El caso Antonio Costa
Hace unos días, el primer ministro portugués, Antonio Costa, nos daba una lección de integridad política y de coherencia personal al presentar su dimisión. Está envuelto en un proceso de investigación judicial por delitos de prevaricación y corrupción relacionados con el sector del litio y del hidrógeno verde, dos prioridades de la transición energética alentadas con fondos procedentes de la Unión Europea. Esta lección dice mucho de la salud de la democracia portuguesa en la que existe una clase política que entiende lo que significa al servicio al bien común y asume su responsabilidad en el momento oportuno. Pese a contar con el respaldo parlamentario, el primer ministro portugués ha sido categórico a la hora de tomar la decisión de marcharse cuando afirmaba que “la dignidad de las funciones del primer ministro no es compatible con ninguna sospecha sobre su integridad”.
