Política

Los intelectuales y sus fallos

El autor alerta sobre el peligro que constituye para una sociedad abierta el pensamiento de ciertos intelectuales que no construyen sus ideas en base a las acciones de las personas reales, sino en base a unos modelos que ellos consideran justos.

Opinión: Jorge Valín
Recientemente Blanca García, presidenta de la Asociación de Profesores de
Secundaria de España, dijo: “la principal razón [del actual] fracaso educativo,
del que además los peor parados son los alumnos de la escuela pública, no ha
sido la falta de dinero. [La culpa] es de un sistema educativo elaborado en
despachos de personas que no han pisado un instituto en su vida y que tienen
unas teorías muy bonitas, pero que luego en la aplicación práctica son un
desastre”.

Eso mismo es lo que hemos estado defendiendo los economistas
durante años. Los creadores de esos “sistemas” que indica doña Blanca son los
ingenieros sociales e intelectuales, y sus objetivos y resultados siempre van en
detrimento de toda la comunidad.

Pongámoslo en el plano económico y
centrémonos en el caso de los “fallos de mercado”. Para un ingeniero social e
intelectual, el mercado sigue unas pautas dadas que no engloba a las personas.
Los intelectuales e ingenieros sociales —como J. Stiglitz, P. Krugman— no
construyen sus modelos en base a las acciones de las personas reales, sino en
base a unos modelos que ellos consideran justos. Para alcanzar sus elevados
principios trabajan con agregados que representan por medio de fórmulas
matemáticas. Estas fórmulas no contemplan la capacidad creadora de cada
individuo, o la realidad cambiante de la sociedad, sino que redistribuyen las
dotaciones dadas. A saber, sólo reparten los flujos productivos de una parte a
otra en un entorno de competencia que no existe en la realidad.

Una vez
que los intelectuales e ingenieros sociales trasladan sus modelos del papel a la
realidad entonces se crean resultados no deseados ni esperados que complican y
empeoran la situación anterior. Aparentemente esto significa un fallo del
modelo, pero los intelectuales no lo ven así. Para ellos lo que se produce es un
fallo de mercado. Es decir, cuando el resultado real no concuerda con el modelo
“ideal”, entonces creen que la realidad está equivocada; se ha producido un
fallo de la gente.

Si en el terreno de las ciencias físicas y naturales
se produjese esta misma miopía científica aún creeríamos en la definición de
universo de Aristóteles donde los astros (mundo supra–lunar) son seres animados,
no sometidos a corrupción ni generación, estando su cuerpo creado de un “quinto
elemento” eterno e incorruptible: el éter. Pero al enviar la primera sonda al
espacio, y ver que tal ficción no existe, la comunidad científica no habría
calificado la antigua teoría de Aristóteles como un fallo del modelo, sino como
un fallo del universo.

Así como parece absurdo esperar este tipo de
actitud en los científicos naturales, ¿por qué se aplaude la ceguera de los
científicos sociales, y tan especialmente de los economistas (los nuevos
intelectuales e ingenieros sociales)? Efectivamente, para los intelectuales de
hoy día la solución no es reformular sus modelos de justicia, o cambiar la
metodología, sino cambiar la realidad para que ésta se adapte a “su modelo”. La
figura más conocida de este resultado es el “homo oeconomicus”. Una vez se dan
cuenta que el hombre–robot no existe (homo oeconomicus), los intelectuales
recurren a los políticos y gobiernos para poder aplicar las únicas armas que
éstos saben manejar: la fuerza, la ley y el castigo.

Tomando la base de
este mismo principio determinista (toda acción humana es planificable,
controlable y moldeable) Lenin estableció su “paraíso socialista” fijándose en
las ideas del “socialismo científico” de Karl Marx. La visión de los dos fue la
misma, convertir a todo ser viviente en un perfecto estúpido sin voluntad ni
libertad. Los resultados saltaron a la vista: pobreza en todos los países
socialistas, asesinatos indiscriminados por parte del estado, disoluciones de
familias, hambrunas, etc.

Lord Keynes, otro intelectual e ingeniero
social, también encontró en ese dirigismo la solución definitiva al mundo. Pero
a igual que Marx y Lenin también falló. Otro ingeniero social más reciente,
Stiglitz y su “panda antiglobalización” también ven en esa forma de “imponer
soluciones” la medicina al cáncer del mundo. Su lema puede resumirse en: “cuanta
menos libertad tenga el individuo, y más burócratas nos digan qué hemos de
hacer, mejor funcionaremos como conjunto. El individuo no importa ya que,
propiamente, no existe en el modelo”.

Los intelectuales e ingenieros
sociales pueden reinventar mil modelos de sociedad perfecta, pero todos siempre
fallarán. La mejor aportación que pueden hacer estos intelectuales es empezar a
trabajar de verdad para la gente e ir a buscar trabajo a una empresa privada.


Jorge Valín es economista y articulista español.

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