Ortega aún está a tiempo de rectificar su camino mediante la configuración de un gobierno de interés nacional en vez de seguir usando su investidura presidencial como un instrumento al servicio de intereses foráneos.
Felix Maradiaga
Como acertadamente han señalado prácticamente todos los medios de comunicación nicaragüenses y observadores independientes, el discurso del Presidente Daniel Ortega ante la 62 Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, fue un enorme disparate, no sólo por su completo desenfoque temático, sino por su despliegue vergonzoso de megalomanía y fanatismo populista al mejor estilo chavista.
De forma particular, se ha señalado que el Presidente de Nicaragua obvió por completo el llamado a la solidaridad internacional a nuestros hermanos y hermanas de la Costa Caribe nicaragüense afectados por el Huracán Félix –desastre que causó la muerte de más de 300 personas y casi 190 mil damnificados— y más bien utilizó este importante foro global para defender el supuesto derecho de Irán y de Corea del Norte a desarrollar armas atómicas, así como para atacar a la inversión privada internacional en los países en desarrollo al referirse a las transnacionales como agentes del “saqueo”.
Durante su atropellada intervención, el Presidente Ortega pareció olvidarse de su papel fundamental como Jefe de Estado y representante de los nicaragüenses y en vez de informar a la comunidad internacional sobre los retos estratégicos de Nicaragua en temas cruciales como la reconstrucción del Caribe, la crisis de energía eléctrica, la importancia de la inversión privada para creación de empleos y la lucha contra la pobreza por vía del crecimiento económico, se empecinó en retomar un discurso agresivo y anacrónico contra los países industrializados a quienes insistentemente tildó de “neo-colonizadores” y artífices de un supuesto “capitalismo global imperialista”. Paradójicamente, quien durante el ejercicio del poder en los años ochenta ordenó la masacre más sangrienta de cientos de indígenas de la etnia misquita, se presentó además como un vocero de los intereses de los “pueblos originarios” de América. Además de su paranoia enquistada en la Guerra Fría, el vocero centroamericano del populismo chavista tiene claros síntomas de conveniente amnesia.
Luego de su discurso, es claro que Ortega, lejos entender su compromiso como Jefe de Estado electo para representar el interés nacional del pueblo que le eligió, se percibe a sí mismo como un vocero de una ideología radical que considera a los Estados Unidos como “la tiranía más impresionante de la humanidad”. Con sus repetidas alusiones al supuesto derecho de la nación islámica de Irán y de Corea del Norte de poseer armamento nuclear, así como sus insinuaciones ofensivas contra Israel, el Presidente Ortega ha acelerado el paso hacia un irresponsable involucramiento del país a un conflicto ajeno que podría causarnos severas consecuencias. Sobre este punto, es necesario hacer notar algo muy importante. Al decir que los países tienen derecho a desarrollar energía atómica “con fines militares”, Ortega contradice nuestra propia Constitución Política que abiertamente prohíbe el desarrollo de armas de destrucción masiva. En otras palabras, el Estado de Nicaragua tiene una clara vocación prohibitiva al desarrollo de esas armas y así se ha hecho saber desde que nos sumamos al Tratado de Tlatelolco. Insisto, el Estado de Nicaragua considera que el uso de la energía nuclear con fines bélicos es contrario al derecho internacional y esa ha sido la posición oficial del país que de forma miope y torpe, es ignorada por Ortega.
En otro orden, al referirse a la inversión extranjera como “nuevas formas de explotación” y de “saqueo”, coloca al país en una situación comprometedora que afecta aún más la competitividad y aumenta el riego país, ahuyentando la inversión extranjera y sacrificando nuevas oportunidades de empleo para los nicaragüenses.
Considero, sin embargo, que Ortega aún está a tiempo de rectificar su camino mediante la configuración de un gobierno de interés nacional en vez de seguir usando su investidura presidencial como un instrumento al servicio de intereses foráneos. Eso dependerá de la presión de la sociedad civil organizada y de los ciudadanos, que juntos debemos hacer un llamado a la reflexión para que en próximas oportunidades podamos conocer un discurso de tono conciliatorio, consecuente con las buenas prácticas de la diplomacia y no un discurso vacío y populista aún estancado en la Guerra Fría.
Fuente: Hispanic American Center for Economic Research (www.hacer.org)
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