En British Airways deben estar aplaudiendo con las orejas. Tienen motivos más que sobrados para hacerlo.
España no gana para disgustos, salvo en materia deportiva. Esta semana, la dirección de Iberia anunció que aplicará un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) y que supondrá el despido de 3.800 desempleados. En términos porcentuales, esta cantidad supone el 20 % de la plantilla.
A pesar de la dilatada negociación sostenida, a tres bandas, por los gestores de la aerolínea, los sindicatos y el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, tan sólo se ha conseguido reducir en 700 el número de despidos.
Además, Iberia subrayó que pretende aplicar –sin cambiar una letra– la actual reforma laboral. Por consiguiente, las indemnizaciones serán de 20 días por año trabajo y un importe máximo de doce mensualidades.
Añadido al drama que este ERE va a suponer para muchos trabajadores y sus familias, es especialmente sangrante la situación de Iberia tras su fusión con British Airways. Que conste que no me opongo a las fusiones empresariales y transnacionales, siempre y cuando generen sinergias para los participantes. Sin embargo, no fueron pocas las voces autorizadas que, en su momento, alertaron de que no se trataba de un pacto beneficioso para ambas empresas, sino de una trampa.
Expertos en fusiones consideraron que, con la creación del consorcio IAG, la compañía británica –que se encontraba en quiebra técnica– buscaba crecer a costa de la española. La prueba del algodón la encontraron en uno de los compromisos que firmaron ambas aerolíneas y por el que se comprometían a distribuir el tráfico de manera equitativa. El hecho es que British Airways ha crecido más de un 20 % desde 2011, a costa de Iberia, que ha perdido en torno a un 15 %.
Por si no fuera poco, el pacto que supuso la creación de AIG incluía una cláusula para el año 2015. A partir de ese momento, el socio que posea un mayor tamaño será quien tome las decisiones del consorcio. A día de hoy, British Airways ha comprado 50 nuevos aviones y ha incorporado en su plantilla a más de 800 pilotos. Por el contrario, Iberia apuesta por el low-cost y despide a casi 4.000 empleados. De hecho, el pasado viernes, la dirección de la compañía afirmó que no dudará en “reducir su capacidad a mínimos hasta que el negocio sea rentable”. Dicho de otro modo, a los rectores de Iberia no parece que vaya a temblarles el pulso para convertir a la señera aerolínea en un negocio de alquiler de avionetas si fuese preciso.
Y visto esto, huelga decir qué empresa controlará IAG en 2015 y quién puede terminar controlando y recibiendo los beneficios del hub de Iberia en la T4 de Barajas –cuyo coste ascendió a los 7.000 millones de euros y que costeamos, religiosamente, todos los españoles–. En British Airways deben estar aplaudiendo con las orejas. Tienen motivos más que sobrados para hacerlo.
Gorka Labarga es consultor organizacional y TIC. También ejerce como formador.
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