Los partidos euroescépticos vuelven a estar de moda. Más que una ideología, los unen ciertos métodos: simplificación de la propuesta política a uno o dos temas y retórica populista. Ambas características explican su repentino éxito, pero también sus bruscas caídas.
Partidos que pescan votos en río revuelto
Según algunos sondeos recientes, el euroescepticismo es un fenómeno en alza en muchos países del Viejo Continente. A los tradicionalmente remisos a la Unión Europea, se están uniendo otros que anteriormente habían mostrado una adhesión entusiasta. La crisis económica tiene mucho que ver con este cambio: en todos los países que la están sufriendo más duramente, el euroescepticismo ha prendido con mucha fuerza, al menos en la opinión pública.
Otra cosa es el salto al debate político, que no se ha dado por igual en todos los países. Mientras que en Grecia la cuestión de “Europa sí / Europa no” se ha planteado abiertamente (aunque sea por derivación del debate “euro sí / euro no”), y ha provocado un terremoto político, en España la discusión ha sido más abstracta (austeridad / estímulos económicos) y menos crítica con la Unión Europea como institución. En cuanto a la identidad de los partidos, la cuestión europea no ha producido ningún movimiento significativo en el panorama político español.
La oleada de euroescepticismo sí ha cristalizado en nuevos partidos (o partidos renacidos) en otros países: Gran Bretaña (UKIP), Alemania (AfD), Holanda (PVV), Finlandia (Verdaderos Finlandeses). La existencia de partidos euroescépticos es más antigua en Francia (Frente Nacional) y Austria (FPÖ); también en algunos países nórdicos como Dinamarca (Alianza Roji-Verde) o Suecia (Partido de la Izquierda), aunque estos partidos no han obtenido muchos votos en las últimas elecciones.
Mientras que los euroescépticos de un extremo critican el descontrol migratorio, los del otro se oponen a la identificación de la UE con políticas “neoconservadoras”
Partidos temáticos
Uno de los rasgos distintivos de esta nueva oleada de euroescepticismo es su marcado carácter económico. Sin embargo, no todo es economía: más allá de las críticas al euro o a la falta de unidad en las políticas económicas de la Unión, han surgido partidos (o se han consolidado algunos ya existentes) con ideologías “radicales”, un adjetivo que los medios de comunicación colocan a las formaciones políticas fuera del espectro tradicionalmente abarcado por los partidos de centro-derecha y centro-izquierda. Varios de ellos han hecho de la crítica a la “laxa” política migratoria de la Unión su punta de lanza. Otros, sin embargo, se acercarían más a la “izquierda radical”, como la coalición griega Syriza, surgida a raíz de la oposición popular a las condiciones del rescate griego. Los hay también adscritos a una suerte de “liberalismo radical” –como la recién nacida Alternativa para Alemania–, difíciles de clasificar ideológicamente.
En general, estos partidos centran su crítica a la Unión en un determinado punto, según sea su ideología. Esto les da una gran fuerza y apoyo popular mientras que se discute sobre ese punto, pero a la vez es su talón de Aquiles: el ascenso meteórico suele devenir en un descenso igualmente rápido cuando el tema pasa a un segundo plano.
Por otro lado está el euroescepticismo típicamente británico, con una fisionomía peculiar que mezcla recelos económicos con una cierta desconfianza cultural hacia el concepto Europa.
Los “partidos temáticos” han corrido suertes dispares en Europa. Algunos son la segunda o tercera fuerza política del país, otros poco a poco han ido perdiendo popularidad. Cabría decir que todos han sido asimilados de una u otra forma por la democracia. Algunos movimientos que al principio fueron tildados de autoritarios e incompatibles con un Estado democrático, con el tiempo se han integrado en el juego de partidos de forma menos traumática de lo que se esperaba. El mejor ejemplo de esto es el Frente Nacional francés. También la Liga Norte italiana ha sido digerida por la democracia, aunque en este caso su fuerza popular haya mermado bastante en los últimos años.
Eurofobia, eurocrítica y euroescepticismo
Todas estas variantes de euroescepticismo han sido analizadas por Cesáreo Rodríguez-Aguilera, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Barcelona, en su libro Euroescepticismo, eurofobia y eurocriticismo. Los partidos radicales de la derecha y la izquierda ante la Unión europea, publicado en 2012. En él se hace una panorámica general de estos movimientos y se estudia el programa que presentaron a las últimas elecciones al Parlamento Europeo.
A grandes rasgos, Rodríguez-Aguilera adjudica el adjetivo “euroescépticos” a las posiciones que tradicionalmente recelan de la Unión Europea como concepto político, sobre todo la de algunos partidos británicos. “Eurofóbicos” son los que hacen una crítica más profunda y visceral de la Unión, centrada sobre todo en que favorece la aniquilación de las identidades nacionales y en la inmigración descontrolada. Para el autor, estos mensajes son propios de partidos de extrema derecha. Por último, los partidos radicales de izquierda serían “eurocríticos”, pues critican no el concepto de Unión Europea, sino su identificación con políticas neoconservadoras y capitalistas.
Ciertamente, según reconoce Rodríguez-Aguilera, hay puntos comunes entre todas las variantes, como la crítica a la excesiva burocratización de la Unión Europea, y a la pérdida de poder por parte de los gobiernos nacionales.
En un comentario al libro, José Ignacio Torreblanca, profesor de Ciencia Política en la UNED, explica que el euroescepticismo –en sus múltiples variantes– ha nacido por el fracaso de la Unión Europea en tres ámbitos: en cuanto a su eficacia, porque no ha conseguido menguar la brecha entre norte y sur; en cuanto a su autoridad como ente democrático, porque las elecciones europeas han cosechado participaciones muy bajas; en cuanto a su identidad, porque la idea de la identidad europea no ha convencido ni a los que se consideran “ciudadanos del mundo” ni a los que ven amenazadas sus respectivas identidades nacionales.
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