Detectar y cribar los tópicos sociales vigentes es una encomiable labor de higiene intelectual. Todos estamos expuestos a justificar nuestra acción u omisión por lugares comunes que resultan reconfortantes, y es sano que los pongamos a prueba.
Autor: AURELIO ARTETA
Ariel.
Barcelona (212) 237 págs.
16,90 €.
Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco, ha dedicado buena parte de su labor a ensayos éticos a contra corriente, bien sea para reivindicar virtudes bajo sospecha, como la compasión o la admiración moral, o para denunciar la complicidad por indiferencia ante el mal (Mal consentido). Este nuevo libro muestra otra vez su independencia intelectual, mediante la disección de medio centenar de tópicos, que suelen ser “hijos de la pereza intelectual y hermanos del prejuicio”.
Cada tópico se sintetiza en una frase banal de esas que salen tan a menudo en la conversación –“Eres un moralista”, “Seamos tolerantes”, “No debemos juzgar a nadie”…–, fórmula que es sometida a una confrontación crítica en tres o cuatro páginas, para desvelar sus implicaciones y sinsentidos.
Los “tontos tópicos” son de aquellos que influyen en la conducta práctica, y se distribuyen en dos secciones. La primera está formada por tópicos de naturaleza moral, que con frecuencia son el expediente para escurrir el bulto y no elevar el listón ético (“Sé tú mismo”, “Eso es muy relativo”, “Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero”, “Cambiar de imagen”… ). En la segunda se agrupan tópicos de naturaleza política, que degradan la convivencia (“Todas las opiniones son respetables”, “Al enemigo, ni agua”, “Somos mayoría, y punto”…).
Arteta advierte que los tópicos se detectan tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, igual en políticos de profesión que en el ciudadano de a pie. Pero, como el tópico delata las creencias dominantes en la sociedad, no es extraño que estén más representados los lugares comunes del pensamiento que hoy se tiene por progresista (o, más bien, de la falta de pensamiento).
También se advierte en algunos casos que Arteta tiende a asimilar el pensamiento religioso con lo contrario a la razón. Desde luego, no parece muy bien informado cuando cita la Centesimus annus de Juan Pablo II para asegurar que la Iglesia católica pretende que “la democracia deje paso franco a la teocracia” (!). Pero, en fin, nadie suele ser buen juez de sus propios prejuicios, y los tópicos ilustrados pueden ser a veces tan tontos como cualquier otro. En todo caso, se encuentra en Arteta una valiosa incitación a buscar la excelencia ética personal y la mejora de la vida democrática, aunque haya que pagar un precio por salirse del coro.
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