El discurso de los antisistema que han comprado Carles Puigdemont y Oriol Junqueras ha evitado hablar de Europa.
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Viernes, 09 de octubre 2026

El discurso de los antisistema que han comprado Carles Puigdemont y Oriol Junqueras ha evitado hablar de Europa.
Una de las paradojas de la agitación política que vivimos desde hace meses es la complicidad entre una fuerza catalanista conservadora, liderada en la sombra por Artur Mas, un partido republicano dirigido por el ambiguo Oriol Junqueras y conducida con el mando a distancia por una formación revolucionaria o antisistema, la CUP, que ha impuesto casi al pie de la letra su hoja de ruta. Con diez diputados y con 336.375 votos. La última fuerza del Parlament.
La independencia se muestra como un instrumento táctico para liquidar el sistema. Lo dicen bien claro sus estrategas que no aparecen en los medios pero que han preparado el discurso para desmontar el llamado régimen de 1978. Y lo han llevado a la calle pensando que la calle era suya hasta que han descubierto que también la podían utilizar otros.
El sábado se manifestaron en Barcelona los partidarios del diálogo, del “Parlem”; el domingo se llenó el centro de la ciudad con cientos de miles de catalanes y otros ciudadanos venidos de fuera en defensa de la unidad española. En los últimos seis años la calle ha sido de los independentistas que se han manifestado con orden escrupuloso cada Diada. La calle sirve para todos pero no es en la calle donde se resuelven los problemas sociales y políticos de una sociedad. Es en las instituciones donde se hace la política, como advertía muy bien el general De Gaulle.
Cuando se invoca liquidar el régimen de 1978 se quiere barrer la democracia representativa y liberal. Es la que ha aportado el periodo más largo de progreso, libertad, paz social y convivencia cívica de nuestra historia. Tanto en España como en Catalunya.
El independentismo pilotado por los antisistema de la CUP no habla de la economía social de mercado que ha sido uno de los pilares del Estado del bienestar. Tampoco menciona Europa como paraguas de nuestros fantasmas colectivos. Qué buen discurso pronunció Josep Borrell el domingo presentando las esteladas de la bandera azul de Europa. Fue el primer parlamento razonado que, cuando menos, ofrecía materia de debate contra las tesis independentistas que han dominado la política catalana en los últimos cinco años. No es verdad que en Catalunya sólo exista un pensamiento. La pluralidad social y política se comprueba cada vez que se abren las urnas. Los cuperos pretendían echar al sistema financiero de Catalunya. Objetivo casi cumplido.
Una fuerza como la antigua Convergència no se ha dado cuenta, quizás, que el movimiento independentista ha sido un instrumento táctico para liquidar el sistema apartándolo de las ideas matrices de la Unión Europea.
El Gobierno Rajoy ha puesto en marcha toda su maquinaria diplomática y política para cerrar las puertas a cualquier aproximación de los líderes europeos y mundiales a los independentistas catalanes. Es cierto. Pero también es un hecho que desde el 2012 ningún cargo de primer nivel europeo o internacional ha recibido a ninguna delegación catalana, ya fuera presidida por Artur Mas o Carles Puigdemont o por el conseller de Exteriores, Raül Romeva. Ningún jefe de gobierno ha pisado Catalunya oficialmente.
Aún aceptando los datos del referéndum, un 38% de independentistas, en un recuento hecho insólitamente por el propio Govern de la Generalitat, no es democrático plantear una declaración unilateral de independencia sin contar con una mayoría social de catalanes. Es un fraude que nos puede resultar muy caro a todos.
Decía Indro Montanelli que las “revoluciones triunfan no por la fuerza de las ideas, sino cuando logran constituir una clase dirigente mejor que la anterior”. Pienso que no hemos llegado a este punto, sobre todo si la política se hace en la calle, que puede recoger los descontentos o alegrías de millones de personas pero no puede dirimir la política como el arbitraje de los intereses contrapuestos de los ciudadanos. Jean Monet observó una vez que “nada es posible sin las personas, pero nada puede perdurar sin las instituciones”.
La independencia puede ser legítima cuando recoge un deseo mayoritario, expresado en las urnas con los requisitos pactados entre las partes. Lo que no encuentro pertinente es que sea un pretexto para acabar con el sistema liberal democrático que, a pesar de sus muchos defectos, funciona mejor que los otros que conozco.
Publicado en La Vanguardia el 11 de octubre de 2017
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