Donald Boudraux sostiene que el caso moral de la libre inmigración es un caso supremo, y es el siguiente: un borde geo-político es una razón grotescamente arbitraria para evitar que la gente trate y negocie mutuamente de cualquier manera pacífica que elija.
Inmigración
Los liberales genuinos nunca se vanaglorian de interferir coercitivamente en la
vida de los otros. Como proclama la filosofía liberal, toda acción pacífica y
voluntaria entre adultos debería estar inmune de interferencias por parte del
estado. El único uso justificable de fuerza física sería en defensa de otro que
haya iniciado coerción.
Tanto la teoría como la historia prueban que
este principio genera paz, estabilidad, prosperidad y una cultura rica y
diversa. Y aún así, muchísima gente lamentablemente es hostil a este principio.
Es particularmente molesto encontrar tal hostilidad entre aquellos que
claman ser partidarios de la libertad y el libre mercado. Especialmente, durante
los últimos años, ciertos escritores a favor del libre mercado, han discutido en
contra de la política de inmigración abierta. Aunque “ventilar” las diferentes
posturas en los debates sobre inmigración resulta seguramente útil,
personalmente creo que los argumentos son presentados de manera para nada
persuasiva; y más aún, en algunos casos, penosamente anti-liberal. La versión
más popular del llamado “caso liberal en contra de la inmigración”, dice
aproximadamente lo siguiente:
Cada dueño de una propiedad privada tiene
el derecho moral (y debería tener el derecho legal) de echar de su propiedad, o
de admitir dentro de la misma, a cualquier persona que él desee. En una sociedad
libre, nadie es forzado a indeseadas asociaciones para con otros. Por lo tanto,
ya que en una sociedad completamente libre todo territorio debería ser propiedad
privada y el gobierno se debería limitar (como máximo) a mantener la paz, la
política inmigratoria en esta sociedad debería ser lo que cada propietario
decida que sea. Si yo decido admitir a cien campesinos irlandeses dentro de mi
propiedad, así será. Si mi vecino elije no admitir nunca dentro de su propiedad
ni siquiera a vecinos de la vereda de enfrente, así será. Habrá, de hecho,
tantas políticas inmigratorias en una sociedad completamente libre, como
cantidad de propietarios. Prácticamente hablando, los inmigrantes deberían ser
personas que contribuyan con los ciudadanos produciendo ganancias por medio del
trabajo.
Pero no vivimos en una sociedad completamente libre. Nos guste
o no, estamos sometidos a un gran y entrometido gobierno. Y justo este mismo
gobierno es propietario de una vasta región de tierra y facilidades públicas.
Considerando que un gobierno excesivo es una realidad que no va a desaparecer
pronto, lo mejor que los ciudadanos de una sociedad democrática pueden esperar
en cuanto al frente inmigratorio es que su extremadamente poderoso gobierno
adopte las políticas inmigratorias que una sociedad completamente libre
adoptaría. En la “no-tan-libre” sociedad de hoy en día, la “libre inmigración”
es equivalente a “integración forzada”. Los ciudadanos que no desean asociarse
con extranjeros son forzados a hacerlo por un gobierno que muy libremente admite
inmigrantes extranjeros. Y porque ser forzado es malo, la integración forzada
-dígase inmigración libre- es mala.
Este argumento para limitar la
inmigración, aparece en numerosas variaciones diferentes, pero la versión
anteriormente expresada capta el motivo principal. Y está errado!
Primero: pedir al gobierno que pretenda los resultados de un sistema
puramente privado de derechos de propiedad es pasar por alto la única y más
importante razón por la cual el gobierno debería ser estrictamente limitado. A
diferencia de los dueños de propiedad privada, el gobierno puede recurrir a la
fuerza para incrementar el tamaño de sus propiedades y el valor de sus
pertenencias. Restricciones en la discreción del gobierno son apropiadas,
precisamente porque el gobierno posee un monopolio legítimo de coerción.
Consideremos, por ejemplo, la protección constitucional de la libre
expresión. ¿Sería razonable cuestionar que, porque cada dueño de propiedad
privada tiene el derecho de regular lo que se dice en su propiedad, el gobierno
en nuestro mundo menos-que-liberal debería tener el poder de regular el discurso
pronunciado en lugares públicos? Por supuesto que no. Pero semejante argumento
es análogo al argumento sobre las restricciones del gobierno hacia la
inmigración.
Segundo: el rotular la libre inmigración como “integración
forzada” es falso. Esto es como rotular la libre expresión como “escucha
forzada”. Pero permitir a la gente inmigrar a América no es lo mismo que forzar
a los americanos a asociarse con inmigrantes, en contra de su voluntad. Bajo un
régimen de libre inmigración, no necesito ni contratar, ni cenar con nadie con
el que no deseo contratar o cenar. En cambio, cuando el gobierno restringe la
inmigración; coercitivamente me impide, como americano, de contratar o cenar con
cualquiera que yo decida contratar o cenar.
Tercero: aún si existiera
alguna justificación coherente por la cual restringir la inmigración, es
extremadamente curioso que cualquier partidario liberal esté dispuesto a confiar
en el gobierno con el poder de seleccionar y elegir con qué extranjeros a
nosotros, ciudadanos locales, nos permitirán tratar dentro de nuestras
fronteras. No existe razón para sospechar que el gobierno ejercitará este poder
más prudente e inteligentemente que lo que ejercita otros poderes.
El
caso moral de la libre inmigración es un caso supremo, y es el siguiente: un
borde geo-político es una razón grotescamente arbitraria para evitar que la
gente trate y negocie mutuamente de cualquier manera pacífica que elija.
Este artículo ha sido traducido y editado del artículo publicado en
la revista The Freeman por The Foundation for Economic Education.
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