Pensamiento y Cultura

Ciencias y Humanidades: un debate entre dos modos de conocimiento

El abismo de incomprensión que a menudo separa las ciencias y las humanidades fue ya analizado en la clásica conferencia de C.P. Snow sobre Las dos culturas. El debate continúa, como lo prueba el que ha provocado un artículo del psicólogo evolucionista Steven Pinker publicado en The New Republic, titulado “La ciencia no es su enemigo” (1), al que replicó (2) Leon Wieseltier, escritor y editor literario de la revista (“Crímenes contra las humanidades”). Ofrecemos un resumen de la polémica.

Steven Pinker vs Leon Wieseltier

Steven Pinker pretendía mostrar la utilidad de la ciencia y defenderla de lo que consideraba la animadversión de los humanistas. Para Pinker, hoy la ciencia se encuentra asediada y atacada tanto por los creyentes como por los humanistas que, en lugar de alegrarse por lo que nos depara el progreso científico, subrayan la incompetencia de los científicos en lo que definen como los asuntos más importantes: el sentido de la vida o los valores que deben guiar al hombre. Esta corriente hostil a la ciencia habla de“cientificismo” para desprestigiarla, sin tener en cuenta que la ciencia “resulta indispensable en todos los ámbitos humanos, incluyendo la política, el arte y la moral”.

El “cientificismo bueno”
Podría emplearse, sin embargo, el término sin connotaciones peyorativas. Pinker explica que “en el buen sentido de la palabra, cientificismo no es la creencia de que los miembros de un determinado gremio profesional son particularmente sabios o buenos. Por el contrario, las prácticas que definen la ciencia, tales como el debate abierto, la revisión por pares o el método de doble revisión ciega, se han diseñado expresamente para evitar los errores y pecados a los que los científicos, como seres humanos, son vulnerables”.

El cientificismo “bueno” se diferenciaría, de este modo, por dos características: su creencia en la inteligibilidad del mundo y su compromiso con la difícil tarea de adquirir y aumentar el conocimiento. Estos dos valores no pueden ser “sospechosos” ni resultado de prejuicios, y nada sería más loable que impulsar su difusión también en el ámbito de las humanidades.

La inteligibilidad, que consiste en la posibilidad de explicar de una forma racional los fenómenos, es algo más que una mera creencia, dice Pinker, pues está demostrado que cada vez sabemos más cosas sobre cómo funciona el mundo. Pero aumentar el saber exige esfuerzo, dedicación y, sobre todo, superar la tendencia humana a engañar. De ahí que el escepticismo y la duda, la posibilidad de debatir, la precisión y la verificación sean prácticas sin las cuales no es posible producir saber científico.

La ciencia, salvadora de las humanidades
Las humanidades tienen una obcecación “anticientífica” que, según Pinker, es perjudicial, ya que les impide percatarse de todo lo que las ciencias pueden aportarles. El influjo de las ciencias permitirá que las humanidades se separen de la irracionalidad de las respuestas religiosas –a las que desgraciadamente, dice Pinker, son tan afines– y podrán contar con mayor conocimiento para responder a “las más profundas preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos”.

Las dos conformarán la visión seria y profunda del mundo propia de una persona ilustrada y políticamente progresista. Ciencias y humanidades, pues, deben trabajar en unión por superar lo que resulte extraño a la comprensión científica; en particular, Pinker se refiere, de nuevo, a la necesidad de superar el “oscurantismo religioso”.

En definitiva, unas humanidades que se encuentran en crisis y “necesitadas de nuevas ideas” y estímulos cuentan en la ciencia con una tabla de salvación de la que no pueden prescindir. Un nuevo marco de relaciones, más integrado, como el que propone Pinker, superaría la dualidad tradicional entre estas dos ramas del conocimiento y, sobre todo, “ofrecería a las humanidades innumerables posibilidades para la innovación”, como ya ha sucedido con la arqueología, que aplica tecnologías modernas, o la lingüística, que se ha beneficiado de las ciencias cognitivas y de las neurociencias.

¿Defensa de la ciencia o simplismo?
En su réplica, Leon Wieseltier pone de manifiesto la petición de principios en la que incurre cualquier propuesta cientificista: “La pregunta por el lugar de la ciencia en el conocimiento, en la sociedad y en la vida, no es una cuestión científica. La ciencia no tiene autoridad, ninguna autoridad, para intentar responder a cuestiones no científicas”, de forma que aplicar criterios científicos más allá del propio ámbito de la ciencia no resulta a su juicio legítimo.

Para Wieseltier, la simpatía de Pinker por las humanidades es solo aparente: en su texto termina reservándoles el papel de esclavas. Esta primacía de la ciencia –y la pérdida de autonomía de los estudios humanísticos– “se hace evidente en su propuesta de solución a la crisis de las humanidades; al proponer ‘una inyección de nuevas ideas’ se refiere a la difusión de ideas científicas”.

“Pinker –explica Wieseltier– utiliza una amplia variedad de pensadores y disciplinas científicas y humanísticas, y da la impresión de ser un hombre tolerante y culto, como sin duda es. Sin embargo, la diversidad de su análisis se queda en la superficie. Su presunto interés por muchas cosas es finalmente un interés por una sola (…) Su ensayo, una defensa del cientificismo, es un largo intento de asimilar las investigaciones humanísticas a las científicas”.

A juicio de Wieseltier, en todo el texto de Pinker se percibe esa tendencia “totalizadora” propia del reduccionismo cientificista: su pretensión de trasladar discursos no científicos al ámbito de la ciencia y asimilarlos. El cientificismo, desde este punto de vista, se apropia de todo avance en el saber, de todo logro, e incluso de la categoría de inteligibilidad o del concepto de razón.

Sin embargo, “la razón es más grande que la ciencia”. “La razón no es científica; la ciencia es racional”, pero no agota el campo de la racionalidad porque “la filosofía y la literatura, la historia y los estudios críticos también utilizan la duda, el debate abierto, la precisión formal (aunque no matemática) e incluso a veces las pruebas empíricas” y, por tanto, con justicia son ámbitos también racionales.

Lo empírico no es todo
Frente a la mirada omniabarcante del cientificismo, Wieseltier cree que es necesario restaurar la distinción entre ciencia y humanidades. Son diferentes porque sus objetos también lo son. Y la diversa forma que ofrecen de acceder al mundo respeta la rica diversidad del mundo y la pluralidad de la experiencia humana, protegiéndolas. Eso no significa que el diálogo –e incluso en ocasiones la alianza– entre ellas sea imposible, porque las fronteras disciplinarias son porosas. Pero asimilarlas empobrecería nuestra experiencia del mundo.

Las diferencias entre ciencias y humanidades saltan a la vista. La ciencia se limita a lo empírico, y esto explica que en ellas avanzar suponga invalidar explicaciones anteriores. De ese modo, la historia de la ciencia sigue un patrón más o menos lineal, progresivo y acumulativo. No ocurre lo mismo en el caso de la humanidades: las tradiciones culturales se refieren a valores y superan por tanto la perspectiva fáctica.

En puridad, en las humanidades no puede hablarse de progreso en ese sentido. “¿Resulta la belleza del arte antiguo anulada por las ideas cosmológicas falsas que la inspiraron? –se pregunta Wieseltier–. La obsolescencia fáctica no significa obsolescencia filosófica, moral o espiritual”. Sin embargo, aunque las humanidades se mueven en el ámbito de las tradiciones, en ellas el pasado no oprime al presente ni implican que sean ideológicamente conservadoras; el pasado actúa en el presente de forma libre y no coactiva, como un recurso para orientar o iluminar nuestra situación contemporánea.

El espíritu antirreligioso del cientificismo
Junto con estas discrepancias, hay una más, relativa a la religión. En su texto, Pinker no oculta sus prejuicios y con frecuencia equipara las creencias religiosas con el oscurantismo. Incluso llega a decir que gran parte de la situación desastrosa de las humanidades se debe a la perniciosa influencia que la religión ha tenido en ellas.

Según Wieseltier, es común que los representantes del cientificismo se muestren hostiles a la religión. Y en lugar de hacer uso de la razón para comprender el fenómeno religioso –en lugar, pues, de buscar su inteligibilidad–, se contentan frecuentemente con mostrar los ejemplos más ridículos y las supersticiones más absurdas de lo sobrenatural.

“Demasiados defensores de la ciencia, así como los escandalosos ‘nuevos ateos’, creen que pueden refutar la religión señalando sus más ridículas manifestaciones. Pero las personas creyentes, o la mayoría de ellas, no son idiotas. Siempre han hecho uso de diversas fuentes de conocimiento. Ellos piensan sobre argumentos filosóficos y lenguaje figurativo. El pensamiento religioso moderno y medieval se basó con frecuencia en la ciencia de su época. Las corrientes racionalistas proliferaron al lado del irracionalismo”.

Mientras que Pinker sostiene que ciencia y religión son irreconciliables, pues a su juicio “la actitud científica implica reconocer que las proposiciones empíricas exigen verificación empírica”, Wieseltier, más abierto, cree que una mentalidad menos científica, pero con una concepción más amplia de lo racional, “reconocería que la fe religiosa no es solo un conjunto de proposiciones empíricas”, sin tener que renunciar a sus contribuciones.

En el texto que cierra este enfrentamiento intelectual, Wieseltier intenta establecer un terreno común en el que conciliar su postura con la de Pinker. Más allá de quiénes sean los enemigos del cientificismo o de las humanidades, lo cierto es que las ciencias y las humanidades tienen que hacer frente común para combatir la falta de cultura y de altura intelectual que tantas veces plaga los medios de comunicación y el debate público.

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Notas
(1) Steven Pinker, “Science Is Not Your Enemy. An impassioned plea to neglected novelists, embattled professors, and tenure-less historians”, The New Republic (6-08-2013).

(2) Leon Wieseltier, “Crimes Against Humanities. Now science wants to invade the liberal arts. Don’t let it happen”, The New Republic (3-09-2013).

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