Tras el Brexit y la victoria de Donald Trump, hechos catalogados como imposibles hasta menos de una semana de producirse y considerados increíbles o hasta ilegítimos por los medios dominantes incluso después de producidos, es lícito preguntarse si las encuestas son falsas o erróneas.
Si a esto se añade que los votos del candidato autodenominado soberanista Nicolas Dupont-Aignan y los de los republicanos abren el interrogante sobre a qué aspirante presidencial acompañarán en segunda vuelta, entonces las encuestas simplemente se equivocan o aciertan parcialmente dentro de un ambiente de difícil predicción. El error atañe principalmente al exceso de confianza en un candidato etéreo y sin partido que procede del espacio político socialista que ha firmado su acta de defunción con la presidencia de François Hollande. Es decir, Macron. En ese caso, la eventual batalla con Le Pen se dirimiría sobre el campo de Unión Europea sí o Unión Europea no. Puesto en esa disyuntiva, sería difícil apostar por Le Pen, por eso Macron, en ese supuesto, prometería un referéndum al menos sobre la pertenencia al euro y acaso aún más cercano con la Unión Europea. Incluso así, su posición sería compleja y en todo caso la Unión Europea quedaría expuesta como nociva y haría inevitable su baja en los años siguientes.
Respecto de Europa, el resto de países, especialmente Inglaterra, se verán obligados a prepararse para un entorno de resurgimiento de las naciones y de disminución de poderes supranacionales. En otras palabras, ni la reducción del déficit ni el mantenimiento de una economía de mercado podrán hacerse apelando a las instrucciones europeas, sino que deben basarse en convicciones propias que, en una democracia, sólo pueden proceder del electorado.
Entretanto, fuera de Europa pero en Occidente, la presidencia de Trump, eficaz a pesar de la crítica mediática, marca el camino para que el resto de pueblos occidentales se liberen del despotismo institucional que los viene gobernando. Lo concreto es que un cambio decisivo se percibe.
A la Revolución francesa de 1789, que marcó ideológicamente la llegada de la edad contemporánea, la precedió la Revolución inglesa de 1688 y la independencia norteamericana de 1776. El menor dramatismo y afortunadamente la menor violencia aparente de nuestro tiempo no deben hacer perder de vista la certidumbre de vientos de cambio semejantes.
No obstante, como sostuvo Karl Popper: “La historia, ni es materialista ni está determinada”, depende de la libertad de los hombres. Lo indiscutible es que la respuesta al reto es imprescindible para garantizar la supervivencia de Occidente.