Michel Houllebecq, escritor francés, es uno de los mejores novelistas contemporáneos y sus libros tratan temas de gran actualidad. La soledad, la decadencia física y la vejez, la eutanasia, la pornografía, Europa como museo para turistas, están entre las cuestiones que ha relevado con brillo Houllebecq. Su estilo es franco y directo, su humor ácido y escribe con desparpajo e inteligencia. Hace poco más de diez años, en 2015, inquietó a Francia con su novela “Sumisión”, en que las elecciones presidenciales en su país eran ganadas por un inmigrante musulmán que, aliado con el partido socialista, iba gradualmente imponiendo un programa que llevaba a un retroceso civilizatorio en que la sumisión de la mujer se imponía con naturalidad, trastocando valores supuestamente asentados en el mundo occidental.
Puede que Houllebecq se haya equivocado de país o ciudad; puede, incluso, que su osada novela haya desalentado esa posibilidad en Francia, favoreciendo a la derechista Marine Le Pen, la más probable próxima gobernante de Francia. Pero New York, la ciudad del atentado a las torres gemelas, tiene un alcalde musulmán; y lo mismo ocurre en Londres y algunas otras ciudades inglesas. “Sumisión” fue una novela que cumplió el rol que uno espera de buena literatura contemporánea: anticipar situaciones, tendencias, conflictos.
En 1995 Hanif Kureishi, inglés de origen pakistaní, autor de la magnífica novela “El Buda de los Suburbios” escribió “El Álbum Negro”; donde Shahid, joven “casi inglés” de una familia acomodada de Kent se traslada a Londres y se integra a una célula terrorista islámica que perpetra un atentado en el metro de Londres. Diez años después, en julio de 2005, terroristas de Al Qaeda atacan el Metro de Londres matando a 52 pasajeros, muriendo además los cuatro asaltantes suicidas. Otra vez la ficción se adelantó a la realidad. Kureishi había pintado muy bien el racismo que sentía Shahid pese a que su padre, médico, conducía un Mercedes Benz y proveía a sus hijos un alto nivel de vida. No es primera vez que la literatura refleja esa rebeldía de segundas o terceras generaciones de familias inmigrantes que, pese a su éxito económico, siguen sintiendo un racismo inmanente de los nacionales del país que los acogió. Es el tipo de cuestiones atingentes a la condición humana en que la buena ficción tiene un lugar privilegiado para indagar.
Para mi gusto la inmigración, el tema más importante hoy en la política mundial, está presente en un gran número de las mejores novelas contemporáneas. Zadie Smith, de ancestros jamaicanos, es una reconocida novelista inglesa cuyo primer éxito fue “Dientes Blancos”. Kiran Desai y Jhumpa Lahiri, dos mujeres residentes en Estados Unidos y de origen indio, han escrito bellas novelas como “La Hondonada” o “El Intérprete del Dolor”, donde los problemas del desarraigo, la soledad y la falta de la familia no están ausentes. La incomodidad del inmigrante y también de los nacionales de los países que los reciben, ya no son cuestiones que por “corrección política” las sociedades occidentales puedan barrer bajo la alfombra. Los éxitos electorales de partidos de derecha, que el progresismo gusta de llamar indistintamente extrema derecha, desafiando las reglas de la geometría y la realidad, están por supuesto correlacionados con el perjuicio que los votantes nacionales “sintientes”, perciben que les causa la inmigración descontrolada; y no con la mirada complacientes de élites, muchas veces beneficiadas por una mejor oferta de servicios y gratificadas por su sensación de generosidad con los extranjeros.
Siento que la literatura contemporánea está hoy en deuda al no lograr un tratamiento maduro de este fenómeno, prefiriendo el “buenismo” y la victimización como arietes de sus sesgos de confirmación.
Un par de hechos recientes han conmocionado a Europa: la masiva irrupción de jóvenes marroquíes en Ceuta que ha puesto a esa ciudad española ubicada en el norte de África en una situación desesperada, pues se sienten invadidos por extranjeros que han trastocado completamente su vida, sin recibir protección del gobierno de Pedro Sánchez; y la virtual rebelión de los líderes políticos de Escocia, Irlanda del Norte y Gales, reunidos en Cardiff, capital de este último país, que reclaman su independencia del Reino Unido dominado por Inglaterra (por primera vez coinciden en estos tres países líderes independistas y todos están dispuestos a ingresar a la Unión Europea). En ambas situaciones, la realidad ha superado a la ficción, como suele decirse; o más bien, lo que ha ocurrido es que la ficción ha renunciado a sus fueros y no se ha atrevido a reflejar toda la complejidad que introduce la inmigración en la sociedad ¡hasta el límite de amenazar con la existencia del Reino Unido!
Tampoco la literatura ha reflexionado sobre los efectos del cambio en el orden mundial experimentado en los últimos años que nos exige una nueva mirada a las alianzas políticas y a la conformación de bloques funcionales a ese nuevo orden: ¡la geopolítica está de vuelta!
Echo de menos grandes novelas que pudieron anticipar situaciones como las de Ceuta o de Cardiff. En el caso del Reino Unido, el desafío, creo, es para tremendos autores ingleses como Ian McEwan y Julian Barnes. Y me atrevo a decir que quizás Martin Amis, fallecido hace un par de años, podría haberlo hecho incluso mejor.
Respecto a Ceuta y la insensibilidad de Pedro Sánchez a los problemas de los españoles y su insensato plan de financiar el estado de bienestar español con impuestos y contribuciones de inmigrantes que en veinte años más estarán cobrando no sólo a España sino a toda Europa pensiones de jubilación, me encantaría leer una novela de Fernando Aramburu. En fin, en pedir no hay engaño; que bueno sería que buenos escritores, independientes de la tiranía de lo correcto, se atrevieran a escribir buenas novelas, sobre temas tan relevantes como los que hemos comentado.
Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en El Líbero.



















