Política

La incoherencia global

“Oriente Próximo no tiene,
la exclusividad de este rebrote de la violencia ni del uso de las
armas como instrumento diplomático. En Venezuela, el demagogo populista Hugo
Chávez, tras haber ahogado la democracia en uno de los países de América latina
donde mejor funcionaba, el suyo, trata de colocar bajo su autoridad a los países
vecinos”.

Jean-François Revel
Desde que en la Antigüedad grecorromana nació aquello que denominamos -sin duda
de forma abusiva- “ciencia” política, le otorgamos una racionalidad que está
lejos de haber adquirido. En efecto, el uso de la violencia no ha disminuido.


Hace todavía muy poco, la guerra de Irak, la represión rusa en
Chechenia, los incesantes conflictos -la mayoría de las veces guerras civiles-
que ensangrentan Africa subsahariana son tan sólo algunos ejemplos del triunfo
de la fuerza sobre la negociación. Los asesinatos individuales, más expeditivos
que las elecciones para librarse de un rival o de un adversario, han vuelto a
ser habituales.

El ex primer ministro libanés Rafik Hariri y el jefe de
los independentistas chechenos Aslán Masjádov figuran entre las últimas víctimas
de este resurgimiento del crimen político. Las masacres colectivas también
proliferan y provocan centenares de muertos. El 10 de marzo pasado, en Mosul,
ciudad sunnita, un kamikaze chiita mató cerca de cincuenta personas que se
habían reunido para asistir a su funeral.

Oriente Próximo no tiene,
desde luego, la exclusividad de este rebrote de la violencia ni del uso de las
armas como instrumento diplomático. En Venezuela, el demagogo populista Hugo
Chávez, tras haber ahogado la democracia en uno de los países de América latina
donde mejor funcionaba, el suyo, trata de colocar bajo su autoridad a los países
vecinos; su principal objetivo es, claro está, Colombia, fronteriza con
Venezuela.

Chávez utiliza los petrodólares, que recibe en abundancia, no
para mejorar el bienestar de su pueblo, sino para comprar armas, y busca un
enfrentamiento con Colombia para así derrocar al régimen de Alvaro Uribe, según
él “oligárquico y proestadounidense”. Proyecta, finalmente, anexarse el
territorio colombiano.

Lo más lamentable es que las grandes democracias
europeas contemplan con cierta simpatía a Chávez y a otros dictadores de su
misma calaña. Ven en ellos a unos dirigentes del Tercer Mundo que completan su
independencia. Pero América latina es independiente desde hace tiempo y el único
objetivo de Chávez es colonizar los Estados a su alcance: Colombia, Ecuador y
Perú. Dada la indulgencia e incluso la adhesión internacional de que disfruta,
uno no puede evitar ver en su estrategia invasora una ilustración de la vuelta
de la violencia a la política contemporánea, y de una violencia aceptada.


La mayoría de las veces, las verdaderas democracias, sobre todo las
europeas, entre las cuales figura la mayoría de las grandes potencias, asisten
pasivas a las fechorías de las dictaduras establecidas o en vías de
establecerse. Lo hemos comprobado con la guerra de Irak y, más tarde, con el
regreso al Líbano de su ex primer ministro Rafik Hariri y su asesinato,
probablemente perpetrado o inspirado por Siria.

Había que sancionar a
Damasco y obligar a las tropas sirias a evacuar el Líbano. Ante estas
situaciones, que deberían reclamar de manera tan imperativa como rápida decisión
y acción, Europa se transforma instantáneamente en un ectoplasma. Si menciona el
problema, es para culpar a Estados Unidos o para pelearse dentro de la propia
Unión, y rara vez para actuar de forma concertada.

Sin embargo, las
naciones contemporáneas deberían tener mayor capacidad para reprimir la
violencia, puesto que piensan cada vez más en asociarse entre sí, en constituir
organizaciones que multiplican su poder y que son la verdadera fuente de la
política internacional: la Sociedad de Naciones antaño, Naciones Unidas ahora,
la Unión Europea, la Organización Mundial del Comercio y otras muchas. Pero no
se sabe si estos grandes conglomerados incrementan o reducen la eficacia
internacional de los países que los componen.

Asimismo, la
irracionalidad política se convierte fácilmente en una irracionalidad cultural.
Lo hemos comprobado con la controversia sobre el velo en Francia, pero no somos
los únicos en vivir este “choque entre culturas” o, más bien, este choque entre
la cultura islámica y la cultura laica europea.

En este siglo, en el que
nos creemos racionales, todos éstos son síntomas modernos de la vieja enfermedad
de la falta de lógica en la política. Pero la paradoja es que, en la era de los
coloquios internacionales y de las conferencias planetarias que tienen como
objetivo solucionar las desavenencias por medio de negociaciones y compromisos
pacíficos, la humanidad vuelve a caer con tanta asiduidad en el recurso de la
violencia. Esta es, sin duda, la principal incoherencia de la política en
nuestra época.

Fuente: La Nación
(Argentina)

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