En su magnífica obra sobre África: Ébano, el recientemente fallecido periodista y escritor polaco, Ryszard Kapuscinski, dedica un interesante capítulo a Somalia y narra que este país es uno de los más homogéneos en términos de población ya que sus habitantes son –en su gran mayoría- racial, lingüística y culturalmente homogéneos. También comparten la misma fe; el Islam
Nicolas Aikin
Sin embargo, su sociedad está dividida en distintos clanes de los cuales los Issaq, Daarood y Dir Hawiye son los más importantes. Y estos a su vez se dividen en decenas de clanes menores, sub-clanes, y finalmente en “grupos emparentados que se cuentan por centenares e incluso miles”. “Los lazos familiares entre todas estas comunidades y constelaciones de linaje conforman la historia de la sociedad somalí”, sentencia el escritor.
Añade Kapuscinski que, dada la naturaleza nómada de la mayoría de la población, muchos somalíes no tienen ni aldea ni pueblo natal. “Tan solo poseen una única identidad: la que marca su relación con la familia, el grupo de parientes y el clan… Y cuando se encuentran dos individuos, intercambian información durante largo rato, lo cual resulta sumamente importante, pues ambos intentan averiguar lo que les une o separa, y si se fundirán en un abrazo o se abalanzarán el uno sobre el otro con un cuchillo… La relación particular entre ellos, su simpatía o antipatía mutuas, no tiene ninguna importancia… La persona privada, particular, el individuo, no existe; solo cuenta como parte de éste u otro linaje”.
Esta breve radiografía que hace el autor polaco sobre los somalíes parece estar en sintonía con las opiniones de sendos analistas que creen que la clave del largo conflicto en este país del Cuerno de África se encuentra ni más ni menos que en este complejo entramado de clanes, liderados por sus respectivos señores de la guerra. Por ejemplo, señala un artículo recientemente publicado en The New York Times que fue la animosidad entre los clanes la que derribó al último gobierno somalí en 1991, milicias afines a los clanes las que humillaron a las tropas americanas en 1993 y acabaron con la misión de paz de la ONU en 1995, y la guerra entre clanes la que redujo a la otrora hermosa capital, Mogadiscio a un montón de escombros y sembró el caos en esta nación de 637.000 KM2 con una población próxima a los 11 millones.
Cierto es que el gobierno al que depusieron era una dictadura de corte soviético, resultado del golpe militar perpetrado por Siad Barer en 1969, que éste aplicó una estrategia de “divide y vencerás” entre los clanes en beneficio propio y que emprendió una guerra contra Etiopía en los años 70 que acabó perdiendo y debilitó a un régimen el cual se desequilibró aun más en tiempos del desmoronamiento del bloque de la URSS. Pero su mandato supuso una época de cierta estabilidad para Somalia, y los distintos clanes que derrocaron a Barer posteriormente pugnaron salvajemente entre ellos por el poder, creando un vacío de 16 años en un estado que se había tornado ingobernable. Los clanes del norte del país aprovecharon la coyuntura para fundar la república independiente de Somaliland (aunque no ha sido reconocida por la comunidad internacional) y otros establecieron el estado autónomo de Puntland.
Desde 1991 se han producido múltiples intentos para formar un gobierno nacional en Somalia, iniciativas que siempre han chocado con las pretensiones de los diversos líderes de los clanes y, por tanto, no han tenido éxito. El mandato del Gobierno Nacional de Transición creado en agosto de 2000 en Djibouti expiró en 2003 sin resultados positivos. Y un proceso de paz auspiciado por el gobierno de Kenia y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) concluyó en octubre de 2004 con la elección de Abdullahi Yussuf Ahmed como presidente del llamado Gobierno Federal de Transición de Somalia. Pero este último –profundamente dividido desde su creación debido a luchas intestinas entre sus miembros- hasta el pasado mes de diciembre de 2006 tan solo controlaba la ciudad de Baidoa, muy distante de la capital.
Meses atrás, en Mogadiscio, con motivo de la anarquía reinante, los saqueos, peajes clandestinos en calles y carreteras, etc., una serie de clérigos islámicos –con el apoyo de comerciantes y hombres de negocios- habían fundado lo que acabó llamándose la Unión de Tribunales Islámicos para llenar el vacío de poder, y proporcionar algún tipo de seguridad urbana. Y curiosamente los islamistas lograron derrotar -a una velocidad espeluznante- a los señores de la guerra establecidos en la capital y restaurar un mínimo de orden público, algo no visto en los últimos 15 años.
Sin embargo, los líderes de este nuevo bastión de poder cometieron dos errores; por una parte declararon una especie de sharia y levantaron sospechas por parte de EE-UU debido a sus presuntos vínculos con Al Qaeda y/o otros movimientos islámicos radicales. Por otra, intentaron tomar toda la zona central y sur del país, incluyendo Baidoa -sede del gobierno de transición. Y sus ataques provocaron una respuesta contundente por parte de Etiopía que también consideraba a los islamistas como una amenaza regional demasiado cercana a su frontera. Así las cosas, el pasado diciembre de 2006 las tropas etíopes derrotaron a las milicias islámicas con el beneplácito de EE-UU y tomaron la capital, apoyados por las fuerzas armadas somalíes leales al gobierno de transición. Y los remanentes de los destacamentos islámicos huyeron hacia las zonas limítrofes con Kenia, donde fueron sometidos a fuertes bombardeos por la aviación norteamericana.
Sin embargo, el gobierno y sus aliados no las tienen todas consigo en una ciudad a la que ha regresado el caos, donde al parecer han vuelto a reinstalarse los líderes de los clanes de siempre y probablemente queden focos aislados de islamistas. Las tropas no se alejan mucho de sus cuarteles y los observadores más pesimistas consideran que si el gobierno no consigue consolidar su posición en cuestión de meses, Somalia podría convertirse en el Afganistán o Iraq de África. Es por ello por lo que las autoridades han solicitado ayuda a la ONU y a la UA, y se ha aprobado el envío de un contingente de pacificación formado por 8.000 soldados africanos. 1200 efectivos ugandeses ya están allí. Nigeria, Burundi y Ghana también han prometido tropas aunque falta por ver cuando serán desplegadas.
Pero sigue existiendo mucha preocupación por parte del gobierno y la población en general. Por un lado, las tropas etíopes no desean permanecer en un entorno hostil desempeñando funciones policiales, hay muchísimo armamento en manos de múltiples facciones armadas, las tropas ugandesas ya se han visto obligadas a responder a fuego enemigo desconocido y los islamistas amenazan con una guerra de guerrillas dirigida a descarrilar cualquier interferencia de tropas extranjeras en tierra somalí. Y se dice que el gobierno de transición–en lo que se ha descrito como una maniobra bastante ingenua- está intentando hace uso de una fórmula matemática basada en burdas estimaciones de la población (el último censo tuvo lugar en 1975) para adjudicar escaños y carteras ministeriales en función del peso específico de los distintos clanes existentes en Somalia. Ardua tarea a juzgar por sus muy complejos entramados, la aparición del fundamentalismo islámico -en un país donde según fuentes locales se puede adquirir un rifle de asalto en el mercado al módico precio de $15- y las lecciones de la propia historia.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR