Mientras tanto, el frentepopulismo radicaliza su postura y señala a la derecha. España se cae a pedazos, pero lo importante es apuntar a la derecha. Mientras salta la chispa, es bueno recordarle a Rodríguez un refrán inglés que, por supuesto, él desconoce: “cuando apuntas con un dedo, recuerda que los otros tres dedos te señalan a ti.”
Joan Valls
El simbolismo bélico va llegando a su final. El 11M, pero también el 12, 13 y 14 que lo sucedieron, aceleraron el proceso que ha de llevarnos, de seguir por estos derroteros, a un clima de violencia desenfrenada. Mientras tanto, el fútbol, Internet y la guerra generacional entre mileuristas y acaparadores cierran el quinteto de la tercera fase de la Guerra Simbólica.
El fútbol, que durante años sirvió para que millones de españoles escenificaran la polarización y la guerra simbólica a través de mecanismos controlados hasta el último detalle, parece haber agotado ya las fases que se le encomendaron. Durante el franquismo, cumplió su papel de mero entretenimiento para la naciente clase media y como proyección internacional para el Régimen. Con la llegada de la mal llamada Transición, se convierte en un poderoso mecanismo para escenificar divisiones, reivindicar identidades excluyentes y como válvula de escape de una tensión a veces insoportable para las masas. El fútbol deja de ser así un deporte familiar y se convierte en un interminable desembarco de Normandía. En los últimos años, sin embargo, se observan los primeros síntomas de cambio: el fútbol queda expuesto a la comercialización pura y dura de todas sus expresiones, lo que obliga a adecentar las formas y a desmarcarlo, poco a poco, de la guerra simbólica, salvo algunas excepciones en Cataluña. Siguiendo esta dinámica, todo parece indicar que, en los próximos años, el fútbol español quedará convertido en un gran centro comercial de interminables estanterías colmadas de productos, acompañados de un hilo musical que guiará el robotizado y tranquilo ritmo de las compras.
La implantación y crecimiento de Internet en España están siendo lentos, como cabía esperar de un país situado en la órbita occidental pero que no acaba de asumir su papel en el mundo. Si bien su uso crece entre los jóvenes, la mayoría de ellos lo utiliza con fines lúdicos y son pocos los que se informan a través de diarios digitales o de blogs. Los medios escritos siguen restringiendo parte de sus contenidos en las páginas web, a las que ven como meros reflejos parciales del papel. En medio de esta cultura arcaica y alejada del “espíritu de los tiempos” se mueven varios millones de internautas españoles, muchos de ellos de tendencia liberal o conservadora, que han asumido el fin del modelo piramidal de comunicación en el que todavía está instalada la generación que domina los medios de mayor peso. Internet se ha convertido, sobre todo desde el 14M, en la gran planicie en la que Frente Popular y modernidad libran su guerra simbólica. Una guerra que, de momento, y a pesar de la ceguera recalcitrante de un Partido Popular incapaz de apostar por Internet, parece que gana la modernidad. Los Peones Negros y el blog de Luís del Pino en Libertad Digital crecen cada día y comienzan a poner en jaque a la mentira del 11M. Además, un buen número de medios y blogs invitan al cuerpo a cuerpo digital entre partidarios de uno y otro bando. Sin embargo, este proceso de escenificación de la guerra tiene los días contados. La llegada, tarde o temprano, del 19E obligará a los españoles a asumir la podredumbre y la degeneración en la que ha caído el país. Internet, por supuesto, seguirá creciendo, pero su estatus como campo simbólico de batalla se detendrá en esa fecha, al menos de momento. La calle recuperará su protagonismo más violento si los actores de la política y los intelectuales no están a la altura de las circunstancias cuando estalle el 19E, lo que nos llevará a un escenario para el inicio de las hostilidades.
Paralelamente, la guerra generacional silenciosa y contenida vergonzosamente por los diques del social-sindicalismo se aproxima a su final simbólico y amenaza con estallar en el peor momento posible. Los planes de estudios universitarios consistentes en alargar las carreras a los seis o siete años de duración y retrasar así el empeño del joven por incorporarse al mercado laboral han dejado un panorama desolador que apenas lleva al mileurismo. Las generaciones mayores ofrecen a sus hijos con canas alojamiento en una habitación de 10 metros cuadrados, comida en la mesa y ropa planchada a cambio de paz social. El trabajo precario y sin futuro es para estos millones de inquilinos de pensión gratuita, abandonados a su suerte por los partidos de la llamada izquierda y los sindicatos, quienes, al mismo tiempo, promueven la inmigración ilegal que ha de darles la puntilla a los jóvenes autóctonos. En definitiva, pensión y comida a cambio de calles tranquilas. Hasta el momento, los jóvenes españoles han aceptado el pacto. Al fin y al cabo, se trata de la misma actitud perdedora de siempre. Sin embargo, la guerra simbólica entre generaciones, manifestada apenas en la indumentaria y abortada en discotecas y estadios a base de pastillas y alcohol, llega a su final, sobre todo por un motivo: muchos “jóvenes” se acercan peligrosamente a los cuarenta, otros muchos ingresan en el club de los treinta y los que los siguen ven con horror lo que les espera. Sin un Partido Popular en el poder al que culpar y con una inmigración masiva con la que es imposible competir, los jóvenes españoles podrían pasar de los macrobotellones a los macrobotellazos generacionales y revanchistas en poco tiempo, justo el poco tiempo que les queda para dejar de ser jóvenes en España.
Llegados a este punto, surge de forma amenazante el fantasma de la violencia abierta: un 11M mal resuelto; un 19E que no será aceptado por el frentepopulismo; un socialismo que huye hacia delante en forma de criminalización de la derecha; el resentimiento de varias décadas de humillación sistemática a la Nación, a la familia, a los valores de muchos millones de ciudadanos; inmigración desenfrenada y promovida por el frentepopulismo; lucha generacional; virtualidad digital traspasada directamente a la calle; endeudamiento suicida de las familias.
Nos vamos acercando al momento en le que la lógica dicta que una chispa desate la explosión. Mientras tanto, el frentepopulismo radicaliza su postura y señala a la derecha. España se cae a pedazos, pero lo importante es apuntar a la derecha. Mientras salta la chispa, es bueno recordarle a Rodríguez un refrán inglés que, por supuesto, él desconoce: “cuando apuntas con un dedo, recuerda que los otros tres dedos te señalan a ti.”
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Joan Valls es editor de www.debate21.com
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