Hace algún tiempo, en una entrevista en TV, el analista político Carlos Alberto Montaner decía que a los nicaragüenses les gustaba caminar sobre el filo de la navaja. Creo que esta imagen es valedera si pensamos que cada día este país parece estar al borde del abismo.
Alvaro Urtecho
Así estamos viviendo desde hace más de un cuarto de siglo. Todos los días hay un
acontecimiento escandaloso, violatorio de todo orden y de toda lógica racional,
que nos hace estremecer.
Estamos tan acostumbrados a vivir junto al
precipicio que ya estamos perdiendo la memoria colectiva. Lo que pasó ayer se
borra con el escándalo de hoy, lo que pasa hoy se borra con lo que viene mañana
y así sucesivamente. Vivimos en una cadena de excepcionalidad increíble, de
agujero en agujero. Un manicomio o una comedia del absurdo, una tragicomedia en
donde los protagonistas son enfocados por las cámaras para mantener tensionado
al pobre pueblo nicaragüense que no confía ya en su clase política y que no ve
salida a la agolpada y acumulada crisis.
Lo peor de esto es que un
partido supuestamente “revolucionario” y “socialista”, en manos de una cúpula de
conspiradores profesionales, se ha dedicado sistemáticamente a desestabilizar,
en coordinación con el liberalismo arnoldista, que de revolucionario no tiene
nada y de liberal solo el oportunismo neosomocista, al gobierno legítimamente
constituido y democrático de Enrique Bolaños, promoviendo crisis artificiales e
intensificando el caos con procedimientos violentos.
Hemos visto en los
últimos días la reedición del vandalismo organizado reproduciendo en las calles
la cultura del mortero y la humareda, quemando llantas, buses, vehículos del
Estado e intimidando a la población honesta y trabajadora que quiere ir a su
trabajo, hastiada ya de un discurso populista en el que nadie cree, ni siquiera
los mismos dirigentes sandinistas, inmersos desde hace tiempo en la esfera de
los negocios y de los intereses capitalistas.
Seguramente Daniel Ortega
cree que se va a reproducir la situación de Ecuador, estableciendo una simetría
absurda, cuando todos sabemos que los movimientos populares en ese país y en
otros de Sudamérica, tienen una base real, con una conciencia verdaderamente
popular, con líderes auténticamente trabajadores. ¿Han visto ustedes a
trabajadores reales en estas “marchas de protesta”? ¿Han visto ustedes a
campesinos, obreros, artesanos, profesionales? Todos sabemos que son
organizaciones de agitadores disfrazados de estudiantes, transportistas
violentos y agresivos que quieren mantener sus privilegios, sin mejorar sus
unidades de buses e irrespetando permanentemente a la población capitalina que
tiene que montarse en esas máquinas de muerte.
La actitud del Presidente
de salir a la calle, junto con algunos familiares y ministros, con la intención
de entablar un diálogo con los dirigentes de la marcha, es algo admirable que se
ha visto muy pocas veces en la historia de las asonadas y las montoneras de
Nicaragua y América Latina. Aunque su acto valiente y hasta temerario ha sido
criticado incluso por sus simpatizantes, por afrontar el riesgo de perder su
vida, y volver más peligroso el clima político y social del país, no cabe duda
que ha sido una actitud ejemplar, que sienta un precedente de autoridad moral
frente a una turba desenfrenada y frente a unos dirigentes que irrespetan el
diálogo civilizado, tirando la piedra y escondiendo la mano.
Ni siquiera
la lluvia que cayó gruesamente el sábado antepasado ha aliviado las tensiones
que vive la ciudadanía de Managua. El calor sigue siendo insoportable, peores
que los de cualquier otro final de verano, y la crisis (irracional y gratuita,
no vamos a explicar aquí por qué, pues ya lo sabemos todos) sigue provocando
nerviosismo y temor y engendrando desconfianza y recelo por todas partes. Eso
sí: es prácticamente unánime en todos los sectores de la población la convicción
de que esto debía llegar a un arreglo cuanto antes, y sobre todo de que el
Gobierno se mantenga firme frente a las provocaciones de las facciones
desestabilizadoras que solo están cimentando, con los consabidos procedimientos
violentos, las bases de su desprestigio y del propio autohundimiento.
Fuente: El Nuevo Diario –
Nicaragua
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