Política

El populismo nacionalista de izquierdas en Latinoamérica

Fran Ruiz
La mayoría de los latinoamericanos pasaron este año por las urnas para renovar sus gobiernos o lo harán en 2006. Los procesos democráticos se consolidan en todo el continente y, afortunadamente, fantasmas de un pasado no tan lejano, como las intentonas golpistas militares o el fraude electoral, parecen enterrados.

Pero otro peligro ha aparecido y con una fuerza contagiosa: la izquierda revolucionaria, que en su día llevó al poder al dictador cubano Fidel Castro y al sandinista Daniel Ortega, ha adoptado la carga ideológica nacionalista y populista con la que triunfaron desde el argentino Juan Domingo Perón al peruano Alberto Fujimori, y con la que se impusieron dictaduras militares como la de Augusto Pinochet.

El resultado del cruce de estas dos corrientes es una especie de nacionalpopulismo izquierdista cuyo “personaje del año” indiscutible es el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ex militar golpista y predicador del “pensamiento único bolivariano”, que trata de imponer en su país, mediante el culto a su personalidad, el acoso a la oposición y la prensa libre, y que pretende exportar a todas las naciones latinoamericanas.

Con la inestimable ayuda del petróleo subvencionado a sus vecinos —Venezuela es el quinto productor mundial—, una cadena de televisión hemisférica —Telesur— y un discurso incendiario y demagógico, centrado en el peligro a una probable “invasión imperialista”, Chávez está permanentemente en campaña, dentro y fuera de sus fronteras.

Esta campaña dio recientemente frutos con la victoria de Evo Morales en Bolivia, el primer indígena, después de Benito Juárez, que llega al poder en Latinoamérica. El líder aymara quiere insertar a la nación andina en la órbita del pensamiento chavista, pero es más fácil prometer una medida populista que luego cumplirla, y el nuevo presidente deberá hacer frente a satisfacer las demandas de sus simpatizantes, como nacionalizar el gas, con el peligro de ahuyentar la inversión extranjera o que la próspera provincia de Santa Cruz cumpla su amenaza separatista. Otro foco donde brota con fuerza este neopopulismo izquierdista es en la vecina Perú, donde el ex comandante Ollanta Humala se ha colocado segundo en las encuestas para las elecciones del 9 de abril de 2006.

Su hermano Antaro Humala lo acusa de haber usurpado su ideología y de aprovecharse de que está apresado para lanzarse a la carrera política. Antaro protagonizó una rebelión militar contra el gobierno de Alejandro Toledo, el 1 de enero del 2005. La fecha no es casual, amante de los simbolismos, la escogió para que coincidiera con el aniversario del alzamiento del EZLN en Chiapas, ocurrido el 1 de enero de 1994.

El gobierno de Toledo investiga si detrás de este espectacular crecimiento de Humala —con gran despliegue de mítines por todo Perú, donde se reparten comidas— está siendo financiado por “círculos bolivarianos”, organizaciones creadas por el gobierno de Hugo Chávez para servir a sus propósitos en Venezuela y otros países. Sobre estos “círculos” recayeron también denuncias de que podrían contribuido a financiar la campaña del boliviano Morales. Antes del distanciamiento de los hermanos, en 2004, Antaro viajó a Venezuela y a su regreso dijo que el movimiento que él apoya, y que ahora lidera su hermano Ollanta, representa, al igual que el régimen de Chávez, una “nueva y vigorosa corriente del nacionalismo patriota de izquierda en la milicia sudamericana”.

Esta corriente nacionalpopulista encuentra rápidamente adeptos entre la población, descontenta por que no se vieron cumplidas sus expectativas de progreso con los primeros gobiernos de las diferentes democracias latinoamericanas. El caso más paradigmático es el triunfo de Lula da Silva en Brasil, en octubre del 2002, histórico porque significó, por primera vez, la llegada al poder de la izquierda al gigante sudamericano. Pero la realidad es que, a un año de concluir su mandato de cuatro años, el líder del Partido de los Trabajadores (PT) está prácticamente hundido por la corrupción que han protagonizado miembros de su gobierno y de su partido, y por sus promesas incumplidas, como la de dar tierras a los millones de campesinos agrupados entorno al Movimiento de los Sin Tierra (MST) o de cumplir con su programa “Hambre Cero”.

En los próximos meses podría añadir un nuevo frente conflictivo si su “aliado” boliviano Morales decide endurecer las condiciones de extracción de gas, lo que perjudicaría las fuertes inversiones de Petrobrás en el país. Lula da Silva tendría entonces que decantarse por un gobierno más pragmático, que proteja la inversión extranjera y el libre comercio, o alinearse plenamente al frente chavista, algo rechazado ampliamente por las clases medias, urbanas y empresariales del país. La prueba de esta ambigua posición fue la decisión de Brasil de apoyar el frente opositor del Mercosur contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que querían impulsar sin éxito el presidente de EU, George W. Bush, en la pasada Cumbre de Mar del Plata, y la cálida acogida al mandatario republicano un día después en Brasilia.

De hecho, Lula da Silva, como Jefe de Estado de un país que representa un tercio de la extensión y la población de Sudamérica, podría ser el único que realmente tenga influencia para frenar la expansión del chavismo por toda la región, especialmente en 2006, cuando Venezuela podría quedar definitivamente integrada en el Mercosur.

Pero su debilidad actual le da escaso margen de maniobra y de poco le vale la influencia que pudiera ejercer el presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, quien también obtuvo una victoria histórica de la izquierda en enero pasado. Pese a su pasado activista y comprometido, el nuevo Jefe de Estado uruguayo parece menos inclinado a un gobierno “revolucionario” como el que practica Chávez o su amigo Néstor Kirchner en Argentina.

Al margen de esta oleada populista Chile vuelve en enero a las urnas para ver quién es el candidato vencedor en segunda vuelta: si el derechista moderado Sebastián Piñeira o la favorita y sucesora del socialista Ricardo Lagos, Michelle Bachelet.

El presidente Lagos deja un país con altas cotas de popularidad y una política más cercana a la socialdemocracia europea, que no tiene complejos en integrarse y competir en las grandes rutas del comercio internacional, que en la izquierda populista de sus vecinos, que no es capaz de sacar al pueblo de la pobreza, aunque sí entusiasmarlo con discursos inflamados.

Fuente: La Crónica de Hoy (México)

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