Política

El incentivo de los bellacos

¿Cómo podría un dictador dejar de serlo si observa que la gente no está precisamente ansiosa por hacerse cargo de sí misma? ¿Cómo podría dejar de intervenir hasta en los aspectos privados de la vida, si los adultos no están dispuestos a asumir sus responsabilidades respecto a sus hijos menores y sus padres ancianos y, por el contrario, buscan a quién endilgárselos?

Karen Cancinos
¿Quién se sorprende de que La Mocosita engulla maníes? En el zoológico La Aurora, en la ciudad de Guatemala, es usual ver a la elefanta caminando con parsimonia por el borde de su piscina, y comiendo lo que tanto le gusta. Pues bien, no pretendo ofender a tan simpático paquidermo, pero contemplarlo espantando moscas con sus orejotas es tan típico como la imagen de cierto bellaco sudamericano, con su camisa roja y su discurso cargado de odio.

Claro que estoy hablando de Hugo Chávez. Pobres los venezolanos. En mala hora se sentó tamaño malandrín en la silla presidencial. Lo digo no sólo por quienes legítimamente se le oponen: muy probablemente tendrán que buscarse la vida en otro país, y la experiencia del exilio siempre es dura. Cuando escribo “pobres” me refiero también a quienes lo aclaman.
Evidentemente no tienen ni la más peregrina idea de lo que se les viene encima. Una cosa es lanzar porras por quien les ha prometido el oro y el moro, y otra lidiar con su país destruido a la vuelta de unos años. La aclamación popular debe ser muy agradable para un ego no resuelto, pero no es ningún indicador de que se estén haciendo bien las cosas: a Hitler lo vitoreaban igual.

Qué fácil le resulta a cualquier fulano hacerse con el poder. Y es que los latinoamericanos tendemos a dejar el espacio público —uso la expresión como sinónimo de dinámica política— en otras manos. Solemos afirmar que la educación, la salud, la economía y el derecho son “asunto de los políticos”.

Nosotros nos ocupamos sólo de “nuestros” asuntos (la actitud de “mi casita, mi trabajito, mi autito”, como dice Estuardo Zapeta, un mordaz periodista amigo mío). Con esa forma tan cobarde de encarar la vida, lo único que necesita un dictadorzuelo es hacer acopio de una demagogia justiciera.

De ninguna manera estoy sugiriendo una utópica democracia directa o insinuando que todos los ciudadanos participemos en política partidista. Por el contrario, pienso que la política no debería tener la preeminencia que tiene en nuestros países. A lo que estoy llamando su atención, lector, es a esa lamentable tendencia latinoamericana — ¿o será universal?— de atribuir a otros poder sobre nuestras vidas.

Vea, por ejemplo, a esas mujeres que piden desde anticonceptivos hasta clínicas para hacerse abortos —con cargo a nuestros impuestos—, pasando por refugios a dónde acudir cuando las apalean los patanes que libremente eligieron por maridos (porque a la hora de ejercitar derechos nadie reclama la intervención del Estado, sólo a la hora de afrontar obligaciones). Imagine como se siente un tipo que contempla a una multitud pidiendo mil y una cosas. El camino de ese punto a la Presidencia es juego de niños: tan solo hay que empalmar unas cuantas frases hechas y deshacerse de cualquier escrúpulo jurídico y ético. Ese es exactamente el camino que Chávez recorrió.
¿Cómo podría un dictador dejar de serlo si observa que la gente no está precisamente ansiosa por hacerse cargo de sí misma? ¿Cómo podría dejar de intervenir hasta en los aspectos privados de la vida, si los adultos no están dispuestos a asumir sus responsabilidades respecto a sus hijos menores y sus padres ancianos y, por el contrario, buscan a quién endilgárselos?
Mientras los latinoamericanos no acabemos de crecer, cualquier bellaco la tiene fácil. ¿Cómo no la tendría? La Mocosita también engulliría manías todo el tiempo… si se la dejara.

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