Política

Venezuela, ciudad capital de La Habana

“Chávez ha trasladado los intereses venezolanos a contrapelo y sin consulta, con desprecio total por los residentes y huéspedes de nuestro lar republicano: en términos más próximos a su propio y egoísta sueño de vecino marxista trasnochado. Hizo de La Habana, en un abrir y cerrar de ojos, sin que pestañaran los leones que cuidan a Caracas, la nueva capital de Venezuela. Nada más, nada menos.”

Políticas Públicas
LA INDUSTRIA PETROLERA, que duda cabe, ha sido desde el siglo XX y lo seguirá
siendo en lo sucesivo por un tiempo todavía generoso la verdadera residencia del
poder real de Venezuela. Sin ella no hubiese sido posible nuestro ingreso tardío
a la modernidad, ni los venezolanos hubiésemos mascullado esas palabras que,
otrora y en mala hora, marcaron nuestro gentilicio: “Miami ta´barato, dame dos”.
Sin tal emporio de la energía la malhadada revolución bolivariana no hubiese
tenido destino, si es que acaso lo tiene o todavía le queda. Sin petróleo, en
suma, Chávez no sería más que un mal remedo del señor Bucaram. Así de simple.


EL PETROLEO HA SIDO y es aún la fuente de nuestra ventura, y de nuestras
muchas desventuras como pueblo y como nación. Y no por azar se le ha calificado
de excremento del demonio. La posesión de esta riqueza abundante y estratégica
no ha hecho sino reafirmar y petrificar una de nuestras peores y más graves
rémoras como sociedad: el Mito de El Dorado, tan determinante de nuestra
realidad política aprovechadora como de nuestro sedentarismo social.
A falta
de los beneficios petroleros nuestra burocracia oficial y militar sería hoy
enjuta e insignificante. No habría espacio para contrataciones militares, para
el financiamiento de la utilería revolucionaria, ni para las escandalosas coimas
que ya son propias a la oprobiosa realidad que anega al Régimen. No encontraría
sustento, en suma, el grosero cúmulo de canonjías, de becas y de subsidios que,
antes de resolver la pobreza y los problemas de los pobres, les domestica en sus
voluntades.

DE MODO QUE, donde esté el petróleo y su manejo, malgré
tout, quedará situada nuestra circunstancia, condicionada nuestra existencia
como Estado. Podría decirse, en la práctica, que sin Pdvsa nuestros poderes
públicos medrarían huérfanos de imaginación e iniciativas. Lo cual explica,
pues, por qué Chávez hizo centro de su lucha, antes que la toma de Miraflores el
asalto de los campos petroleros. Y no sintió que gobernaba al país hasta tanto
pudo echar de estos predios, pito mediante, la legión “meritocrática´ que le
impedía hacer del crudo su feudo propio, la alcancía para el arbitrio de sus
despropósitos.

La decisión anunciada por el zar de la industria
revolucionaria del oro negro, Rafael Ramírez, ordenando el traslado de las
oficinas comerciales de la hacienda que cuida por cuenta del comandante, hacia
La Habana, representa, sin ambages, la mudanza misma de nuestro poder nacional
hacia el “mar de la felicidad”.

PORQUE MAL podrán alegar los autores de
tan audaz y antipatriótica providencia que lo ocurrido no difiere de lo hecho en
el pasado: La vieja Pdvsa, si la memoria de quien esto escribe permanece fiel,
tuvo oficinas o delegaciones en distintas ciudades: en Nueva York y Londres,
entre otras. Pero parecía razonable, entonces, que habiendo alcanzado nuestra
mayor empresa un estatus transnacional de relevancia, se mantuviese próxima a
los centros financieros más importantes del planeta. Así de elemental.


Pero La Habana, que en lo adelante se ocupará de nuestros negocios
petroleros en el Caribe y que los manejará, sin opción, dentro de las reglas
propias a su hábitat político, está tan próxima a los países de esta zona como
lo está Venezuela: que si de algo puede preciarse es de su neta vocación de país
caribeño.

Por consiguiente, mal podrá explicarse la mudanza de nuestro
principalísimo establecimiento comercial energético dentro del marco de tareas
si acaso existen que apunten a su prosperidad y desarrollo; menos podremos
comprenderla, dado lo absurdo de la hipótesis, como una expresión lata de
nomadismo revolucionario. Se trata, a buen seguro, de una mera y concreta
mudanza del poder nacional, hasta ayer residenciado en la ciudad que viera nacer
al Padre la Patria y que en lo adelante anclará en tierras lejanas, sometido a
la tutela de ese “buen padre de familia” que Hugo llama, con patológica
fidelidad, mi padre Fidel o, simplemente, Fidel.

TANTO IMAGINAMOS los
venezolanos una nueva cuanto funcional capital, con vistas al
descongestionamiento y rescate de nuestra antaña y noble población de San
Francisco, bautizada luego como Santiago de León, que no pocas veces la oteamos
por las márgenes del Orinoco y en predios vecinos a la población de Caicara. Y
Chávez ha realizado por nosotros ese imaginario. Le dio certidumbre. Acabó con
la eterna ilusión.

Pero lo ha hecho a contrapelo y sin consulta, con
desprecio total por los residentes y huéspedes de nuestro lar republicano: en
términos más próximos a su propio y egoísta sueño de vecino marxista
trasnochado. Hizo de La Habana, en un abrir y cerrar de ojos, sin que pestañaran
los leones que cuidan a Caracas, la nueva capital de Venezuela. Nada más, nada
menos.

Fuente: El Universal –
Venezuela

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