“El problema con la mayoría de los estudios que se han realizado es que examinan los cambios dentro de una única ciudad o municipio a lo largo del tiempo, en lugar de los cambios relativos en los ingresos a través del tiempo en las áreas libres de fumadores y para fumadores. Cualquier efecto de crecimiento lento en las prohibiciones de fumar, en otras palabras, puede ser ocultado por una tendencia al alza mayor en los beneficios de la hospitalidad.”
Políticas Públicas
¿Prohibir o no prohibir?. Esa, desafortunadamente, es la única cuestión que los abstemios del tabaco parecen querer afrontar al desenmascararse ante los opositores de una propuesta para prohibir el tabaco en los bares y restaurantes de Washington, D.C.
Una audiencia celebrada hoy acerca de la prohibición propuesta debería servir de conmovedor escenario, pero la aprobación de la prohibición es esencialmente fait accompli. Eso debería entristecer a cualquiera — fumador o no fumador — que valore la libertad de los propietarios [de bares y restaurantes] para definir qué tipo de entorno quieren proporcionar a sus clientes. Pero así de desafortunada es la oportunidad perdida de un compromiso que habría satisfecho a todos menos a los más puritanos, al tiempo que dejaría un asiento libre en el bar para los que valoran la elección y la variedad de la vida nocturna urbana.
La concejala Carol Schwartz (R-bastante), [que se cuenta] entre los opositores más sonoros de la prohibición, ha presentado una propuesta de ley del compromiso que intentaría alterar el equilibrio de establecimientos para fumadores y no fumadores imponiendo requisitos de ventilación y licencias más caras para los bares de fumadores, al tiempo que proporcionaría incentivos fiscales temporales para los negocios que eligieran ser completamente no fumadores. Ésta es una propuesta eminentemente diplomática y razonable, que sorprendentemente ha logrado poco apoyo. Para entender el motivo, es necesario diseccionar las tres fuentes principales de apoyo a la prohibición del tabaco:
Los pendones: Estos son los verdaderos fundamentalistas, los que preferirían ver encender cigarrillos solamente en hogueras de la DEA. La salud, para ellos, es obviamente el bien más importante en la vida, y así, la elección de fumar es eo ipso prueba de irracionalidad que necesita su corrección solícita. Creen que no se debe fumar en bares y restaurantes, en gran medida porque creen que no se debe fumar. El parangón antitabaco, Stanton Glantz, ha explicado que “aunque los esfuerzos del movimiento de no fumadores se concentran en proteger al no fumador en lugar de animar al fumador a dejar su hábito, la legislación de ambiente limpio reduce el tabaco, porque socava la red social de apoyo al fumador definiendo implícitamente fumar como un acto antisocial”.
El pueblo: La mayor parte del apoyo a la prohibición no viene de beatos radicales del altar de la salud, sino de ciudadanos ordinarios que simplemente prefieren entornos sin tabaco — quizá por motivos de salud, quizá simplemente porque no les gustaba tener que lavar en seco sus camisetas tras una noche en marcha. Ya son, por supuesto, libres para ir a centenares de bares y restaurantes libres de tabaco en [Washington] D.C., así como [libres de ir a] lugares Saint-Ex, que está libre de tabaco hasta altas horas de la madrugada, o a Wonderland Ballroom, que dispone de un bar de fumadores al bajar las escaleras y un bar bien ventilado para no fumadores y pista de baile arriba. Pero puesto que muchos lugares deseables aún permiten fumar, una prohibición es un modo al alcance de la mano de que estos colegas expandan sus opciones de juerga.
Los amigos del trabajador: Desafortunadamente para los que proponen la prohibición, nada de lo de arriba parece justificación pública particular para dirigir a los dueños de los negocios. Para mortificación de los parangones, el tabaco es aún un producto legal, y la mayoría de la gente aún parte de la pintoresca opinión de que se debe permitir que los adultos tomen decisiones absurdas o insanas. Como corolario, la simple solución de aquellos a los que no les importan los bares con humo (o los bares ruidosos, o los restaurantes que sirven comida que no les gusta) ha sido: bien, entonces, no vayas. Así que mientras los dos grupos anteriores continúan siendo la fuerza motriz tras una prohibición, el debate público se ha centrado en el presunto derecho de camareros y empleados de barra a trabajar en un entorno libre de humo. (Aunque los propios camareros — muchos de ellos fumadores — son una porción inefablemente pequeña del coro pro-prohibición). Por qué elegir aceptar cualquier riesgo de conlleve encontrarse entre humo de segunda mano es inherentemente distinto de aceptar cualquier otra característica poco atractiva de un empleo — horarios hasta altas horas, viajes frecuentes, los riesgos físicos, la construcción, el estrés mental y emocional o el simple aburrimiento — no es obvio. Pero para mejor o peor, parecemos haber decidido colectivamente que los empleados no deberían hacer algunas elecciones — lo que en la práctica significa “no deben poder hacer”. Y los parangones dicen que nadie debería inhalar humo para tener una carrera en la barra.
Existe todo un vertiginoso arsenal de modos de satisfacer a los dos últimos grupos. Están propuestas como la de Schwartz, que proporcionaría una zanahoria a los establecimientos de no fumadores y un palo para aquellos en los que uno aún puede encenderse [un cigarrillo]. Las ciudades o los municipios podrían extender licencias de fumador, relacionadas con las licencias de alcohol, estableciendo un límite al número de permisos concedidos a lugares en los que se permite fumar, o simplemente unir tales permisos a las licencias [para servir] alcohol. Y, por supuesto, hay soluciones como las resueltas por Saint Ex y Wonderland, así como tecnologías de ventilación que presumiblemente se harán más sofisticadas con el tiempo.
Todo lo cual, por supuesto, es profundamente consternador para los pendones. Suponga, como parece plausible, que el mercado ha sido lento a la hora de responder a la creciente preferencia de los consumidores por lugares libres de tabaco. En pocos años, paquetes de incentivos como el de Schwartz probablemente producirán un nuevo equilibrio que refleje más esas preferencias, quizá algo más cerca de un equilibrio de bares de fumadores y no fumadores. El pueblo, con abundantes opciones para no fumadores a elegir, probablemente sentiría poca urgencia en eliminar las opciones de sus contrapartes fumadoras.
Y el argumento de que los camareros o los de la barra que continúen trabajando en establecimientos para fumadores serían de alguna manera víctimas de coacción parece hasta más inverosímil. De hecho, si allí resultara no haber gran diferencia en los salarios pagados en bares de fumadores y no fumadores, [ello] podría dar base a la noción de que a la mayoría de los trabajadores en este frente le era indiferente. En pocas palabras, las soluciones exitosas de compromiso minarían el apoyo público a mayores regulaciones, mientras preservarían aún la capacidad de los malditos fumadores irracionales de complacer sus hábitos sin acabar en la calle como parias.
Hay otro problema potencial para los pendones con tal solución mixta. Las niñeras del tabaco han logrado convencer a gran parte del público de que las prohibiciones de fumar no tienen efectos negativos en la caja de bares o restaurantes: los propietarios que permiten fumar, afirman, actúan según algún tipo de costumbrismo irracional, negando su propio interés económico. Después de todo, si ascienden los ingresos totales de la caja cuando fumar está completamente prohibido, ¿no disfrutarían los voluntarios de aún mayores ingresos, atrayendo a los consumidores contrarios al humo?.
El problema con la mayoría de los estudios que se han realizado es que examinan los cambios dentro de una única ciudad o municipio a lo largo del tiempo, en lugar de los cambios relativos en los ingresos a través del tiempo en las áreas libres de fumadores y para fumadores. Cualquier efecto de crecimiento lento en las prohibiciones de fumar, en otras palabras, puede ser ocultado por una tendencia al alza mayor en los beneficios de la hospitalidad. Un régimen verdaderamente mixto permitiría un examen más directo de lo que prefieren los consumidores. Y, además, a propósito de la premisa altamente plausible de que al menos algunos gerentes de bar prefieran cierta posibilidad de fumar — y permanecerán más en el café o el bar cuando se les conceda la oportunidad — las ciudades de régimen mixto deberían ver una industria floreciente de restaurantes y vida nocturna [mayor] que la de aquellos que optan por prohibiciones totales. Las ciudades que hayan pasado a ser completamente tobaccorein se lo pensarían dos veces antes de, ¡horror!, dejar entrar algo de humo.
Hay un amplio abanico de opciones políticas que permitirían a fumadores y no fumadores, gerentes y empleados, estar satisfechos por igual. Un consejo cuidadoso de la ciudad preservaría la libertad de elección de gerentes y propietarios, al tiempo que animaría la expansión de los lugares que acomodan a empleados de barra y juerguistas con mayor aversión al humo. Desafortunadamente, en D.C., los legisladores han dejado que los pendones les echen humo a los ojos.
Fuente: Revista Reason