Las ciudades fronterizas, principalmente Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo y Reynosa, aunadas a los estados del norte como Nuevo León, Sonora y Sinaloa, han reportado casi 300 ejecuciones en lo que va del año.
Alejandro Gertz Manero
Las ciudades fronterizas, principalmente Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo y
Reynosa, aunadas a los estados del norte como Nuevo León, Sonora y Sinaloa, han
reportado casi 300 ejecuciones en lo que va del año (más de dos diarias), y el
común denominador de estos crímenes hace evidente el ajuste de cuentas entre las
bandas que se diputan el tráfico de drogas en cada localidad y en cada calle de
todos esos territorios.
Esta espiral de violencia, que ha venido
creciendo en los últimos 10 años, está llegando ya a un extremo de brutalidad,
cinismo e impunidad sin paralelo y ello nos lleva necesariamente a reflexionar
sobre el creciente número de adictos, sobre todo niños y jóvenes, que están
siendo empujados hacia el crimen para así pagar su necesidad de droga, lo que se
ratifica en el hecho de que casi 70% de quienes ingresan a las cárceles se
hallan entre los 18 y los 29 años.
A este incremento tan alarmante de
barbarie, de erosión social y de anarquía habrá que agregarle el hecho de que
las nuevas drogas sintéticas, como el éxtasis, ahora se producen en los patios
traseros de cualquier vivienda rica o humilde y el proceso químico es de tal
sencillez que cualquier joven o anciana lo realizan y se pueden ir sustituyendo
unos a otros en el caso de que lleguen a ser aprehendidos en flagrancia; esta
progresión delictiva cada vez se identifica con más frecuencia con una posible
“colombianización”, lo que ya no es una hipótesis sino una realidad que cada día
se confirma y se ratifica; mientras, la corrupción en los cuerpos policiacos se
incrementa, como lo demuestran las constantes detenciones de agentes
involucrados, y se reafirma cada día con los múltiples ajusticiamientos que se
dan en contra de oficiales policiacos, en razón de posibles vínculos, presiones
o traiciones entre las mafias del narcomenudeo.
Ante esto, el sentir
general de los agentes policiacos de las ciudades fronterizas y del noroeste del
país es de temor, de pasividad o de incorporación a las nóminas de los narcos,
ya que el dominio de estos grupos es tan evidente que ya casi nadie se atreve a
enfrentarlos seriamente ante la posibilidad de ser víctima de una traición,
inclusive dentro de sus propias corporaciones.
Quienes han intentado
operar con personal del centro del país se han enfrentado a las estructuras, a
los intereses y a la fuerza evidente de los delincuentes, y ya están resintiendo
el riesgo elevado en que pueden caer quienes pretendan establecer grupos de
“vengadores”, que lo único que habrán de acarrear es una mayor escalada de
violencia.
Esta realidad ha sido señalada en varias ocasiones durante
los últimos meses por las autoridades estadounidenses, que comparten los
problemas fronterizos y que son también la voz de los empresarios que operan
maquiladoras del lado mexicano, y que a diario cruzan la frontera para vivir y
mantener a sus familias del lado estadounidense, para estar a salvo de esta
situación tan grave y tan amenazante; y a esa escala delictiva hay que agregarle
el robo de vehículos, que proporcionalmente es el más numeroso del país; más
todo tipo de delincuencia urbana, como son los “levantones” o secuestros exprés,
que son cotidianos e inmanejables.
Frente a estos hechos abrumadores,
las autoridades se hallan cercadas, acorraladas, pasmadas o coludidas, viviendo
angustiosamente la espera del siguiente escándalo para tratar de contenerlo a
través de alguna acción efectista y espectacular que durará unos días, para que
después todo regrese a los mismos niveles de violencia cotidiana.
Mientras ello ocurre, las cárceles fronterizas se encuentran
sobrepobladas a un grado extremo y los ejemplos de Sonora y Tamaulipas son
espeluznantes, ya que los primodelincuentes que han sido detenidos se corrompen
y se sujetan a la fuerza de los sicarios del narcotráfico: controladores de esos
penales y los asesinos cotidianos dentro de las prisiones.
Si esta
realidad no se asume con la urgencia y con la efectividad que la situación
demanda, el problema de la frontera será inmanejable en un lapso no muy lejano,
y este fenómeno habrá de repetirse en todo el país, como ya ocurrió en
Sudamérica y como explotó también en Honduras, con los siniestros criminales
denominados marasalvatruchas, que se han ido convirtiendo en una verdadera plaga
desde Los Ángeles, California, hasta Centoamérica.
Las soluciones
existen pero requieren un esfuerzo serio, cotidiano, de trabajo constante y de
mucha comunicación y apoyo con la comunidad; cuando esto se ha hecho, los
índices delictivos se han reducido de manera notable, como se pudo lograr en
Tijuana, en Mexicali, en Ciudad Juárez y en Nuevo Laredo, cuando se aplicaron
estos proyectos con todo el profesionalismo que la situación requería en su
momento. Ojalá que la solución venga pronto, ya que la dilación lo único que
habrá de traer es una crisis geométricamente más grave e inmanejable.
Fuente: El Universal –
México
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