“El ejemplo de la Unión Europea es el mejor paradigma para la integración entre iguales, dentro del nuevo Derecho Internacional Constitucional. Europa dependió de Estados Unidos hasta la caída del Muro de Berlín, pero desde 1956 se integró de lo económico a lo político y cultural, hoy discute la aprobación de una sola Constitución para sus 25 estados, bajo la supranacionalidad y la multipolaridad.”
Relaciones Institucionales
Más allá de la fallida elección del secretario general de la OEA y las
implicaciones políticas y diplomáticas, donde los actores fundamentales: Chile,
México, Venezuela y Estados Unidos resultaron perdedores, con la grave
incidencia de la división del organismo y la desunión de bloques subregionales
(Colombia, Paraguay, Bolivia con México), es clara la crisis estructural y
funcional de este organismo multilateral.
Desde 1890 con la Primera
Conferencia Internacional Americana en Washington, su transformación en 1910, en
Unión Panamericana y la creación como Organización de Estados Americanos en
1948, este organismo intergubernamental ha presentado el inconveniente de la
asimetría entre la parte norte del continente con Canadá y Estados Unidos,
frente a las naciones latinoamericanas y los nuevos estados del Caribe, además
de Guyana (1991) y Surinam (1977). Por ausencia de una ideología y de una praxis
común, la OEA no ha cumplido sus objetivos: fortalecer la paz y seguridad,
consolidar la democracia, afirmar los derechos humanos y comprometerse con el
desarrollo social y económico.
Debemos volver al pensamiento de Bolívar
de una nación de repúblicas en la identidad latinoamericana y caribeña. El
ejemplo de la Unión Europea es el mejor paradigma para la integración entre
iguales, dentro del nuevo Derecho Internacional Constitucional. Europa dependió
de Estados Unidos hasta la caída del Muro de Berlín, pero desde 1956 se integró
de lo económico a lo político y cultural, hoy discute la aprobación de una sola
Constitución para sus 25 estados, bajo la supranacionalidad y la multipolaridad.
Cuando ingresé al Servicio Exterior de Venezuela escuchamos en las aulas
al canciller Arístides Calvani con su prospectiva diplomática, referirse a lo
que un día podría ser la OELA: Organización de Estados Latinoamericanos,
integrada por Latinoamérica y el Caribe. Con relaciones dignas y cordiales
frente a Estados Unidos y otros polos de poder mundial. Esta tesis continúa
válida como ejercicio universitario y como desafío gubernamental.
El
desarrollo del Mercosur, la afirmación de la Comunidad Andina de Naciones,
Caricom, el Sistema de Integración Centro Americano, parecen marchar en esta
dirección. Ya existe la propuesta de la Comunidad Suramericana de Naciones
(Cosuna) y la aprobación presidencial con la in corporación de los países del
Mercosur, CAN, Surinam y Guyana.
Por ahora, el desafío es su
reformulación. La OEA surgió tres años después de la creación de la ONU,
expresaron situaciones coyunturales de fin de la Segunda Guerra Mundial y del
orden bipolar propio de la guerra fría. La ONU ha comenzado un proceso de
reformas. La OEA necesita también replantearse y afrontar el nuevo orden
regional con eficiencia dentro del compromiso democrático y el desarrollo
social.
Luego de 57 años de funcionamiento y de cara al siglo XXI, la
Organización de Estados Americanos requiere de una importante reflexión acerca
de su papel como el principal organismo de concertación política de la región,
lo cual implica, entre otros aspectos, la redefinición de sus prioridades en lo
que se refiere a la defensa de los derechos humanos y la lucha por el desarrollo
sostenible.
Los primeros años de la organización, sobre todo en la
década de los sesenta, estuvieron marcados por la política de Estados Unidos
hacia los vecinos considerados el patio trasero, cuyo objetivo fundamental era
mantener alejada la influencia soviética de la región, como se ve en las
sanciones impuestas a Cuba en la reunión de 1964, lo que hizo a la OEA altamente
dependiente de las directrices de Washington.
A mediados de la década de
los setenta, luego del fin de la guerra de Vietnam se dio en el mundo un período
de distensión entre las grandes potencias, debido, fundamentalmente, al
agotamiento estadounidense después de este largo conflicto. Esta situación
permitió un cambio en la dirección de la OEA, que permitió la aparición de un
cuestionamiento sobre las políticas norteamericanas hacia América Latina que
habían estado marcadas por la seguridad militar como prioridad de esa potencia
hacia la región, la necesidad de levantar las sanciones a Cuba y de permitir la
diversidad ideológica en los países del continente.
Sin embargo, tal
apertura no le permitió a la OEA tener respuestas efectivas ante la existencia
de las dictaduras militares y la aparición de nuevos regímenes de fuerza en
países como Argentina, Uruguay y Chile, sobre todo en este último país, cuando
el golpe de Estado del general Augusto Pinochet estuvo apoyado por Estados
Unidos en el marco de su política anticomunista. Recordemos que el presidente
Salvador Allende perteneció a la izquierda de su país y se mostró como un
importante aliado del presidente cubano Fidel Castro.
En consecuencia, y
a pesar de algunos logros, la OEA no mostró resultados eficientes a la hora de
defender los derechos humanos y la institucionalidad democrática, y en evitar
que Estados Unidos impusiese su visión en el seno de este organismo.
Pero el período de mayor estancamiento se presentó a comienzos de la
década de los ochenta, y que coincidió con el recrudecimiento de la guerra fría
de manos del presidente Ronald Reagan, quien impulsó la confrontación militar
contra la Unión Soviética, pero sin encararla directamente, lo que convirtió a
muchos países del tercer mundo en escenario de batalla entre las grandes
potencias.
En efecto, el presidente Reagan ordenó la realización de
operaciones encubiertas en América Central, e incluso la intervención directa
como la invasión de Grenada de 1983, con la idea de que Estados Unidos debía
intervenir en los asuntos internos de cualquier nación de América Latina
considerada una amenaza para la seguridad de ese país.
Aunque la
subversión centroamericana era producto del agotamiento del sistema económico de
esos países, basado en la producción agrícola y en los crecientes problemas
sociales de la región, ésta fue interpretada por Estados Unidos como una
intromisión soviética, que ya mostraba su desgaste en el mundo, lo que impulsó a
este país a colaborar, de manera financiera y militar, en el combate de los
grupos guerrilleros, lo que ocasionó la formación de uno de los conflictos más
importantes que haya vivido la región en las últimas décadas.
En este
contexto, la OEA se mostró incapaz de intervenir en la resolución de los
conflictos que se estaban desarrollando en el continente, y de evitar las
constantes violaciones a los derechos humanos. Se trató, pues, de un período en
que se vio amenazada la propia existencia de la Organización, que ya venía
presentando preocupantes signos de debilidad, sobre todo por no haber enfrentado
la existencia de regímenes dictatoriales, bajo el pretexto de la no intervención
en los asuntos internos de cada país, que a fin de cuen tas resultaban útiles
para Estados Unidos en el marco de su doctrina de seguridad hemisférica.
La Organización de Estados Americanos no pudo evitar la confrontación ni
intervenir cuando recrudeció el conflicto. A esto se le sumó la incapacidad de
actuar ante la crisis de la guerra de las Malvinas en 1982. De allí la aparición
de organismos alternativos como el Grupo Contadora, que más tarde se convirtió
en el Grupo de Río, dentro de una visión subregional latinoamericana diferente a
Washington, de allí que en la década de los ochenta se diera prioridad al
fortalecimiento de la institución y a la aparición de otros temas en la agenda,
diferentes al tradicional tema de la seguridad militar. Es a partir de entonces
que comenzó a hablarse de seguridad social, deuda externa, derechos humanos y
democracia. Estos puntos se vieron favorecidos por el cambio político vivido en
la región, sobre todo con las desapariciones sucesivas de los regímenes
militares y el propio fin de la guerra fría.
Una de las actuaciones más
destacadas pero también más controversial de la OEA se dio en la presente década
con la intermediación en la crisis venezolana con la presencia activa de su
secretario general, que dio como resultado la aparición de la Mesa de
Negociación entre el gobierno de Hugo Chávez y los partidos de oposición, y que
terminó con la observación electoral en el referendo revocatorio en 2004.
En la actualidad, la OEA enfrenta un momento de cambios, pues aún sus
actuaciones carecen de la contundencia necesaria. Además, está la transformación
del concepto de democracia, ya que no sólo basta con la realización de
elecciones regulares para que un gobierno sea considerado democrático, sino
también que el marco legal e institucional mantenga una actuación dentro del
Estado de Derecho.
Además, esta aparición de temas prioritarios para los
países de la región, que tienen que ver con el deseo de consolidar la paz, el
desarrollo integral y la justicia social, basados en valores democráticos,
defensa de los derechos humanos, la solidaridad, la cooperación y el respeto a
la soberanía nacional.
La OEA enfrenta, hoy, con el nuevo secretario
general a partir del 2 de mayo y el subsecretario el 6 de junio, el desafío de
los retos del siglo XXI en el continente, mayor y mejor democracia, desarrollo
social y justicia. Evitar la confrontación y compartir valores e intereses de
pueblos y gobiernos. Los latinoamericanos, al margen de esto, debemos avanzar en
la integración y por qué no, en la construcción de la OEA.
Fuente:
El Universal – Venezuela
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