Joan Valls
Todo gran festín que se precie debe asegurarse siempre la presencia de ciertos personajes: comensales, sirvientes, payasos, conspiradores y, lo más importante, los sacrificados. Desde el inicio de su particular “fin de la historia”, España se ha convertido en un verdadero festín orgiástico en el que los españoles ya han invertido parte de la velada interpretando con boba sonrisa el papel de cordero degollado. La Guerra Simbólica española, cuyas dos primeras etapas quedaron analizadas en la primera parte de este artículo, camina ya hacia la tercera fase, cuya estructura se asemeja a una fuga de Bach.
A medida que el discurso guerracivilista del Frente Popular vaya agotando su escaso combustible y deje de calar en un electorado compuesto por ancianos, maduros desgastados y mileuristas desmotivados, el socialismo español se verá obligado a recurrir a otros sistemas de manipulación. Si algo se le puede reconocer, es su capacidad para desarrollar estrategias a medio y largo plazo, así como para encontrar soluciones temporales a los problemas que le crean sus ansias de poder absoluto. La gran jugada del socialismo tinellista consiste en escenificar en la arena internacional una política para consumo exclusivamente interno. Se inaugura, así, la tercera etapa de la guerra simbólica. El conflicto del Líbano nos muestra a la perfección cómo se rompe el consenso occidental para arrinconar a los populares en el ámbito doméstico. Tales son los malabarismos necesarios, que hasta el propio González debe negociar en Teherán la inmunidad de los soldados españoles a cambio de favores discursivos en Occidente.
Paralelamente a este domus planetario, se prosigue con la vieja obsesión frentepopulista: la Iglesia católica, esta vez identificada, ya no con el elemento retrógrado, sino con los vestigios de Occidente que son precisos demoler. A pesar de todo, la izquierda española no escapa al dualismo occidental, y así, a un enemigo declarado le es preciso oponerle su nuevo aliado: el mundo musulmán en todas sus variantes. Si hasta los sesenta la izquierda apoyó a Israel sin fisuras, a partir de esa época cambia su discurso con la misma facilidad de un Rodríguez Zapatero y le declara una guerra a muerte. Kantor lo sintetiza así: “El antisemitismo ha estado y sigue estando asociado a las ideologías del privilegio y la superstición; por eso, mientras la izquierda era progresista y defendía a las amplias clases medias, también era filo-judía. Ahora que defiende los intereses feudales y tribales, se ha aliado, como es natural, con los enemigos de la modernidad, que lo son también de Israel.” En el caso de la izquierda española, el antisemitismo, en su todavía guerra simbólica, le sirve para apoyar el discurso islamista, que, en última instancia, representa en forma de nihilismo todo un desafío al cristianismo y a lo que queda de Occidente. Las excelentes relaciones del Gobierno Rodríguez con el régimen marroquí y las teocracias nazi-islamistas se encuadran, siempre, en una lectura de estrategia para consumo doméstico, pues es evidente que España ha abandonado toda política exterior. Instalados en esa dinámica, y con Rajoy preso de la coherencia con el pasado, cualquier soldado español que sea asesinado en misiones bélicas como la del Líbano le asegurará al Ejecutivo el apoyo de todos los grupos parlamentarios, por lo que el círculo vicioso se completará, tanto si la misión es un éxito como si fracasa. Como expuse en la primera entrega de esta serie, la declaración de guerra simbólica conlleva el seguro de la victoria. La promoción del islam y de sus centros de conversión y control de los fieles en regiones como Andalucía y Cataluña no puede entenderse sin una lectura de la presunta política exterior española y de sus objetivos domésticos.
El fútbol, Internet y la guerra generacional entre mileuristas y acaparadores, cuyo oleaje todavía logran contener los diques del sindicalismo socio-vertical, culminan este quinteto de la tercera fase de la Guerra Simbólica. En la tercera y última entrega de esta serie de artículos, desarrollaré el análisis de este quinteto y me centraré ya en mis pronósticos para la etapa de guerra abierta.
En medio de todo este absurdo, de este delirium tremens de la izquierda, uno no puede dejar de recordar las palabras de Kafka sobre Sancho Panza sin pensar en el pueblo español: “un hombre libre que siguió estoicamente, tal vez a causa de un positivo sentimiento de responsabilidad, a Don Quijote en sus periplos, de lo que obtuvo un enorme y provechoso entretenimiento hasta su final”.
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Joan Valls es editor de www.debate21.com
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