La autora de este artículo, experta en relaciones internacionales, remarca la importancia de la libertad de expresión como elemento vehiculizador que permitió denunciar el fraude electoral y repetir las elecciones en Ucrania.
Opinión: Nadia Diuk
Hay quienes piensan que los acontecimientos revolucionarios sucedidos en Ucrania
han sido orquestados por Occidente, gracias al apoyo que han recibido los grupos
de protesta por parte de fundaciones pro-democráticas Esta visión es la que fue
promovida por las mentes más maquiavélicas del Kremlin. Sin embargo, no hay
misterio alguno sobre este tipo de revoluciones.
En las últimas cinco
elecciones políticas de Ucrania, el patrón ha sido casi siempre el mismo: un
gobierno autoritario intenta falsear el resultado electoral mediante diversos
métodos. Ésta es una práctica común en Asia central y en otras dictaduras, pero
lo que hizo que las elecciones de Eslovaquia en 1998, en Serbia en 2000 y en
Georgia en el 2003 sean diferentes fue la presión de una motivada y unida
sociedad civil sobre sus dirigentes políticos, la evidencia segura de fraude y
las expresiones de preocupación por parte de Occidente.
En cada una de
estas elecciones existió un esfuerzo masivo por parte de organizaciones no
gubernamentales de monitorear la votación con tabulaciones electorales,
encuestas a pie de urna y reportes de consultoras domésticas. Estas estrategias
fueron reforzadas por informes provenientes de observadores venidos de
Occidente. En Ucrania el mismo encuestador independiente que casi predijo con
exactitud los resultados de las elecciones parlamentarias de Marzo de 2002 ha
estudiado las votaciones de ese tipo desde 1995. Ucrania también posee una
asociación cívica ad hoc, el Comité de Votantes, que ha monitoreado elecciones
desde mediados de los años noventa.
Ninguno de estos esfuerzos hubiera
dado sus frutos de no existir una prensa independiente que divulgara información
sobre una votación fraudulenta. Limitar la información en las elecciones de
Georgia había sido vital. En Ucrania, aunque los medios electrónicos debían
reportar cualquier anomalía directamente al Ejecutivo, algunos notables y
heroicos disidentes lograron entrevistas y declaraciones sobre la hora de cierre
de la votación a líderes de la oposición y funcionarios gubernamentales.
Asimismo, les ofrecieron poder de cobertura a los periodistas de la
cadena pública que renunciaron a sus puestos de trabajo cansados de difundir
información falsa y permitieron que todos sean escuchados, desde los
diplomáticos que firmaron un petitorio denunciando el fraude hasta las estrellas
de pop que se sumaron al carnaval en las calles. Ucrania también tiene una
importante infraestructura en Internet con sitios de información independiente
al alcance de todos.
Otro elemento común de estas revoluciones exitosas
ha sido la preeminencia de disidentes y opositores con altos cargos
administrativos municipales. Espacio aparte merece la juventud y sus
organizaciones rebeldes que han sido bastiones clave dentro de la disidencia. En
Eslovaquia fueron en su mayoría jóvenes los que se opusieron a Vladimir Meciar;
Otpor en Serbia se ha convertido en un referente en su poder de convocatoria a
base de teatro callejero, desobediencia civil y ácida crítica política con gran
calado en la gente; y en Georgia, el Ktmara usó tácticas similares para impulsar
un movimiento que terminó llevándose puesto al gobierno en Noviembre de 2003.
No hay nada de misterioso ni “occidental” en el deseo de ser libres, y
hasta ahora los ucranianos parecen haber conseguido alcanzar su tan ansiado
sueño de libertad.
*Nadia Diuk es miembro de National Endowment for
Democracy. Este es un extracto que reproducimos del artículo “Ukraine, homegrown
of freedom” publicado originalmente en The Washington Post.
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