“A las utopías regresivas de la cultura dominante hay que contrastarlas con el inmenso e innegable triunfo aplastante del capitalismo como sistema de producción. Hasta que alguien se tome el trabajo de levantar sin vergüenza las banderas del auténtico capitalismo, ese que nunca existió en Uruguay, la dicotomía será entre el populismo sui generis del encuentro progresista y el mercantilismo histórico de blancos y colorados.”
Carlos Álvarez – CADAL
En el sexagésimo octavo día de su
gestión, el gobierno de izquierda uruguaya recibió una contundente muestra del
formidable respaldo social con el que cuenta. Ni el más optimista de los
frenteamplistas podía pensar que en las elecciones municipales del ocho de mayo
ganaría ocho intendencias departamentales. Logró el 60% de los votos de
Montevideo luego de quince años de gestión municipal, sin experimentar el menor
desgaste y con un candidato outsider, que hasta el día en que fue nominado solo
unos pocos militantes conocían.
A pesar de que ya mucha gente ve
que la mayoría de las expectativas que despertó el triunfo de la izquierda a
nivel nacional demorarán muchos años en concretarse, o directamente no se
realizarán, la fuerza gobernante prácticamente no perdió un solo voto de los
logrados en octubre pasado.
Los resultados de las elecciones
municipales reafirman una peligrosa tendencia hegemónica de la izquierda y
cuestiona profundamente la idea de que haya en Uruguay una oposición capaz de
sustentar un modelo de desarrollo económico y social alternativo a la propuesta
oficial.
Curiosamente, la principal fuerza opositora, el Partido
Nacional, sustenta en sus sectores dominantes un modelo económico y social
filosóficamente afín y compatible con el del gobierno, diferenciándose más en
lenguaje y estilos personales que en propuestas estructurales alternativas. El
minoritario sector Herrerista, con un proyecto alternativo mejor estructurado,
no logra romper con el esquema clásico de vinculación con el ciudadano basado en
la búsqueda de la prebenda y el favor político.
Ante la ausencia de una oposición
que apunte a algo más que capitalizar el potencial desgaste y
descontento que pudiera generar el actual gobierno, el panorama político
uruguayo parece augurar un dominio de la izquierda por varias décadas.
Seguramente blancos y colorados
están expectantes, acertadamente convencidos de que hoy la actitud opositora no
rinde, especialmente por el oprobioso desprestigio que rodea a la inmensa
mayoría de los dirigentes de los partidos tradicionales. Sin embargo, a la luz
de la experiencia montevideana estos dirigentes deberían comprender que un
gobierno solo paga tributo a su desgaste si es fuertemente cuestionado por una
oposición que muestre a la sociedad un camino distinto, realista y
creíble.
Particularmente desafiante luce el
panorama para los colorados, reducidos a menos del 10% del electorado y privado
de toda posición de poder (con excepción de la intendencia de Rivera), fuente
tradicional de su reclutamiento de adhesiones. ¿Será capaz el Partido Colorado
de refundarse sobre bases distintas que la administración de favores y prebendas
que dominó en los últimos veinte años? Una nueva generación de políticos
jóvenes, inteligentes y pujantes ha emergido, sobre todo en el sector de la
lista 15 del ex presidente Batlle, pero: ¿podrán mostrar un modelo alternativo
de país capaz de entusiasmar al elector? ¿Podrán convencer a sectores ciudadanos
significativos que la idea ya no es servirse del poder sino buscar una relación
institucionalmente más sana del estado con el ciudadano?
La clave para explicar la ausencia
de oposición política es la ausencia de oposición cultural e ideológica que
cuestione el rol dominante del estado; que defienda decididamente la economía de
mercado y la libertad de elegir del ciudadano y del consumidor; que se
comprometa con una institucionalidad sana y con el estado de derecho; y
mostrando cómo el Uruguay podría formar parte del mundo que funciona sin sentir
que por eso se abandonan rasgos que los uruguayos sienten como parte de su
identidad: la solidaridad con los más desfavorecidos, la aspiración de igualdad
de oportunidades, etc.
No existen en Uruguay
instancias para pensar el futuro que no estén en sintonía con las ideas
dominantes, es decir, no hay cultura alternativa a la oficial. En esta
circunstancia es muy difícil pedirle a las fuerzas políticas que asuman un rol
cuestionador de la base de valores y creencias que sustenta la abrumadora
mayoría de la gente, pues no es el rol del político enfrentar las convicciones
de su electorado.
Por otra parte, hay una
responsabilidad de un sector grande de académicos, intelectuales, profesionales,
empresarios, periodistas; gente que ha tenido la oportunidad de conocer y
experimentar “el mundo que funciona”, de involucrarse en el debate de ideas y de
hacer su aporte a la reflexión colectiva. También es la hora de las
organizaciones e instituciones que nuclean a esas personas: las universidades
(la oficial y las privadas), las cámaras empresariales, los institutos de
investigación, etc.
Aquel sector de la sociedad civil
que sabe que un Uruguay distinto es posible debe salir del aislamiento y la
rutina de sus actividades profesionales y académicas y dar el debate de ideas y
la luz a un proyecto alternativo que pueda ser recogido por el sistema político.
Si este gobierno opta por
protagonizar una reconversión de su sustrato ideológico, cuestionar sus
creencias tradicionales y pragmáticamente emprender el camino de las reformas
estructurales, va a necesitar entonces de esa elaboración teórica que
probablemente no encuentre entre su intelectualidad actual. Si por el contrario
elige un camino de izquierda latinoamericana clásica, un populismo a la Chávez
sin petróleo, el que va a necesitar de esa elaboración es el país. Si esta
última fuera la opción del gobierno, en un par de años estaríamos ante graves
problemas de estabilidad económica e institucional.
Algunos uruguayos tienen la idea
de que una profunda crisis, una crisis absolutamente terminal del modelo
estatista, operaría ideológicamente convenciendo a la gente de la auténtica
naturaleza de nuestros problemas. Pero las crisis por sí mismas no le enseñan
nada a la gente. Y a la vista está: el país se desplomó en 2002 y nadie aprendió
nada. ¿Por qué? Porque el gobierno culpó a los “factores externos” y la
oposición al “modelo neoliberal”.
Y nadie salió a marcar que la causa
central de nuestros problemas radica en que como colectivo social hemos decidido
desafiar las reglas básicas de la generación de riqueza por entender que no son
lo suficientemente “solidarias” y hemos olvidado que el único camino para
superar realmente la pobreza es la generación de auténtica riqueza, y le duela a
quien le duela, el único sistema de producción que en la historia ha conseguido
generar tal cantidad de riqueza como para
elevar sustancialmente el nivel de vida de buena parte de la humanidad es el
capitalismo.
A las utopías regresivas de la
cultura dominante hay que contrastarlas con el inmenso e innegable triunfo
aplastante del capitalismo como sistema de producción.
Hasta que alguien se tome el trabajo de levantar sin vergüenza las banderas del
auténtico capitalismo, ese que nunca existió en
Uruguay, la dicotomía será entre el populismo sui generis del encuentro
progresista y el mercantilismo histórico de blancos y colorados. Y en esa
competencia, los buenos amigos blancos y colorados perderán por
paliza.
Carlos Álvarez es Coordinador
de Programas de CADAL en Uruguay.
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