A juzgar por las pruebas, se diría que si. En el mejor de los casos han perdido su capacidad colectiva de presentar una argumentación intelectual.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR
Jueves, 16 de julio 2026
A juzgar por las pruebas, se diría que si. En el mejor de los casos han perdido su capacidad colectiva de presentar una argumentación intelectual.
David Horowitz
En mis días más ideológicos en la izquierda nunca perdí de vista lo que significaba hacer acopio de pruebas y responder a un contrincante. Pero el reciente ataque contra mi trabajo (o lo que se dice que es mi trabajo) por parte de Robert Shaffer, un colaborador del Boletín de la Organización de Historiadores Americanos, es otra indicación más de que “los académicos progresistas” de hoy no tienen ni idea de lo que constituye un argumento intelectual, al menos no cuando sus prejuicios y prerrogativas son cuestionados.
Han pasado dos años desde que publicara Los profesores, un perfil colectivo de 101 miembros de claustro que confunden su misión académica con la predicación política. Yo argumentaba que a grandes rasgos, el 10% de los claustros universitarios de humanidades se componen de profesores que califican las opiniones políticas de “integrales” a su docencia. Citaba a lumbreras académicas tales como Eric Foner y John Wallach Scott, dando fe de que ése era precisamente su enfoque a su labor profesional (y que están orgullosos de ello). Foner hasta escribió el prólogo a un libro, Retomar la academia: historia del activismo, la historia como activismo, que consistía de documentos leídos en una conferencia celebrada por Columbia y dedicada al punto de vista de que la docencia histórica es una forma de “activismo”. La tesis básica de Los profesores era que tal postura está frontalmente encontrada con los estándares profesionales que los académicos han prometido sostener, y viola las previsiones de libertad académica de la Asociación Americana de Profesores Universitarios, que se basa en la premisa de que estos estándares – estándares científicos – tienen que ser respetados.
En los dos años desde la publicación de Los profesores han tenido lugar numerosos ataques contra el libro y el autor, muchos de ellos imprudentes y muchos extremos. El actual presidente de la AAUP, Cary Nelson, por ejemplo, redactaba una crítica advirtiendo a los demás de no leer el libro y no mencionarlo en público. Pero entre todos estos ataques, ni uno solo – ni uno – confronta o intenta refutar el argumento del libro resumido arriba. Este argumento era establecido en detalle en un ensayo de 17.000 palabras que constituyen la introducción y al menos dos capítulos del texto, que ninguno de sus críticos parece haber leído. Ni uno de los ataques contra el libro hasta la fecha ha mencionado nunca el argumento del libro. A ese efecto el consejo del profesor Nelson ha sido seguido.
La de Robert Shaffer es simplemente la más reciente tentativa de despreciar un libro que no va a desaparecer por las buenas. Su ataque comienza con una referencia a las recientes memorias de Alan Greenspan, en las que Greenspan ofrece su opinión de que la guerra de Irak trata en gran medida de petróleo. Es a partir de esta cita descontextualizada por parte de un individuo sin relación con la política exterior que Shaffer lanza su ataque contra mi texto: “En su libro de 2006 Los profesores: los 101 académicos más peligrosos de América, Horowitz desata una retahíla de críticas contra un amplio abanico de académicos, pero uno de sus temas recurrentes es que la tentativa de adjudicar motivos económicos a las acciones norteamericanas en Irak, o sugerir una interpretación de la historia basada en la avaricia o las necesidades del capitalismo, queda simplemente fuera de los márgenes de un académico”.
La invocación a Greenspan para refutar este tema podría ser razonable si la descripción de mi texto por parte de Shaffer fuera real. Como es el caso, es demostrablemente falsa. En ninguna parte digo (o he dicho) que una interpretación de la historia basada en la avaricia o “en las necesidades del capitalismo” quede simplemente fuera de los márgenes de un académico. En realidad, en un pasaje de Los profesores que he citado en muchas ocasiones frente a ataques similares (y sin respuesta), escribo explícitamente que el libro no trata de “parcialidad” y no argumenta que una perspectiva de izquierdas esté “fuera de los márgenes”. Lo que escribí es lo siguiente: “Este libro no está pensado como texto acerca de parcialidad izquierdista en la universidad y no propone que una perspectiva izquierdista en los claustros académicos sea un problema en sí mismo. Todo individuo, ya sea conservador o progresista, tiene un punto de vista y por tanto una orientación parcial. Los profesores tienen todo el derecho de interpretar las materias que imparten según sus puntos de vista individuales. Ésa es la esencia de la libertad académica”.
Shaffer afirma que al escribir acerca de los profesores de estudios de Oriente Medio Joel Beinin y Howard Zinn, condeno sus puntos de vista. “Horowitz encuentra inaceptable a Joel Beinin, ex presidente de la Asociación de Estudios de Oriente Medio, en parte por insistir en que Estados Unidos fue a la guerra en Irak para hacer y deshacer regímenes y garantizar el acceso al petróleo. Más en general, Horowitz ataca a Howard Zinn por su ampliamente difundido libro Una historia popular de los Estados Unidos, en el que la avaricia es la explicación para todo suceso histórico importante”. En realidad, mi libro es completamente descriptivo y no hace tales juicios. Estas descripciones podrían ser apropiadas si Beinin y Zinn no llevaran a cabo tales debates. Pero lo hacen. La idea de los perfiles no es identificar opiniones que deban estar prohibidas, sino describir a un tipo de profesor-activista cuya defensa política es integral a su docencia. Beinin y Zinn son dos ejemplos obvios. La argumentación política señalada podría ser conservadora y el problema sería el mismo. No es la opinión de Beinin sobre la guerra de Irak o la de Zinn acerca del experimento americano lo que constituye el problema. Es su versión de la docencia y la enseñanza académica. Si el aula se convierte en una plataforma política, deja de ser un aula en el sentido entendido por los fundadores académicos de la universidad moderna.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR
// EN PORTADA
// LO MÁS LEÍDO
// MÁS DEL AUTOR/A