Política

Por qué los Veinticinco le temen al “no” de Francia

“No hay plan B”, pudiera ser la frase más trillada en la jerga de Bruselas, utilizada cada vez que cualquier esquema de la Unión Europea tropieza con problemas.

Ninos Malek
Pero cuando se trata de la creciente posibilidad de que los votantes franceses
rechacen el nuevo tratado constitucional de la UE en el referendo previsto para
el 29 de mayo, parece certera: no hay plan B, o al menos ninguno que tenga mucho
sentido.

Desde un principio estaba claro que conseguir la aprobación de
la Constitución sería una tarea ardua. Debe ser ratificada por los 25 países de
la UE antes de que pueda entrar en vigencia. Pero todos los planes B hasta ahora
han anticipado el rechazo por parte de un país pequeño, Dinamarca, o uno medio
alejado, como Reino Unido. Pero un non francés sería distinto. Francia fue de
los seis países que pusieron en marcha proyecto europeo en la década de los
cincuenta. Se considera que Robert Schuman y Jean Monet, dos franceses, son los
“fundadores” de la unidad europea; que Jacques Delors, también francés, fue el
mejor presidente que ha tenido la Comisión Europea hasta ahora; y que otro galo,
Valery Giscard d´Estaing, presidió convención que redactó primera versión de la
Constitución.

Además, los franceses, al contrario que los británicos (o
los daneses), han adoptado la moneda única, el euro. Pese a todo esto, una serie
de sondeos de opinión sugieren que la campaña por el “no” está bien avanzada en
Francia. La intervención del presidente Jacques Chirac en el debate el 14 de
abril, en una discusión televisada con jóvenes, resultó contraproducente, toda
vez que el “no” ganó terreno después de la misma. Un rechazo francés también
pudiera provocar la victoria del “no” en el referendo que realizarán los
holandeses apenas tres días después. Semejante doble revés no sólo golpearía a
quienes creen en una “unión cada vez más estrecha”. También plantearía varios
grandes problemas prácticos.

Ante estas dificultades, la línea de
Bruselas se podría resumir en mantener la calma y permanecer juntos. La UE puede
seguir funcionando sobre la base de sus actuales normas, establecidas en el
tratado de Niza y sus predecesores. Algunos pudieran abogar por que se siga
adelante con la ratificación de la Constitución (seis países de la UE ya la
aprobaron), con la esperanza de que el documento se pueda salvar de alguna
forma. En el pasado, a los países que rechazaban un tratado se les ofrecían
algunas concesiones y se les convencía de que votaran de nuevo. Pero Francia es
demasiado grande, y las objeciones de París a la Constitución demasiado extensas
para ser tratadas de esta forma. En todo caso, si los franceses no pudieron
obtener la Carta Magna que deseaban en una convención que tuvo lugar antes de la
expansión de la UE, y que fue presidida por un ex mandatario galo, es difícil
vislumbrar cómo pudieran conseguir una mejor ahora.

Si se aceptara la
derrota de la Constitución, la atención podría dirigirse a varias ingeniosas
soluciones técnicas. Muchas de las disposiciones de la Constitución, tales como
un nuevo servicio diplomático de la UE, podrían eliminarse del documento y
adoptarse mediante un simple acuerdo entre jefes de Estado. Los cambios en el
sistema de votación de la UE o el abandono de los vetos nacionales a varias
políticas de la Unión, que claramente requieren modificaciones en los tratados
actuales, podrían incluirse en un documento recortado (de una sola página, dice
un optimista de Bruselas) y presentado a los parlamentos nacionales, sin
necesidad de referendos.

Legalmente, todo esto pudiera ser posible. Pero
no tomaría en cuenta la nueva e impredecible atmósfera política que seguramente
prevalecería después de un “no” francés. Harta de las consecuencias económicas y
políticas de la expansión de la UE, Francia podría sentirse tentada a presionar
a favor de una reorganización radical de la UE alrededor de los seis miembros
originales. Además, los alemanes, socios indispensables de Francia, podrían
sentirse poco inclinados a seguirlo. En lugar de ello, Francia podría recaer en
un obstruccionismo de largo plazo que haría lucir a Reino Unido como un país
europeo modelo. También podría surgir una reacción contra nuevas expansiones de
la UE. Los planes de conversaciones sobre el ingreso de Turquía, programadas
para octubre, pudieran quedar en suspenso. Incluso Bulgaria y Rumania, naciones
con las cuales la UE firmó acuerdos sobre su ingreso en 2007, pudieran ser
víctimas: su entrada aún debe ser ratificada por París.

La otra gran
pesadilla francesa durante la campaña del referendo ha sido el hecho de que el
ultraliberalismo haya sido impulsado en Bruselas. Cualquier cosa que parezca más
liberalización seguramente enfrentará una férrea oposición francesa. Las
negociaciones en torno al presupuesto de la UE también serán arduas, toda vez
que París está decidido tanto a conservar los subsidios a la agricultura como a
desechar la reducción de la contribución británica al presupuesto de la Unión.


El proyecto a pique

En Bruselas, los pesimistas hablan de un
período de estancamiento después de un “no” francés. Pero hay una posibilidad
más tenebrosa: la UE podría comenzar a desmembrarse. Los gobiernos nacionales,
muchos de los cuales atraviesan dificultades económicas, podrían verse tentados
a aprovechar la falta de popularidad de la UE y hacer caso omiso de los edictos
de Bruselas que no les convengan. Alemania y Francia han violado constantemente
las normas sobre déficits presupuestarios: los déficits en Grecia, Italia y
Portugal se están incrementando. Este aflojamiento de la disciplina de la UE en
torno al euro podría propagarse.

Quienes creen en el proyecto europeo
pudieran lamentar esta tendencia, pero quizás sólo puedan culparse a ellos
mismos. Los euroescépticos han pronosticado desde hace largo tiempo que una
mayor integración, junto a un débil respaldo popular, generaría una reacción
negativa. Y no son sólo los euroescépticos. Frits Bolkestein, entonces comisario
europeo, comentó que sería una empresa arriesgada trabajar a favor de una Europa
federal. Quizás los franceses han debido escuchar a Bolkestein, después de todo.


Traducción: José Peralta

Fuente:
El Universal – Venezuela

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