Para el prestigio personal de Lula, la Cumbre ha sido una magnífica oportunidad de reafirmarse ante los europeos como el líder moderado de América del Sur, preocupado con la cuestión social y consciente del papel que le cabe en el complejo panorama político de la región.
Bruno Ayllon
¿Cómo interpretar los resultados de la I Cumbre UE – Brasil? En el terreno retórico la Cumbre ha sido un éxito. La UE ha reconocido el papel de Brasil en las relaciones internacionales contemporáneas y su peso como país estabilizador y moderador de los radicalismos políticos y de los nacionalismos-populistas en América del Sur. También se han cantado loas al papel brasileño como pieza fundamental en el “multilateralismo efectivo” y al obvio y portentoso protagonismo que le cabe al gigante latinoamericano como suministrador y garante de ese Bien Público Global que tanto nos importa a los europeos: el Medio Ambiente.
Para el prestigio personal de Lula, la Cumbre ha sido una magnífica oportunidad de reafirmarse ante los europeos como el líder moderado de América del Sur, preocupado con la cuestión social y consciente del papel que le cabe en el complejo panorama político de la región, más allá de que el presidente ex/sindicalista decida efectivamente – lo que no ha querido o sabido hacer hasta ahora – ponerse el traje de faena, bajar a la plaza y torear a Chávez, a Evo y, veremos en 2008, a Fernando Lugo, candidato a la presidencia de Paraguay que ya avisa que revisará el Tratado de Itaipú con las consecuencias imaginables en el precio de la energía eléctrica en Brasil. Por otra parte, Lula ratifica su empeño en hacer del etanol – el combustible extraído a partir de la caña de azúcar – el producto estrella de la exportación brasileña, quizás en un plazo de 20 años o más, así como lo fueron en épocas pasadas el “pau – brasil”, el azúcar, el cacao, el caucho o el café.
Pero más allá de las buenas palabras y de los abrazos efusivos, lo cierto es que los resultados concretos de este tipo de Cumbres son, por definición, más bien escasos. Apenas tenemos una bienintencionada y voluntariosa declaración final cocinada hace varios días y puesta en el microondas de la Cumbre, donde se reiteran las grandes líneas de la Comunicación de la Comisión al Consejo y al Parlamento Europeo sobre una Asociación Estratégica UE – Brasil . En definitiva, después de todo “la montaña ha parido un ratón”.
De lo que de verdad interesa a los brasileños, esto es, desbloquear las negociaciones comerciales multilaterales, sea en Doha, sea en el ámbito de las relaciones UE – MERCOSUR, nada de nada. De lo que interesa a los europeos…pues ciertamente menos ya que la diplomacia brasileña – y Lula ha aprendido algo de su convivencia con los miembros de la prestigiada corporación diplomática – es especialista en enrocarse aduciendo el viejo principio de la no intromisión en los asuntos internos de los otros países latinoamericanos, y mucho más si estos suministran gas, electricidad o cuestionan las ventajas del etanol para continuar “surfando” en la ola del petróleo. En temas medioambientales, la vulnerabilidad percibida por Brasil es de tal tamaño y la amenaza ficticia de la “internacionalización” de la Amazonia – el fantasma que azuzan los sectores nacionalistas y de izquierda dentro del gobierno y de la base de apoyo parlamentario a Lula – pesan tanto que inmovilizan en la práctica cualquier intento de acción en este terreno, sin olvidar el enorme coste financiero, la presión de los grupos madereros y productores de soya y la propia inviabilidad de gestionar ese vasto espacio amazónico.
Tampoco conviene olvidar que desde que Brasil y la India decidieron abandonar la mesa de diálogo con los Estados Unidos y la UE en Postdam, durante la celebración de un encuentro minilateral de los principales protagonistas de la OMC, el 21 de junio pasado, tanto el comisario Mandelson como Lula y su ministro de Exteriores Amorim no han parado de lanzarse dardos envenenados sobre las responsabilidades de la ruptura de los entendimientos. Y por si fuera poco, al liderazgo brasileño proclamado, que no ejercido, de la política exterior de Lula – tan alabada por los que poco la conocen en Europa o por los que piensan que no hacen falta resultados tangibles más allá de la afirmación de la “soberanía nacional” – , le salen grietas en el seno del G- 20 (grupo heterogéneo de países en desarrollo interesados en avanzar en la liberalización agrícola) al desmarcarse Chile, México, Colombia, Costa Rica, Perú, Singapur, Tailandia y Hong Kong de las propuestas de Brasil que se resiste a presentar mayores concesiones.
En definitiva, la Cumbre UE – Brasil no llegó en buen momento y, por eso, no puede esperarse nada de relevante de ella en el corto plazo. Apenas en el terreno retórico y ornamental y también en el simbolismo que supone que Brasil fuese el único de los grandes países emergentes con los que la UE no tenía un diálogo político privilegiado. Hablando se entiende la gente. También los países y los bloques regionales que aspiran a ser actores globales. La gran duda estriba en saber, si después de todos estos encuentros y de tanto diálogo (por cierto, la UE y MERCOSUR llevan dialogando 12 años sobre un posible acuerdo comercial y hasta ahora nada), existe algo de concreto que responda a una de las máximas preferidas por la diplomacia brasileña, es decir, que la política exterior como política pública traduzca las necesidades internas en posibilidades externas.
Fuente: Infotlatam
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR