Política

Como en Alemania 74

Luis De San Martín
Era la década de los setenta, época en la que los centros de agitación y propaganda comunista pronosticaban el inminente colapso de las sociedades democráticas en favor del bloque soviético y sus satélites. Estados Unidos había perdido la guerra de Vietnam, dejando al sudeste asiático a merced del Vietcong y los Jemeres Rojos de Pol Pot. La revolución cubana contaba con un notable prestigio en los centros académicos y políticos del hemisferio occidental, a pesar de la pantomima totalitaria de la que había sido victima el poeta Heberto Padilla. Richard Nixon salía de la Casa Blanca por la puerta de atrás por el escándalo Watergate y los estadounidenses elegían a Jimmy Carter como presidente.

En este contexto general, se celebraba el mundial de fútbol en uno de los puntos calientes de la guerra fría, la República Federal Alemana (RFA). El fútbol y la política se daban la mano una vez más con el agregado simbólico del partido en primera ronda entre el combinado local y la selección de la extinta República “Democrática” Alemana (RDA). Capitalistas vs socialistas. Los enemigos de clase se enfrentaban ante una audiencia mundial sin muros de por medio.

En la cancha, dos equipos con un mismo idioma sometidos a una presión que sobrepasaba los límites del deporte. En las gradas, miles de ciudadanos libres mezclados con burócratas y agentes de la Stasi dispuestos a ver algo más que fútbol.

Desde el primer minuto de juego la tensión se notaba en el juego poco vistoso de ambas selecciones. Pelotazos sin destino y pocas ocasiones claras de gol. A doce minutos para el final, un pase largo coge mal colocada a la defensa local y Jürgen Sparwasser gana en velocidad la posición, se interna en diagonal en el área y, ante la salida del legendario Sepp Maier, remata con potencia al fondo de las redes: gol. El silencio se apodera del estadio, salvo por los gritos de júbilo de los agentes de la Stasi, la cara de Beckenbauer denotaba la frustración de toda la nación alemana, incluso de la mayoría de los hogares de la Alemania socialista que apostaban con fervor a una victoria de sus compatriotas libres, no sólo como manifestación de rechazo por el sistema que los oprimía, sino concientes como estaban de que la victoria de la RDA sería capitalizada machaconamente por la propaganda oficial. Pocas semanas después, la RFA se proclamaba campeona mundial ante la naranja mecánica holandesa. “Creo que mi gol fue el menos celebrado de la historia futbolística de la RDA”, reconocía Sparwasser en una entrevista posterior al derrumbe del muro de Berlín.

Hago esta referencia histórica para explicar el sentimiento de millones de venezolanos ante la contienda planteada entre Guatemala y Venezuela en la ONU para ocupar uno de los puestos no permanentes del Consejo de Seguridad. La dispendiosa campaña dirigida por Hugo Chávez en busca de apoyos que le ayudaran a consolidar su posición como estandarte del anti-americanismo global, constituía el elemento central de la propaganda externa e interna con la que quería contar para demostrar la enorme capacidad persuasiva de la chequera petrolera y su irresistible liderazgo en tiempos de campaña electoral presidencial en Venezuela.

Requería de ese puesto en la Naciones Unidas para utilizarlo como tribuna beligerante en contra de Estados Unidos en los asuntos más urgentes que ocupan la agenda de la comunidad internacional: el programa nuclear iraní, las pruebas nucleares norcoreanas, el conflicto árabe-israelí en Oriente Medio y la limpieza étnica en Darfur. Temas en los que su posicionamiento es claramente contrario al de las sociedades democráticas, con todo y sus frágiles consensos. Defiende a Irán, Corea del Norte, Hezbolá, etc. No obstante, les sigue cayendo en gracia tanto a gigantes como Rusia y China, como a gobiernos autoritarios, teocráticos y dictatoriales de diversa calaña, pasando por algunos democráticos gobernados por la izquierda vegetariana, como diría Carlos Alberto Montaner.

A falta de una bahía de cochinos que provea a la revolución bolivariana de un escenario épico, en torno al cual Hugo Chávez intentaría consolidar su liderazgo apelando a la fuerza telúrica del nacionalismo. El astuto teniente-coronel se conforma con espacios diplomáticos en los que “rodilla en tierra” se enfrente al “diablo” y demuestre ese arrojo que tanto le faltó el 4 de febrero de 1992, cuando se refugió en un museo militar antes de rendirse, o el 11 de abril del 2002, cuando sollozaba en presencia del arzobispo de Caracas pidiendo que lo dejaran escapar a Cuba.

En definitiva, así como Eric Honecker aprovechó políticamente la victoria de su selección sobre la Alemania capitalista en el mundial del 74 para vender a sus ciudadanos la superioridad del sistema socialista que padecían, la maquinaria propagandística chavista ha intentado transformar las sucesivas y contundentes derrotas de Venezuela ante Guatemala en las votaciones para el puesto en el Consejo de Seguridad, en un acto de resistencia de David contra Goliat, siguiendo el esquema propagandístico cubano, en la que el lema parece ser “si el caudillo no la gana la empata”, obviando el hecho de que la última vez que Venezuela estuvo representada en ese organismo, lo hizo con el aval de 162 países de los 172 existentes en 1992 y con el apoyo unánime de todo el continente.

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