Política

La canción del peronismo

Jorge Asís
Podía haberse tratado del ingreso solemnemente triunfal, del fatigado General Perón, al refinamiento de un merecido mausoleo.

Sin embargo el General debió asistir, apretujadamente embanderado, movilizado en cureña, a la prematura sepultura del peronismo.

En la superabundancia de sus sentencias geniales, y a propósito del tembladeral de grotescos palos y piedras, pueden rescatarse dos.

“Sólo la organización vence al tiempo”.

En la quinta legendaria de San Vicente pudo percibirse, 32 años después, que el tiempo venció, por goleada, a la organización.
El movimiento ni siquiera pudo convertirse en partido. Derivó en un conjunto de franquicias desestructuradas.

Sólo puede conducirlo, con solvencia, la doctora Servini de Cubría. Como indica el Jefe, don Asís. Para colmo, la doctora, una auténtica conductora para verticalizarse, no fue invitada. Para testimoniar acerca del desastre que hacían sus conducidos. Ahí abajo, por ejemplo mientras hablaba Moyano.
O en la puerta de la quinta, a los tiros.

Otra frase, prioritariamente principal:

“Mi único heredero es el pueblo”.

Trátase de la sentencia donde Perón lanza el máximo vaticinio:

Porque no dejaba ningún heredero.

Tenía razón en desconfiar de los dirigidos. Referentes que no pueden, siquiera, sacarse una fotografía juntos, por celular.
El único proyecto colectivo que podían animarse a encarar los autodenominados herederos, tanto los bonaerenses como los sindicales, consistió en construirle un merecido Memorial.

Estuvieron en condiciones de hacerlo. Luce, el General, en el distante San Vicente de la compañera Brígida, infinitamente mejor que en la bóveda de la cercana Chacarita.
No obstante, la imposibilidad de construcción de liderazgo político los lleva, a los dirigentes, a exhibir legitimidad aferrándose, al menos, a alguna de las manijas del ataúd de la Cochería Paraná.

Tanto hacer triste política de caja deja frutos. Para terminar con disputas inútiles de protagonismo, a través de la ubicación litigiosamente privilegiada de alguna bandera.

No entendieron nada. Ni siquiera entendieron, pobres, a Perón.
En su sepultura institucional, el peronismo se obstina en mostrar que mantiene la pesadez de sus incorregibles características borgeanas.
Conste que continúan, por choripanerismo básico, las mismas diferencias estructurales.

Aquellas que estuvieron violentamente emblematizadas, en Ezeiza.
San Vicente fue entonces como Ezeiza. Pero en versión berreta.

Escribió Raúl González Tuñón:

“Todo cabe en la caja”/
“Todo, menos la canción”.

En el peronismo sucede al contrario del poema de Tuñón.

Sólo queda, en la caja del peronismo, la contundente emotividad de la canción.
Porque el peronismo hoy es una convención conjetural.

Es un estado rebelde del espíritu. Y para explotarlo al jefe, don Asís:

“El peronismo mantiene el encanto de la inexistencia”.

Es curioso. Cuanto menos existencia registra, el peronismo se queda con mayores espacios de poder. Con sus franquicias, se dijo, desestructuradas.

En algún momento, acaso ahora, por los episodios de San Vicente, notables dirigentes deben sentir una inocultable vergüenza.

Por ejemplo los compañeros Marín, Romero, Puerta, Maya, Vernet, Gianatasio, Eduardo Menem.

Compañeros como Ritondo, Albanese, Baduán, Carlino, Gabella, Romano. Seguramente deben tener ganas, incluso, de llorar.

No debe bastarles con autoflagelarse e insultar a los cretinos. Con la impotencia de participar, desde la televisión, en la ceremonia grotesca de la sepultura.

El General, en el fondo, merecía este encuentro “con su pueblo”. Así lo definía, con optimismo desbordante, el entrañable amigo Antonio Cafiero.

Un homenaje, en definitiva, a la coherencia.
A la carencia absoluta de herederos. A la imposibilidad de una organización elemental que los transforma en “Servini dependientes”.

Quienes más lucidez demostraron, con la catástrofe fundacional del mausoleo, fueron, al fin y al cabo, el eterno Hugo del Carril, por la canción del peronismo.
Y Alfredo Péculo, por ser el gran campeón, indiscutido, de los velorios.
Aunque, desde el punto de vista mortuorio, la ceremonia sólo pudo exaltar los beneficios involuntarios de la cremación.

El General merecía, con seguridad, esta sepultura suntuosa, en una localidad tan a trasmano.

Sin embargo puede confirmarse que le hubiera convenido, al General, haber sido oportunamente cremado. Para diseminar, sin gran pompa, sus cenizas, desde el balcón.
Hubiera evitado, por ejemplo, la amputación horriblemente esotérica de las manos.
Hubiera evitado, incluso, que 32 años después le sacaran “sustancia ósea”. Durante una mañana de lluvia colmada de camarógrafos. Y por cuestiones de identidad.
Hubiera evitado, en fin, lo peor. El vejamen grotesco de la mudanza mediática. La fantástica necrofilia que exhibía, en el primer plano, la declinación absoluta de su máxima creación.

Del peronismo sepultado. Del que queda, aparte de una serie de imposturas caricaturales, un mausoleo alejado. Unas franquicias desestructurados. Y una canción, para canalizar, con algarabía, la rebeldía del espíritu.

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