“Es urgente transformar las Naciones Unidas con una normativa de jurisprudencia internacional que legitime la acción decisiva en defensa de la democracia y la libertad por encima del veto o cualquier otro recurso entorpecedor.”
Gerardo Martínez Solanas
Cuanto más dictatorial y centralizado sea un gobierno, más propenso es al
militarismo y, por ende, a la guerra y la expansión. Los países democráticos, a
medida que son más participativos y menos centralizados, difícilmente conciben
agresiones militares injustificadas, porque los pueblos desean la paz y en el
medio democrático se movilizan para impedir aventuras bélicas y sus secuelas de
miseria, muerte y destrucción.
Hitler y Stalin se aliaron para conducir a
sus regímenes totalitarios a la conquista y la expansión. Como era de esperarse,
chocaron después en sangriento holocausto motivado por ambiciones hegemonistas
incompatibles. Las democracias de entonces reaccionaron con timidez y les
dejaron hacer mientras conservaban alguna esperanza de evitar la guerra con
gestos pacifistas. Finalmente le regalaron media Europa a uno de ellos sin
muchos cargos de conciencia. Lo mismo sucedió con la China de Mao, aliada a la
Unión Soviética para dominar a Corea, sojuzgar a Mongolia y conquistar el Tíbet.
En Vietnam comenzaron las rivalidades entre ambas potencias comunistas en la
pugna hegemónica, pero el objetivo común los mantuvo unidos hasta la derrota
ignominiosa de las democracias vacilantes y desorientadas que los
enfrentaban.
Posteriormente, las ambiciones hegemónicas enfrentaron China
a Vietnam, estimularon el genocidio de Pol Pot en Cambodia y, finalmente, la
invasión vietnamita de lo que se llamaba Kampuchea ´´democrática´´. Todo esto lo
contemplaron con espanto las paralizadas democracias.
Hoy día, esos
países desgraciados –Cambodia, Corea del Norte, Laos, Mongolia y Vietnam–
están entre los más atrasados y menos libres del mundo. En todos ellos han
perdurado el genocidio, la arbitrariedad, la centralización del poder y la
violación sistemática de los derechos humanos.
En Europa, el derrumbe del
imperio soviético abrió las puertas de la libertad y la democracia, pero en
algunos países a muy alto costo. Guerras genocidas asolaron Bosnia, Croacia,
Montenegro, Kosovo y Macedonia, que concentraban nacionalidades autóctonas
forzosamente unificadas por el régimen comunista en una entidad ficticia
denominada Yugoslavia. Las indecisiones de las democracias fueron responsables
de sucesos espantosos. En nombre de la ´´paz´´ permitieron el abuso y el
martirio de esos pueblos durante demasiado tiempo.
Otros ejemplos de
irresponsabilidad internacional allende la experiencia nefasta del comunismo
expansionista son las matanzas espantosas de Biafra, Uganda, Rwanda y Burundi y
las que siguen ocurriendo en el Darfour sudanés. Por no hablar de Somalia,
Eritrea, Liberia y otros ejemplos de menor cuantía, pero igualmente horrorosos.
O de los crímenes de Castro y sus reiterados planes expansionistas en nuestro
continente.
No se puede alegar ignorancia en el mundo de hoy. Las
noticias relampagueantes introducen los asesinatos en masa en nuestros hogares
por la televisión y la internet. El encogimiento de hombros ante tamañas
tragedias es sobrecogedor. ¡Y la hipocresía también!
Saddam Hussein y los
talibanes perpetraban genocidio. Eran regímenes agresivos que recurrieron a
acciones bélicas repetidas contra sus vecinos. Constituían una amenaza externa e
interna. Pero nadie escuchaba. Hasta que afectó los intereses de algunas grandes
potencias.
Lo más deplorable de estos hechos es que quienes se animaron a
tomar cartas en el asunto se sintieran obligados a inventar pretextos y exagerar
situaciones porque a la comunidad internacional no le bastaban los abusos de
esos regímenes para intervenir a favor de sus pueblos.
En medio de la
tragedia que siguen provocando los que aspiran a un poder absoluto, Irak y
Afganistán experimentan ahora con la democracia y atisban un futuro
esperanzador. No obstante, estas decisiones de asistencia internacional a los
pueblos oprimidos son incorrectas y peligrosas cuando se realizan sin una
concertación democrática derivada de la cooperación y la voluntad política de
las naciones libres. Pero tienen que tomarlas: no pueden encogerse de hombros y
aspirar a vivir en paz en un mundo plagado de abusos y crímenes
impunes.
Es urgente transformar las Naciones Unidas con una normativa de
jurisprudencia internacional que legitime la acción decisiva en defensa de la
democracia y la libertad por encima del veto o cualquier otro recurso
entorpecedor. Una organización que declare punible, en última instancia mediante
intervención militar multinacional, todo crimen de lesa humanidad que se cometa
en cualquier parte.
Una que reconozca y defienda la soberanía del pueblo
sobre cualquier falso concepto de soberanía del estado.
Fuente:
Firmas Press
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR