Política

Tiempos de caos e incertidumbre en Bolivia

Bolivia vive, a la vez, jornadas de confrontación, autocrítica y concertación. El presidente Carlos Mesa renunció el domingo, el Congreso lo ratificó en el cargo, previo acuerdo político. Pero no todo quedó resuelto ni para el mandatario ni para la democracia de ese país suramericano.

Democracia
La dimisión de Mesa, motivada por una agobiante presión del Movimiento Al Socialismo (MAS), que encabeza el fogoso dirigente cocalero Evo Morales y un grupo de organizaciones no gubernamentales que impusieron un bloqueo en la ciudad de El Alto, fue acompañada por una ráfaga de acusaciones, que por lo punzantes cayeron como dardos.

El mandatario, un consumado escritor y periodista, usó el lenguaje para quitar máscaras, generar reacciones políticas y poner los puntos sobre las íes. Calificó a Morales como un “bloqueador de caminos, que engaña, miente, y que no tiene otra visión de país que no sea la de tratar de ahuyentar la inversión extranjera”, usando la dialéctica de los “discursitos de independencia y soberanía”.

También le replicó al grupo de Ong que exigen la salida de la empresa francesa que administra el acueducto. Refiriéndose a las organizaciones no gubernamentales que la emprendieron contra Aguas del Illimani, en términos contundentes dijo: “esos señores que toman agua en Estocolmo, en París, no en El Alto”.

Luego de estas jornadas de alta tensión política queda una sensación de alivio, pero si se mira con más detenimiento, las cosas pueden agravarse en el futuro, a juzgar por la actitud asumida por los dirigentes de la protesta, quienes persisten en la actitud hostil a Mesa, no obstante el espaldarazo dado por el Congreso al descartar la renuncia y acordar un programa de gobernabilidad.

El acuerdo consagra la aprobación de una Ley de Hidrocarburos en “términos aceptables para las partes”, de tal manera que haya equilibrio entre los intereses nacionales y los de las compañías extranjeras que explotan los recursos energéticos. La elección de prefectos en los departamentos, la ley de referéndum para las autonomías y la realización de una Asamblea Constituyente.

El debate a fondo produjo reacciones saludables. El respaldo político permitirá mejorar los niveles de gobernabilidad, máxime si se suman los movimientos de opinión nacional despertados a partir de la crisis desatada por la dimisión. Sin embargo, según algunos analistas, parecen ser duraderas. Esas mismas opiniones señalan a Bolivia como un campo de experimentación para la movilización social, inspirada en el foro de Porto Alegre, Brasil, que enarbola el contrapunto nacionalista a las corrientes de apertura y globalización. Esta última consideración le pone un nuevo interrogante al gobierno de Mesa, quien asumió la Jefatura del Estado, siendo Vicepresidente, tras la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada, en octubre de 2003.

En suma, la débil legitimidad ha socavado la credibilidad. Algunos sectores cuestionan la defensa de la inversión extranjera como un requisito para crear confianza, seguridad y crecimiento económico capaz de superar los índices de pobreza y desigualdad. Todo indica que éste no será el último pulso en Bolivia.

Fuente: El Colombiano

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