El gobierno español ha dado muestras de antibelicismo retirándose de Irak e interrumpiendo una transferencia de anticuados aviones de combate a Colombia, pero ha aprobado la venta de corbetas artilladas a Hugo Chávez y reanudado vínculos con Castro.
La primera consecuencia de la política exterior de Rodríguez Zapatero fue
enfriar sus relaciones con Washington. No sólo por el apresurado retiro de las
tropas españolas de Irak, y por la pública convocatoria a otras naciones a que
siguieran su ejemplo, o por el gesto infantil de mantenerse sentado en un
desfile, cuando pasaba la bandera de Estados Unidos, como para subrayar un
antiamericanismo primario, de camiseta del Che.
Había algo detrás de
esas posturas aún más inquietante: ni siquiera existía una convicción política
radical. José Luis Rodríguez Zapatero era sólo un peligroso demagogo.
Los colombianos no tardaron en llegar a la misma conclusión. Poco antes
de la salida del poder de José María Aznar, su gobierno decidió cederle al de
Alvaro Uribe seis viejos aviones Mirage y unos cuantos vehículos blindados. La
España de Aznar quería ayudar a Colombia a derrotar a las narcoguerrillas
comunistas y a los paramilitares, y esas armas podían ser de alguna utilidad.
Pero tan pronto como Rodríguez Zapatero llegó al poder canceló la entrega de los
equipos.
El argumento utilizado fue conmovedoramente angelical: esas
eran máquinas para matar y lo que Colombia necesitaba era paz y armonía. Sin
embargo, mientras Rodríguez Zapatero, frente a Colombia, que se desangra en una
batalla terrible de cuatro décadas, librada contra los peores criminales del
planeta, adopta esa dulce actitud gandhiana de hagamos el amor y no la guerra,
simultáneamente le vende a la belicosa Venezuela de Hugo Chávez varias corbetas
fuertemente artilladas que serán fabricadas en astilleros gallegos.
Esa
remozada marina venezolana, junto al medio centenar de Mig-29 adquiridos en
Rusia, sólo pueden tener un destino: un hipotético enfrentamiento con Colombia
provocado por la vocación imperial de Chávez. Mas ahora son los propios europeos
los que comienzan a observar con gran preocupación la política exterior de
Rodríguez Zapatero. Primero, Polonia no entendió por qué España, presionada por
Chirac y por Schroëder, cedió voluntariamente peso político dentro de la Unión
Europea, concedido por el Tratado de Niza, en un tema en el que las dos
naciones, que tienen un parecido número de habitantes -en torno a cuarenta
millones- podían haber resistido exitosamente.
Entrega servil
Pero a ese episodio, entendido en
las cancillerías europeas como una especie de entrega servil de la España actual
a Francia, los veinticinco países ahora agregan otra inexplicable conducta
diplomática: la feroz campaña desatada por la diplomacia zapatera para conseguir
que la UE disminuyera la presión moral y política sobre la dictadura cubana,
especialmente ejercida desde junio de 2003 como consecuencia del apresamiento
injusto de setenta y cinco demócratas de la oposición que intentaban
pacificamente difundir sus puntos de vista.
Lo que alarmó a las
cancillerías de la UE fue la verdadera secuencia de los hechos: cuando Rodríguez
Zapatero, inesperadamente, gana las elecciones en la primavera (boreal) del
2004, apresuradamente los diplomáticos cubanos se acercan a personas de
confianza del nuevo gobierno español y les piden que los ayuden a eliminar unas
sanciones que, aunque simbólicas, estaban resquebrajando la moral de la cúpula
de poder.
Rodríguez Zapatero accede, y su flamante canciller, Miguel
Angel Moratinos -a quien sus adversarios llaman “Desatinos”-, se embarca en una
campaña intensa destinada a favorecer a Fidel Castro, aunque ese innoble
objetivo se enmascara en la supuesta ineficacia de las sanciones, cuando sucedía
exactamente lo contrario.
Afortunadamente, la vigorosa oposición de la
diplomacia checa consiguió debilitar la proposición española hasta hacerla
prácticamente inofensiva y se mantendrá una suerte de respaldo a los disidentes
de la oposición.
No obstante, la sensación que quedó en los medios
políticos europeos era que la España de Rodríguez Zapatero, pese a la calidad de
sus diplomáticos -que no están nada felices con las órdenes que reciben de
Madrid-, no era un país confiable en el terreno de los principios, y ni siquiera
coherente en la definición de sus objetivos.
Ser antiamericano y
antiguerrerista en Irak, pero prochavista y guerrerista en América latina, era
inconcebible. Empeñarse en sacarles las castañas del fuego a Castro, tras casi
medio siglo de dictadura, era imperdonable.
Fuente: Firmas Press
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR