre moral, la actitud de la oposición es la más lamentable de todas. Al fin y al cabo, el Gobierno trata de mantenerse en el poder y, probablemente, de torpedear revelaciones comprometedoras. Pero, ¿no debería una oposición que tuvo responsabilidades de gobierno antes y durante el 11M luchar con más firmeza para que se aclare todo? Si bien es cierto que la ciudadanía muestra signos de apatía alarmantes, en las filas populares debería estar asumido que, a las bases, normalmente, las moviliza un líder carismático, fuerte e implacable con las mentiras del Gobierno.
El concepto que el Partido Popular tiene de Rodríguez Zapatero recuerda a la política que se siguió con Eróstrato, quien, en el año 356 a.c., incendió el templo de Artemisa en Éfeso con la intención de inmortalizar su nombre. A pesar de que se prohibió registrar su nombre por siempre, su fama trascendió. De nada sirve contener el discurso y acudir a la Moncloa una y otra vez para salir de allí siempre con el mismo rostro de sorpresa. Si hay algo que los ciudadanos entienden y valoran es la coherencia en los mensajes.
Llegados a este punto, las palabras de Spengler vuelven para advertirnos, quizá, de algo que muchos sospechamos en la España de 2006: “todo acto moral es, en el fondo, un trozo de ascetismo, un matar la existencia”.
Joan Valls es Editor de www.debate21.com.
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