Política

El fin de Fukuyama

Christopher Hitchens

Tengo la sensación de que la semana pasada fue una semana decepcionante para Francis Fukuyama, a cuyo ensayo “Tras el neoconservadurismo” (adaptado de su próximo libro “América en la encrucijada“) se le concedieron siete páginas en el New York Times Magazine del 19 de febrero. La vorágine anti danesa que había dominado los medios fue sobrepasada por la fantástica criminalidad y sacrilegio en Samarra, y nadie pareció tener tiempo para la deserción mejor publicitada de las filas neocon. Esto es, creo, una pena, puesto que el ensayo muestra varios puntos de interés.


 


Sin embargo, también hay que decir que el propio Fukuyama hizo difícil que la gente se concentrase en sus palabras. Parece haber un arsenal de clichés y expresiones de reserva ubicadas en alguna parte de su procesador de textos, de modo que sólo tiene que presionar el teclado para que una de ellas surja por la página de la nada. Así, en el primer párrafo, se nos dice que Irak se ha convertido en “un imán” de jihadistas, más tarde que la democracia-promoción ha sido atacada tanto desde la izquierda como desde (glub) la derecha, más tarde que los neocon tienen problemas de “sobre-reacción”, y poco después que “no es un accidente” que los neoconservadores empezasen como “trotskistas”.


 


Francis Fukuyama


Nadie apreciará la sobria belleza de las dos últimas formulaciones; apelarán en su mayor parte a los pocos que son conocedores del sectarismo izquierdista. Las palabras de apertura, “No es un accidente, camaradas”, utilizadas para ser la mortaja de un golpe de efecto estalinista antinatural (que también podría haber hecho uso del término deliberadamente en desuso trotskita en lugar de trotskista).Y estas minucias importan, porque Fukuyama nos dice ahora que el libro que le hizo famoso, El final de la historia y el último hombre (1992), “presentó una especie de argumento marxista en favor de la existencia de un proceso de evolución social a largo plazo, pero que termina en la democracia liberal en lugar de en el comunismo”. Lamentablemente, la pureza de su marxismo iba a ser pronto corrompida por William Kristol y Robert Kagan y similares, cuya postura era “en contraste, leninista; creían que la historia puede forzarse con la aplicación adecuada de poder y voluntad. El leninismo fue una tragedia en su versión bolchevique, y ha vuelto como farsa cuando lo practica Estados Unidos”. Pausa para observar, pues, que hasta el defensor del nuevo “realismo” en política exterior se siente obligado a tomar prestada la línea anti-Hegeliana más explotada procedente del 18 Brumaire de Karl Marx.


 


Con toda está exhibición de conocimientos acerca de los entresijos del marxismo y el straussianismo, las aplicaciones de ellos por parte de Fukuyama son sorprendentemente nimias. Ni siquiera es una parodia de la postura trotskista decir que la lección que sacaron del estalinismo fue “el peligro de las buenas intenciones llevadas a extremos”. Ni siquiera es una verdad a medias decir, de aquellos que defendieron una intervención en Irak, que concluyeron que “la ´causa raíz´ del terrorismo descansa en la falta de democracia de Oriente Medio, que Estados Unidos tuvo tanto el sentido común como la habilidad de solucionar el problema, o que la democracia llegaría rápida e indoloramente a Irak”.


 


El primer requisito de cualquiera que se involucre en un debate académico o intelectual es que él o ella sea capaz de hacer un relato apropiado de la postura(s) opuesta, y Fukuyama simplemente suspende esta prueba. El término “causas raíz” fue utilizado siempre irónicamente (igual que el término “corrección política” solía serlo) como arma contra aquellos cuyas opiniones inocentes acerca de las fuentes de descontento se resumían en esa frase. No era tanto “la democracia ausente” de Oriente Medio como uno de sus estados clave dominado por una dictadura inestable y desestabilizadora liderada por un psicópata. Y no era tanto cualquier ilusión acerca de la velocidad y la facilidad de una transición como la convicción de que cualquier cambio sería una mejora. La acusación que solía plantearse a los neoconservadores era que habían querido librarse de Saddam Hussein (pausa para bajar el tono de voz) incluso antes del 11 de septiembre del 2001. Y esa “acusación”, como Fukuyama sabe bien, era esencialmente cierta – y para su crédito.


 


Las tres cuestiones que cualquiera que piense dos veces el conflicto de Irak tiene que responder son éstas: ¿acertó la administración George H.W. Bush al confirmar a Saddam Hussein en el poder tras su expulsión de Kuwait en 1991? ¿Es correcto decir que habíamos adquirido una responsabilidad para con Irak, teniendo en cuenta las frustradas intervenciones pasadas y teniendo en cuenta la gran cuestión moral planteada por la imposición de sanciones? ¿Y es el caso que otra confrontación con Saddam era inevitable; los que respondan “sí” queda implícitamente correcto decir que nosotros, no él, deberíamos elegir el momento de ello? Fukuyama no menciona ni siquiera estas consideraciones. En su lugar, mediante su profuso de términos como “imán”, reconoce a los fanáticos y decapitadores la reclamación de que son la respuesta a los excesos y errores americanos.


 


Ese es el motivo por el que la pasada semana era una poco adecuada a elegir. Ciertamente, el gran espasmo de histeria islamista a causa de las caricaturas publicadas en Copenhague muestra que no hay garantía occidental posible de hacer algo que inflame a los jihadistas. La descarada audacia y perversidad de destruir el enclave del duodécimo imán es parte de una guerra inter-musulmana que había comenzado mucho antes de que las fuerzas de al-Qaida decidieran explotar esa guerra y también exportarla a suelo no musulmán. Sí, en la práctica sí subestimamos la ferocidad y la falta de escrúpulos de los jihadistas de Irak. ¿Dónde, puede preguntar uno, no hemos subestimado a esas fuerzas y su virulencia? (Actualmente las estamos subestimando en Nigeria, por ejemplo, que está directamente a continuación en la lista de éxitos de Bin Laden y con la que llevo aburriendo desde que Bin Laden fuera lo bastante bueno como para advertirnos en otoño del 2004).


 


Ante esta amenaza global y su reciente y alarmantemente rápida proyección en suelo europeo y americano, Fukuyama propone reforzar “al Departamento de Estado, U.S.A.I.D., la National Endowment for Democracy y similares”. Sería de esperar una cita de alguna encuesta del Pew en este punto, y, no se preocupe, tampoco deja eso colgando. Pero tengo que admirar esa frase de cierre fácil y vaga “y similares”. ¡Hegel conoce a Karen Hughes! Quizá algún cerebro de la CIA esté ahora hasta preparándose para financiar una nueva versión de la revista Encounter a circular entre los intelectuales de Cachemira o Kabul o Kazajstán. No es mala idea en sí misma, pero ningún sustituto a tener un ejército curtido en batalla que haya aprendido realmente de la lucha en las terribles condiciones de combate estado-criminal / estado-fracasado. ¿Hay alguien tan ciego como para suponer que no necesitaremos este tipo de experiencia adquirida duramente en el futuro?


 


Tengo mi propia crítica tanto de mis esporádicos camaradas trotskistas como de mis aliados temporales neocon, pero de los primeros puede decirse que ellos vieron venir al hitlerismo y el estalinismo – y también vieron que los dos enemigos se fusionarían algún día – e hicieron lo que pudieron para hacer sonar la alarma. Y de los segundos puede decirse (lo que, lamentablemente, no puede decirse de los primeros) que vieron a Milosevic y a Saddam y a los Talibanes y se dieron cuenta de que tendrían que ser confrontados cuanto antes mejor. El ensayo de Fukuyama traiciona un deseo académico secreto de vivir una vez más en tiempos “normales”, tiempos que “restauren la autoridad de los ´realistas´ de la política exterior en la tradición de Henry Kissinger”. ¡Ninguna posibilidad, Francis! Kissinger está moribundo, y el recuerdo de su fracasado club de dictadores está demasiado fresco como para ser dignificado con el término “tradición”. Si no tienes idea de política, al menos deberías intentar tenerla de historia. América en la encrucijada evidentemente carece de las dos.


 


Christopher Hitchens es columnista, crítico literario y autor británico residente en Washington, y ha sido columnista de Vanity Fair, The Nation y Slate. Ex-izquierdista militante, es conocido por ser un feroz crítico de lo que denomina “fascismo de aspecto islámico”.

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