Una victoria demócrata sería una derrota histórica para los republicanos, que se habían acostumbrado a la noción de que el partido de George W. Bush gobernaría por mucho tiempo como la nueva fuerza mayoritaria de la nación. Las últimas encuestas sugieren que no se puede descartar un cambio el 7 de noviembre.
Arturo Valenzuela
A cuatro semanas de las elecciones legislativas, la gran pregunta que domina el debate público en Estados Unidos es si el Partido Demócrata podrá recuperar las mayorías en el Congreso que perdió en 1994 después de 40 años de ejercerlas.
Una victoria demócrata sería una derrota histórica para los republicanos, que se habían acostumbrado a la noción de que el partido de George W. Bush gobernaría por mucho tiempo como la nueva fuerza mayoritaria de la nación. Las últimas encuestas sugieren que no se puede descartar un cambio el 7 de noviembre.
El último sondeo del periódico The Washington Post y la cadena televisiva ABC muestra que por un margen de 54% a 35% los estadounidenses confían más en los demócratas que en los republicanos para resolver los grandes desafíos que enfrenta la nación.
El dato más sorprendente es que los demócratas ahora aventajan por primera vez a sus adversarios políticos como el partido más apto para conducir la guerra en Irak y el combate contra el terrorismo, además de los desafíos de política interna como ser la economía y la atención a la salud.
Claramente que el oficialismo se ve duramente afectado por el continuo deterioro en Irak, guerra que según 63% de los encuestados no valió la pena y que sigue siendo mal manejada por la Casa Blanca. De hecho los niveles de aprobación de la gestión presidencial siguen por debajo de la de sus antecesores a esta altura de su presidencia.
Al no poder hacer uso del terrorismo como bandera de campaña y para contrarrestar las noticias negativas provenientes de Irak y la mala imagen del presidente, el liderazgo republicano quiso distraer al electorado buscando una carta xenófoba.
Es así como, en la sesión legislativa que terminó en septiembre, la Cámara de Representantes en vez de aprobar importantes medidas presupuestarias se abocó de lleno a resucitar una larga lista de medidas para proteger al país del supuesto flagelo de los inmigrantes indocumentados. Entre ellas aprobaron un proyecto de ley para convertir a las autoridades policiales locales en agentes federales con facultades para arrestar y deportar a los indocumentados y otras destinadas a construir muros de contención para salvar al país de la supuesta horda de mexicanos que cruzan la frontera sur.
El presidente Bush, por su parte, en vez de insistir en que no firmaría ninguna ley que no tuviera elementos tendientes a reformar el sistema migratorio en forma responsable e integral, posición que ha articulado en numerosas ocasiones, dio a entender que estaba satisfecho con las nuevas medidas. Es así como con bombos y platillos firmó en el estado fronterizo de Arizona (difícilmente considerado estado de alta vulnerabilidad frente al terrorismo) la ley que financia con 34.8 mil millones de dólares al Departamento de Seguridad Nacional del país, ley que a su vez autoriza el gasto inicial de 1.2 mil millones de dólares para la construcción de un muro fronterizo, barreras, luces y cámaras infrarojas destinados a detener el flujo migratorio.
Con su pluma, George W. Bush dejó en el basural de la historia el compromiso que había contraído con Vicente Fox de buscar una solución integral al tema migratorio como elemento clave de la relación bilateral. Pero la carta xenófoba no le ha servido de mucho a la mayoría republicana.
Muchas de las medidas migratorias se quedaron sin aprobación final por resistencia en el Senado, al tiempo que una mayoría considerable de 49% a 36% de la ciudadanía considera que es precisamente el partido opositor el que mejor conduciría la reforma migratoria.
Para su desgracia los dirigentes republicanos no tuvieron tiempo para digerir la ironía de esos resultados de opinión pública por encontrarse sobrepasados por el escándalo que provocó la renuncia de un congresista que preside la comisión que vela por el cuidado de menores al comprobarse que envió correos electrónicos de contenido sexual justamente a menores.
Un 64% de la población cree que el presidente de la Cámara trató en forma deliberada de ocultar el incidente para proteger a su partido, agravando el desprestigio de una institución golpeada por escándalos anteriores. Los demócratas, sin embargo, no pueden confiarse demasiado. Aunque solamente tienen que ganar 15 escaños en la Cámara Baja y 6 en el Senado para controlar el Congreso, menos de 50 escaños en una Cámara de 435 son verdaderamente competitivos.
Y por mucho malestar que tiene la población con el Congreso, el 60% de los encuestados dice estar satisfecho con sus propios representantes, un indicador de lo poderoso que son los factores locales en la política de la unión americana. En últimas cuentas la elección la ganará el partido con mayor capacidad de asegurar que sus militantes lleguen a las urnas y pareciera que la base demócrata está más animada que la republicana.
Lo que está claro es que si los republicanos ganan, aún por poco, se van a convencer de que el discurso xenófoba rinde dividendos, convirtiendo en menos probable aún una solución al tema migratorio y un mayor desafío para el próximo presidente de México.
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Arturo Valenzuela es Profesor Titular de Ciencias Políticas y Director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown.
Fuente: NuevaMayoría.com
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