Cuando un estado se ve acosado por una sucesión de fracasos, el mecanismo de la democracia obliga a que su clase dirigente busque políticas para fortalecerse y alejarse de la fragilidad de cualquier crisis. Sin embargo, cuando para prevalecer políticamente busca culpables externos, casi siempre es cuando los fracasos proliferan. Es en estas cuestiones que el mundo árabe islámico ha conocido y sumado frustraciones desde los años 50, aunque sus problemas históricos se profundizaron durante toda la era de Abdel-Gamal Nasser y su panarabismo de exportación.
El caos social, político y económico a partir del advenimiento de corrientes islamistas surgidas entre 1979 y 1982. Este problema también agravó el tejido social -ya débil per se- en los países árabes islámicos de orbita sunita a partir de 2011 con la aparición de grupos ideológicamente satelitales a la Hermandad Musulmana y al salafismo de Al-Qaida e ISIS.
Los pacifistas, los progresistas europeos (los que dijeron ser herederos del mayo francés) y demás fauna populista muestran ineficiencia, mendacidad y corrupción cada vez que gobiernan, y lo hacen del mismo modo los que profesan sus ideas en América Latina, donde sobresalen sus discursos de revanchismo y odio, los que arrastran al naufragio a sus pueblos a través de sus gestiones de gobierno y contribuyendo a demonizar al Occidente del que forman parte, permitiendo que los elementos anti-democráticos y los radicalismos religiosos se muevan a sus anchas. Han sido esos sectores los que difundieron pacientemente a través de los años distintas agendas de negación y descalificación de la seguridad estratégica occidental en nombre de la libertad, el multiculturalismo y un supuesto estado de bienestar que ha demostrado acabadamente su fracaso en la vieja Europa.
Lo que no se debe obviar es el rasgo general de esas políticas que caracterizan a todo ese mecanismo: el reduccionismo. Este vicio común que ha caracterizado el largo declive de occidente frente al avance de los populismos, las migraciones descontroladas y terror yihadista que gana fuerza con el abuso de la memoria acusadora: en lugar de generar un nuevo proyecto, la preocupación dominante de gran parte de los gobernantes occidentales consiste en maldecir al antecesor, y viceversa. Así, es que hoy, tras ocho décadas de progreso, vemos en los últimos años que no hay ideas nuevas ni teorías superadoras, solo la demonización es la herramienta de la mediocridad que ha pasado a ser el deporte nacional occidental. ¿Quién escapa a esto en Europa? Muy probablemente nadie, más allá de los esfuerzos de Italia, que parecen no alcanzar. ¿Y quien lo hace en Latinoamérica? Probablemente Argentina y los esfuerzos del presidente Javier Milei que intenta marcar un nuevo camino en el hemisferio Sur.
En el presente, algunos observadores internacionales han venido utilizando dos expresiones para clasificar a los “estados disfuncionales”. Así, han calificado a algunos como Cuba, Irán, Siria, Nicaragua, México o Corea del Norte y hasta algunos analistas árabes del Golfo, han llamado incluso “estados criminales” a Irán, Yemen, Afganistán y Siria, porque violan sistemática y cínicamente el derecho internacional y los derechos humanos de sus nacionales. Otros en cambio, reciben el nombre de “estados fallidos”, porque ni siquiera aseguran su orden interno. Naciones como Haití o varios países de África (donde actualmente los yihadistas leales a Al-Qaeda masacran ciudadanos negros cristianos), por lo que esa calificación es peligrosamente bien ganada.
No hay duda que esos calificativos negativos describen muy bien la situación actual de Europa, y si consideramos el avance del islamismo radical y la migración descontrolada en países como Inglaterra, España, Bélgica y Alemania, no deben sorprender los hechos que hemos visto en las últimas horas en Ceuta.
En lo referente al concepto de “estado fallido”, existe la impresión de que los cimientos de algunos estados europeos flotan sobre arenas movedizas. Los ataques terroristas, las bombas, el asesinato por atropellamientos como el de los últimos días en Alemania, las dudas se manifiestan con frecuencia en situaciones diferentes, pero todas tienen en común la inacción a nivel continental. Se observa la impotencia y el deseo de no actuar contra endemias que corroen a la cultura occidental.
En un momento en que el poder y la moral de los gobiernos rozan los calificativos de estados “fallidos o abusivos”, ¿no sería importante que, por ejemplo, la Unión Europea hiciera de tripas corazón con el problema nuclear iraní y decidiera que también ella encabeza un poder supranacional serio que no se deja amedrentar por gobiernos terroristas?
Sin embargo, las cosas son de otra manera en la Unión Europea (y la ONU no le va en zaga a los desaciertos de Bruselas). Así, a la ilusión de la vida en democracia, le sigue la desilusión alimentada por sucesivas crisis y por la ausencia de un proyecto claro que ilusione como sustituido del revanchismo y la corrupción encubierta.
En ese contexto de debilitamiento de las jefaturas de estados, los movimientos y organizaciones civiles, como la defensa de los derechos humanos, se han ido desdibujando y contrariamente han desarrollaron prácticas e interpretaciones parciales. Aunque pocos reparan en ello, es evidente que un sector internacional, el que se proclamó defensor de la libertad en nombre de la multiculturalidad, se ha ofrecido de podio para dictadores y amenazas para la paz. Pero es evidente también que nadie parece tener problemas con ello. Y es evidente también que los primeros en no tener problema con ello son aquellos que más problemas deberían tener.
Y la cosa empeora; hay quien cuestiona la medida en la que occidente ha sido o puede ser “víctima inocente” del terrorismo yihadista como lógica retribución por el colonialismo de antaño. En fin ¿será La pena impuesta por el imperialismo?. Con facilidad se afirma que muchas víctimas no son tales, sino que son hijas de una modernidad irrespetuosa que avasalla e invade pueblos y socava culturas ancestrales, que deben permanecer vírgenes (incluso si violan sistemáticamente los mismos principios de antes) en nombre de la civilización. Es aquí desde donde parte la reivindicación por parte de no pocos de principios y métodos que, de ser practicados por Occidente, provocarían escándalos, pero que al ser practicados por el Tercer Mundo, no sólo no reviste ningún problema apoyarlos, sino que hay que justificarlos y maquillarlos: “hoy se llama milicianos, combatientes o resistentes a elementos terroristas; se proclama nuevamente la superioridad de los fines y la legitimidad para apelar a cualquier medio, siempre que se pertenezca a la élite de los no-juzgables.
Es ese nuevo componente de justificación el que integra la tradición de los dueños de la verdad con su gusto por la espectacularidad y su intolerancia. Si el occidental se resiste a aceptar que lo que practicado por él es imperialismo y terrorismo, la contra parte pasa a ser un luchador por la libertad en manos de otro, entonces la instauración de un tribunal no es necesaria, para juzgar rápido están -solícitamente- los mismos grupos y ONG que suplantan a los tribunales y se erigen en brújulas morales de gobiernos. De aquí que se institucionaliza la denuncia rápida y de escasez probatoria: y si el autor material es occidental, el acto es constitutivo de delito. Si por el contrario procede del Tercer Mundo, el delito es una graciosa muestra de folklore popular proveniente de una cultura a la que es necesario mantener virgen en aras de la diversidad. Con la consiguiente reivindicación de los desposeídos por su idealismo, desaparece por completo el ideal del Estado de Derecho: los derechos de algunos son más iguales que los derechos de los otros. Sólo así es comprensible entender, por ejemplo, que practicantes de racismo ocupen los principales cargos de organizaciones presuntamente antirracistas, que países que ejercen la violencia contra la mujer brillen por su ausencia en los informes sobre violencia doméstica, o que la defensa de los derechos humanos acabe por ejemplo en las fronteras de Europa.
El problema es que el proceso no se limita a aquellos estados que eligen estos derroteros, sino al principio mismo que los anima. ¿Es posible entender, practicar o defender los derechos humanos, si el primer postulado expresado por nuestras acciones es que no son universales? El poder moral que se adjudicaban a los principios inamovibles antaño, hoy se erosiona y desaparece, y esta es la consecuencia más terrible y lamentable de las políticas de muchos gobiernos occidentales: el reduccionismo y la relativización de sus pilares fundamentales acompañado del refuerzo y el apoyo a todo lo que es diferente a ellos.
Por George Chaya*
*Professor George Chaya is a Senior Advisor on Middle Eastern affairs in National Security and expert in OSINT based in Washington DC, USA.


















