Rosales está demostrando en el terreno que la unanimidad de este sector de la sociedad en torno a la retórica socialista del presidente es poco menos que un mito, mediante una estrategia de contacto directo con los habitantes de las barriadas no exenta de riesgos.
Luis De San Martín
Los venezolanos estamos librando una verdadera guerra de liberación democrática de proporciones épicas en contra del más nocivo y poderoso enemigo de nuestra ya maltrecha democracia: el Estado nacional-populista que lidera el teniente coronel Hugo Chávez. Las fuerzas políticas de oposición han decidido dar la pelea en el terreno electoral a contrarreloj, aún a sabiendas de que el sistema electoral automatizado ha sido diseñado para la perpetuación del caudillo caribeño en el poder y de que éste cuenta con todas las instituciones, el dinero del petróleo, la Fuerza Armada Nacional y grupos de civiles armados de impunidad y fusiles automáticos dispuestos a abortar cualquier amago de rebelión popular ante el probable fraude que pretenden consumar el próximo 3 de diciembre.
La máquina de extorsionar, mentir y amenazar que representa el Estado chavista se comporta como una moledora de carne dispuesta a alimentarse de cada uno de los derechos y libertades que la sociedad venezolana se ha dejado arrebatar en esta larga y tortuosa lucha. No obstante, el consenso logrado para la conformación de una candidatura unitaria en torno a Manuel Rosales parece ser un importante paso en el camino correcto, toda vez que crea las bases para la estructuración de un movimiento de masas capaz, al mismo tiempo, de dar la pelea por condiciones electorales decentes y de arrebatar de las manos del oscurantismo una porción significativa de electores ilusionados por las perspectivas de cambio. La dispersión, la apatía y la desilusión opositora parece haber encontrado una solución de la mano de una alternativa realista y viable.
En poco tiempo, Manuel Rosales ha logrado encender la esperanza en los sectores populares que Chávez consideraba amaestrados por el “ogro filantrópico” que diseñó para apaciguar la desesperada situación que se vive en las barriadas pobres a lo largo y ancho del país, quienes sufren en carne propia los embates de una delincuencia desatada, la carencia de empleos estables y la depauperación generalizada de los servicios públicos, en medio de una bonanza fiscal producto de los altos precios del petróleo.
Rosales está demostrando en el terreno que la unanimidad de este sector de la sociedad en torno a la retórica socialista del presidente es poco menos que un mito, mediante una estrategia de contacto directo con los habitantes de las barriadas no exenta de riesgos, tal y como ha podido comprobar recientemente con las emboscadas violentas organizadas por los grupos de choque chavista. Lejos de amedrentarse el candidato ha pasado al contraataque al advertir el nerviosismo del régimen ante el crecimiento que experimenta su alternativa.
Sin embargo, este movimiento de resistencia democrática debe prepararse para la embestida autoritaria que muy probablemente emprenderá un régimen que se considera eterno y que por tanto no está dispuesto a ceder democráticamente el poder. Además, los aliados internacionales de la revolución desde el punto de vista propagandístico (Le Monde Diplomatic, movimiento antiglobalización, la izquierda anti-americana internacional, filoislamistas, etc.) tienen preparado su contingente de observadores adiestrados para no ver nada que contradiga sus dogmas y fobias; sus particulares agit-pro aderezados con algún que otro premio Novel dispuesto a certificar las virtudes democráticas de la petrocracia bolivariana.
En este sentido, el papel que deben asumir personajes de la izquierda democrática antichavista como Teodoro Petkoff, que al fin y al cabo es el que lleva las riendas estratégicas de este movimiento, es el de ejercer su influencia sobre el socialismo frívolo europeo y latinoamericano dejando claro que el dilema venezolano no es el de ricos contra pobres, sino entre libertad y justicia vs totalitarismo y servidumbre; mostrando sus credenciales como luchador anti-imperialista, de izquierdista pragmático y de amigo de García Márquez. No hay mejor propaganda que la verdad.
Finalmente, los liberales hemos de reconocer que la situación política de nuestro entorno inmediato y la cultura izquierdista que domina el imaginario colectivo venezolano han otorgado, por enésima ocasión, la oportunidad a nuestros queridos mencheviques de preservar la democracia ante el reto planteado por el militarismo izquierdista. Frente a este desafío existencial, los llamados al pragmatismo son un canto en defensa de la libertad, toda vez que debemos reconocer valor político e intelectual a quienes están en primera línea de batalla. Ya habrá tiempo para discutir discrepancias doctrinales en una, por ahora, eventual etapa post-chavista. Mientras la amenaza contra la propiedad privada, la libertad de expresión y el derecho a disentir sea tan inminente no nos queda más que apoyarlos en esta magnífica tarea. Siempre será mejor hablar de reformas, de gobiernos limitados, de libertad económica con los herederos de “Kerensky” que con los cachorros de “Stalin”.
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