Luchar hasta el final, sin miedo. Es el mensaje que nos deja Juan Pablo II. Un hombre de fe inquebrantable, que inspiró a millones con su ejemplo al enfrentar a la muerte con pasión y aun sin las dudas que llegaron a invadir en sus momentos más críticos al propio Jesús, cuando según las Escrituras decía clavado en la cruz: “Padre, por qué me has abandonado´´.
Alejandro Alvarado Bremer
Con el precedente de Cristo, Karol Wojtila no mostró durante toda su enfermedad un solo momento de frustración, aun con el terrible padecimiento del mal de Parkinson, que afecta la memoria, la coordinación de movimientos y que deja al afectado sumamente vulnerable a cualquier tipo de infecciones.
Su misión, me decía durante una entrevista el doctor Max Bonilla, decano de la Universidad Franciscana de Steunbenville, Ohio, fue seguir hasta el final con su pueblo. Por eso no se retiró, a pesar de los problemas administrativos y políticos que pudieron provocar sus constantes enfermedades, dejando vacíos de poder que fue tomando paulatinamente la curia romana.
Los próximos años en el Vaticano seguramente se discutirá intensamente si se regula con precisión el retiro de los pontífices, algo que ya contempla el derecho canónico para los obispos y cardenales, pero que puede omitir observar el Papa por ser la autoridad absoluta de la Iglesia Católica. Como lo hizo Juan Pablo II, quien dudo haya siquiera pensado en esa posibilidad.
Trabajó hasta el final de sus días, como lo deberíamos hacer todos. Demostró el Pontífice que la sociedad occidental se equivoca cuando declara prácticamente inservibles y decrépitos a sus ancianos, demandando su retiro pasados los 65 años de edad, para más adelante postrarlos en el abandono de los asilos.
El hombre de avanzada edad, como lo fue mi abuelo hasta los 95 años, puede ser tan productivo como cualquier otro, con un ingrediente más, la sabiduría que dan los años. En el pasado, nuestros viejos eran los líderes de la última palabra, símbolo y temple de las comunidades.
Hoy, de manera creciente, el consumismo y la superficialidad nos orillan a pensar que los años son una maldición y sus efectos debemos recortarlos con tijeras, para mantener la juventud en la piel so pena de ser desechados por anticuados. Es el síndrome del avance tecnológico, con programas de cómputo y máquinas que se declaran obsoletas después de un par de años de uso.
Juan Pablo II negó con su ejemplo estas premisas. Mantuvo por todo lo alto la dignidad de la senectud, el valor de la fe, y la esperanza de que con la muerte la vida apenas comienza. Gracias por tu ejemplo, Juan Pablo II.
Fuente: El Nuevo Herald – Miami
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