Política

Volvamos a la República de Ecuador

“La genialidad de pensadores como Montesquieu y Locke fue precisamente en idear formas de gobierno que tengan un límite y no puedan atropellar al ciudadano, a la vez que le otorguen igualdad ante la ley y respeto de su vida y propiedad”.

Opinión: Juan Fernando Carpio
Hace unos días, en la televisión, el analista social Fernando Bustamante nos
preguntaba a los ecuatorianos: ¿cuál es el objetivo o destino de esta y otras
manifestaciones masivas? ¿qué clase de país queremos?

En realidad
nuestro país está compuesto de muchos grupos, con ideas y pedidos muy
contradictorios.La imposición de los intereses de alguno de esos grupos a todos
los demás, resultaría una tragedia para los otros. Sin embargo el sistema social
que actualmente vivimos permite y alienta precisamente eso.

Para tomar
las palabras exactas del analista, lo que sobra en los asuntos públicos es
carroña, y eso va a seguir atrayendo nuevos y viejos buitres, cambiando cada
cierto tiempo solamente sus rostros. Tenemos actualmente entonces un sistema
conflictivo, con periodos sutiles y períodos bruscos.Pero no todo está perdido,
ni hemos estado siempre así. Antes del crecimiento arrollador del Estado (con
grandes poderes y recursos en manos rotativas, es decir, la carroña) en los
1970´s, el Ecuador gozó durante un corto período de lo que ahora conocemos como
Estado de Derecho. Lo publico era público y lo privado era lo privado.


Cada esfera estaba mucho más delineada, y por tanto los grupos de
interés privados no podían ni necesitaban comprarse prebendas y reglas de parte
de funcionarios de turno para ejercer sus actividades; ni los funcionarios y
políticos podían vivir del coqueteo y de generar trabas para vender luego
facilidades a los productores.Esa separación, de lo público a lo público y lo
privado a lo privado, se llama precisamente República.

La genialidad de
pensadores como Montesquieu y Locke fue precisamente en idear formas de gobierno
que tengan un límite y no puedan atropellar al ciudadano, a la vez que le
otorguen igualdad ante la ley y respeto de su vida y propiedad.Cuando el
gobierno tiene su accionar claramente delimitado en funciones e imposibilitado
de utilizarse para atropellar proyectos individuales de vida en lo cultural y
productivo, estamos hablando con precisión de una República.

Como dijo la
filósofa rusa Ayn Rand: “El gobierno se crea para proteger a los hombres de los
criminales, y la constitución se crea para proteger a los hombres, del
gobierno”.Si le damos carta blanca al poder, y confiamos en que ojalá “caiga” en
buenas manos por obra y gracia de una elección, será una quimera el respeto a
los derechos individuales y tener seguridad, seriedad e imparcialidad de parte
de nuestro sistema institucional y jurídico.No tenemos aquí un problema de
gobernabilidad.

Ningún pueblo que quiera ser libre, próspero y culto ha
sido “gobernado” en el sentido paternalista que le damos a la expresión. Nuestro
problema es de demasiado gobierno, corrompiendo sus funciones legítimas por
involucrarse en todo.Es el exceso de reglas, la invasión de la esfera pública a
la privada y viceversa, y también los cambios repentinos que no permiten planear
y producir pensando en el largo plazo y dejando la riqueza en el propio
territorio.

No necesitamos que nos gobiernen, si no que existan sanas
funciones de gobierno –que no es lo mismo- con un marco de reglas muy generales
y claras, poco fáciles de cambiar y manipular, y basar nuestra vida social en la
comunidad, la empresa, la familia y otras organizaciones voluntarias que no
decaen cada vez que hay cambios o rupturas en lo público.Si lo público invade lo
privado (en vez de simplemente rodearle de garantías y normas mínimas) nos
estaremos exponiendo siempre a la pérdida de nuestras libertades e integridad
personal inclusive.

Además, estamos generando formas sutiles y frontales
de corrupción, incentivos para ésta y para colmo esperando que lleguen mejores
personas para que saneen periódicamente lo que estructuralmente nos corrompe.Si
seguimos queriendo utilizar la política como medio para impulsar o moldear la
producción, el arte, la cultura, la educación y otros aspectos clave para la
vida humana, vamos a seguir obteniendo lo que hemos venido obteniendo. Es decir,
hacer del poder (y el potencial atropello) y no de los tratos libres entre los
hombres, la forma de relacionarnos con nuestros compatriotas.

Busquemos
formas institucionales, jurídicas y sobre todo de mentalidad, que nos permitan
devolverle sus sanas y necesarias funciones al gobierno, y retirarle de donde
sólo ha causado daño, retraso y conflictos entre grupos y personas. Es hora de
volver a la República del Ecuador.

Fuente: El
Comercio (Ecuador)

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