Seguridad
El National Intelligence Council de los Estados Unidos, en un reciente informe dedicado al análisis de las grandes tendencias que previsiblemente van a dominar la geopolítica mundial en los próximos quince años, incluye dos afirmaciones que me parecen indiscutiibles. Por un lado que el proceso de globalización resulta en gran medida irreversible y por otro que los actores no estatales van a jugar un papel cada vez mayor [i]. Ambas tendencias pueden considerarse en conjunto positivas, pero en este ensayo quiero destacar su lado peligroso, representado por las amenazas transnacionales a la seguridad, protagonizadas por agentes no estatales, que se ven potenciadas por la globalización.
El informe que un panel de expertos encabezado por el ex primer ministro tailandés Anand Panyarachun ha presentado recientemente al secretario general de las Naciones Unidas agrupa en cinco áreas las principales amenazas a las que se enfrenta el mundo actual [ii]. La primera se refiere a la pobreza, las enfermedades infecciosas y el deterioro medioambiental, la segunda a los conflictos armados, tanto interestatales como internos, la tercera a la proliferación de las armas nucleares, biológicas, químicas y radiológicas, la cuarta al terrorismo y la quinta a la delincuencia organizada transnacional. Esto supone que bajo un mismo concepto general de amenazas se engloban problemas típicos de la seguridad exterior (conflictos interestatales y proliferación de armamento), otros que solían ser abordados desde la perspectiva de la seguridad interior (terrorismo y delincuencia) y otros correspondientes al terreno de la política económica y social (pobreza, infecciones, medio ambiente). Una amalgama que hace unos años podía resultar extraña, pero que responde a un planteamiento muy común en los estudios más recientes sobre el tema.
Dentro de este conjunto de amenazas he optado por analizar tres que tienen en común su caracter transnacional, el protagonismo de actores no estatales y, en cierta medida, su interrelación, aunque se trata de cuestiones muy distintas. Me refiero a los efectos de las migraciones internacionales en la seguridad, al avance de la delincuencia organizada transnacional y al terrorismo global.
Migraciones y seguridad
Al analizar los riesgos de seguridad que genera en un país la llegada de un considerable flujo de inmigrantes hay que evitar dos errores opuestos, el de considerar infundado cualquier temor que en este sentido puedan manifestar sectores de la opinión pública y el de considerar que todo temor tiene fundamento, con el resultado de justificar todos los prejuicios xenófobos. Con la dificultad adicional de que, en éste como en otros muchos casos, la percepción es parte del problema, es decir que una reacción xenófoba resulta preocupante, independientemente de que se base en motivos reales o imaginarios.
De acuerdo con un estudio pionero en la consideración de las migraciones desde la perspectiva de la seguridad existen cuatro motivos por los que una comunidad inmigrante puede crear un problema de dicha índole al país receptor [iii].
a) La actividad de los inmigrantes contra el gobierno de su país de origen puede representar un factor de tensión internacional. Es el caso bastante frecuente del grupo armado que emplea el territorio de un país extranjero y recurre al apoyo de sus compatriotas en él asentados para impulsar acciones contra el gobierno de su propio país.
b) Grupos de inmigrantes pueden representar una amenaza directa para la seguridad del país receptor. Esta amenaza puede venir de grupos terroristas o de la delincuencia organizada.
c) Pueden producirse conflictos xenófobos si ciertas comunidades inmigrantes son percibidas como una amenaza para el bienestar social del país receptor. Es frecuente que los inmigrantes provoquen resentimiento debido a la percepción de que ocasionan un incremento de la delincuencia, quitan puestos de trabajo, conducen a un descenso de los salarios, o restan recursos sociales a la población local en temas como sanidad, educación o seguridad social.
d) Por último debe tenerse presente la posibilidad de que la inmigración sea percibida como amenaza a la identidad cultural del país receptor. La xenofobia puede surgir directamente de la percepción de que los recién llegados ponen en cuestión la homogeneidad lingüística, religiosa o de costumbres de la población local. Y debe considerarse que la identidad cultural parece representar a la vez una necesidad básica de las personas y un factor potencialmente generador de violencia, en forma de nacionalismo excluyente o fundamentalismo religioso.
En el pasado, tanto en Estados Unidos como, en menor medida, en Francia y otros países europeos, la pauta habitual era que los inmigrantes se adaptaran a la lengua, a las costumbres y a los valores del país receptor, con lo cual terminaban siendo aceptados e integrados, al menos en la segunda generación, pero no está tan claro que vaya a ocurrir lo mismo con los flujos de inmigrantes que están llegando últimamente [iv]. Hoy en día la distancia cultural entre el país de origen y el de acogida es a menudo mayor de lo que era en el pasado, la legitimidad de forzar a los inmigrantes a abandonar su propia cultura se halla en entredicho, y la facilidad de las comunicaciones y los viajes permite que los inmigrantes mantengan una estrecha relación con sus países de origen, que refuerza su identidad particular. Se plantea por todo ello la posibilidad de que se consolide la existencia de comunidades transnacionales, es decir comunidades que se integran en los países receptores sin perder sus vínculos con los países de origen, creando lazos que transcienden las fronteras geográficas, políticas y culturales.
En el caso de España, el debate sobre la inmigración ha adquirido un considerable relieve en los últimos años. Ello no es sorprendente, si se tiene en cuenta que la proporción de residentes extranjeros en España se ha triplicado en la últiima década, aunque siga siendo menor que en otros países europeos con más tradición inmigratoria.. La sociedad española, como la europea en general, va a ser pues cada vez más multiétnica. Conviene por tanto plantearse cual es la actitud de los españoles hacia la inmigración y la convivencia interétnica. De acuerdo con las encuestas, parece ser relativamente favorable. Un estudio del CIS de febrero de 2000 mostró que el 43 % de los españoles consideraba la inmigración como positiva para los países desarrollados, frente a un 24 % que la consideraban negativa. Esa percepción favorable la compartían los encuestados de 14 de las 17 comunidades autónomas españolas, los de todos los niveles de estudios (en mayor medida cuanto mayor era dicho nivel) y los de todos los segmentos de autoposicionamiento ideológico, excepto los de extrema derecha. En la misma encuesta se percibía sin embargo un motivo de preocupación: el 51 % de los encuestados estaba de acuerdo con que el aumento de los emigrantes favorecía el incremento de la delincuencia, frente a un 35 % que estaba en desacuerdo. Esta preocupación era compartida por los encuestados de todos los niveles de estudios, excepto los universitarios, y los de todos los segmentos de autoposicionamiento ideológico, excepto los de extrema izquierda [v]. Una encuesta más reciente del CIS, el barómetro de junio de 2002, dio resultados parecidos. Y de acuerdo con otra realizada en enero de 2003 por el Instituto Opina, los españoles perciben a la inmigración como el principal factor en el incremento de la inseguridad ciudadana, siendo el 57 % los que lo consideran un factor importante [vi].
Por otra parte, los estudios cualitativos mediante grupos de discusión realizados en lugares con una alta proporción de inmigrantes muestran una reticencia por parte de la población española. En ello influyen diversos motivos, como la percepción de que los espacios públicos están siendo ocupados por gentes ajenas, de que los inmigrantes compiten con el pequeño comercio local y hacen bajar los salarios de los trabajadores, de que “no se integran”, es decir que mantienen sus propias costumbres y formas de vida, y de que acceden a servicios sociales, como la enseñanza, que pagan los españoles, pero uno de los principales es el referido a la delincuencia [vii].
En todo esto influyen desde percepciones puramente subjetivas hasta el discurso de los políticos y de los medios de comunicación. Conviene por tanto tratar de averiguar si es cierto que la llegada de extranjeros está teniendo una incidencia en las tasas de delincuencia. El indicio más claro de que así es se encuentra en que en las detenciones por presunto delito el porcentaje de detenciones de extranjeros se ha incrementado notablemente: era del 14,9 en 1998, 16,5 en 1999, 21,6 en 2000 y 26,6 en 2001. Dicho de otra manera, si en 1998 era extranjero uno de cada siete detenidos, en 2001 lo era uno de cada cuatro. [viii]
Aparentemente los extranjeros, que representaban un 3 % de la población, o todo lo más un 4 % si tenemos en cuenta a los inmigrantes irregulares, serían pues responsables de aproximadamente una cuarta parte de los delitos cometidos en el año 2001. La desproporción es demasiado grande como para que pudiera atribuirse a una presunta tendencia a detener preferentemente a sospechosos extranjeros. Pero tampoco se puede caer en la interpretación simplista que atribuye mecánicamente el incremento de la delincuencia al incremento de la inmigración. La explicación ha de buscarse en dos fenómenos que son distintos entre sí, pero cuyo efecto respectivo es muy difícil de diferenciar, por un lado el auge de la delincuencia organizada transnacional, que abordaremos más adelante, y por otro lado los factores criminógenos que inciden en las poblaciones inmigrantes, que examinaremos a continuación.
Los estudios realizados en distintos países demuestran que no hay una relación constante entre inmigración y delincuencia, es decir que no se puede afirmar que las poblaciones inmigradas tengan siempre una propensión a la delincuencia ni mayor, ni igual, ni menor que las autóctonas. Todo depende del lugar y del período que se considere, pero los estudios más recientes realizados en Europa occidental muestran que en los últimos años los inmigrantes presentan una tasa de delincuencia mayor que la de los autóctonos [ix]. Esto pudiera explicarse mediante dos teorías básicas de la criminología, la teoría de la privación relativa y la teoría del control social. De acuerdo con la primera, una persona puede verse empujada a la delincuencia por la frustración que le genera el contraste entre sus condiciones de vida y sus aspiraciones. Esta propensión a la delincuencia no respondería directamente a la privación objetiva, es decir a la pobreza en sí misma, sino que es necesario tener también en cuenta el factor subjetivo de las aspiraciones del individuo. Esto ayuda a comprender el hecho, frecuentemente constatado, de que los inmigrantes de segunda generación, es decir los hijos de padres inmigrantes, presenten una tasa de delincuencia más alta que los de primera generación. En efecto, estos últimos tienen presentes las condiciones de su país de origen y por tanto pueden sentir que han prosperado, aunque se encuentren en una situación desfavorecida respecto a los autóctonos del país de acogida. Para sus hijos, en cambio, las condiciones del país de origen ya no son relevantes. Ellos aspiran a más y por tanto, a igualdad de condiciones objetivas, están más expuestos a la frustración.
Se observa sin embargo que en distintos países se manifiestan marcadas diferencias en las tasas de delincuencia de grupos étnicos de nivel social similar. En Gran Bretaña, por ejemplo, los afrocaribeños presentan una tasa de delincuencia superior a de la población autóctona, mientras que las de indios, pakistaníes y bangladeshis son inferiores, sin que ello se pueda explicar por sus niveles de renta, ya que los bangladeshis, en particular, son más pobres que los afrocaribeños. Y en los Países Bajos las condiciones de vida de turcos y marroquíes son similares, pero sólo los segundos presentan elevadas tasas de delincuencia [x].
Para explicar este tipo de diferencias la teoría más útil parece ser la del control social. De acuerdo con ella, una persona está tanto menos expuesta a caer en la delincuencia cuanto más integrada se encuentra en su entorno, a través de un conjunto de valores compartidos que se transmiten en el seno de la familia, la escuela, el barrio y todo el tejido asociativo que en su conjunto conforma una comunidad. En la medida en que los inmigrantes se hallan menos identificados con los valores del país de acogida, esta teoría explica que sus tasas de delincuencia tiendan a ser en general más elevadas, pero también ayuda a entender las diferentes tasas que se dan entre diferentes grupos de inmigrantes. A este respecto lo que importa es la solidez de los vínculos sociales dentro de las propias comunidades de inmigrantes. Aquellos en que los lazos familiares sean más sólidos, por ejemplo, presentarán tasas de delincuencia menores.
Los atentados del 11-M, perpetrados por inmigrantes magrebíes, han venido a subrayar dramáticamente otro aspecto crucial del problema: la implicación de sectores muy minoritarios de la inmigración musulmana en el terrorismo yihadista.
Fuente : GEES – Fragmento de la ponencia presentada en FAES el 13 de abril de 2005