“Los buenos principios dicen que el voto es libre. Es decir, el voto favorable al gobierno serán considerados como expresados libremente. En cuanto a los otros, y con el fin de eliminar las secretas trabas que se hubieran podido poner a la libertad de elección, serán descontados siguiendo el método preferencial, añadiendo el plus divisionario, esto es, al cociente resultante de dividir los sufragios no expresados por el tercio de los votos eliminados. Los votos opositores serían nulos.
Gabriela Pousa
Es decir, partimos del principio de que un voto negativo al gobierno no es un
voto libre. Es un voto sentimental y por ende se haya encadenado a las pasiones.
¿Está claro?” Albert Camus (Estado de Sitio).
Crónicas de todo tipo,
tamaño y color anuncian el quiebre de la coalición. El jefe de Gabinete asegura
que no hay acuerdo posible. Crisis en el recinto. El bloque del justicialismo se
parece a una de esas películas de Alfred Hitchcock donde todos sospechan de
todos pero nadie sabe quién es el asesino. Tampoco parece importarles demasiado
que la víctima sea, ni más ni menos, que el pueblo argentino
(q.e.p.d)
Ahora bien, nadie parece contemplar la posibilidad de que
semejante farsa esté guionada. ¿Por qué habría de creérsele a Eduardo Duhalde?
¿Cuándo habló con la verdad Néstor Kirchner? Ambos tienen en común una palabra
demasiado frágil. Posiblemente, tan frágil como la memoria de la gente. De lo
contrario, esta comedia no podría presentarse hoy día como la gran novedad
política. Basta remontarse a los tiempos en que estando el bonaerense a cargo de
la Presidencia, los gobernadores con excepción del santacruceño, firmaban los 14
puntos conocidos como el Acuerdo Federal otorgando oxígeno a Duhalde para sellar
una suerte de coparticipación y tranquilizar al FMI en sus requisitorias que
tampoco, parecen muy innovadoras.
Sin embargo, y pese a la férrea
oposición que Kirchner ejercía como gobernador en aquel 2002, terminó siendo el
candidato del duhaldismo… Y es que amores, odios, lealtades y traiciones son tan
efímeros como fútiles entre políticos. Difícil explicar que la sociedad no haya
aprendido todavía que las ideas han sido reemplazadas por conveniencias y el
oportunismo es quién rige acuerdos o desacuerdos en la política. Pero vayamos
por parte:
¿Por qué creerle a Eduardo Duhalde?
El jeque de Lomas
de Zamora se hizo cargo del Ejecutivo en Enero de 2002 formulando ante la
Asamblea Legislativa las siguientes 6 promesas concretas: -“Mi mandato vence el
9 de diciembre de 2003. No voy a dejar el cargo ni un día antes ni un día
después aunque haya un millón de cacerolazos” “El ejercicio de un gobierno de
transición es incompatible con la pretensión de competir o interferir en una
nueva candidatura en el año 2003”
-“Junto con las demás fuerzas
políticas, empresariales y organizaciones no gubernamentales trabajaremos en la
elaboración inmediata de un programa de salvación
nacional”
-“Terminaremos con un modelo económico agotado para sentar las
bases de un nuevo modelo capaz de recuperar la producción, el trabajo de los
argentinos y el mercado y promover una más justa distribución de la
riqueza”
– “Garantizamos que quienes hayan robado el dinero de la gente y
quienes no hayan controlado a los que robaban vayan presos. Es decir, que el que
depositó dólares recibirá dólares y el que depositó pesos, recibirá
pesos”
-“Mantendremos el programa de creación de un millón de nuevos
empleos prometido por Adolfo Rodríguez Saá”
-“Esta gestión se propone
lograr pocos objetivos básicos: reconstruir la autoridad política e
institucional, garantizar la paz, sentar las bases para el cambio del modelo
económico y social”
A saber, Eduardo Duhalde entregó los atributos de
mando el 25 de Mayo de 2003. No firmó, sin embargo, el libro de renuncias a
posibles cargos políticos que él mismo instrumentara. El fracaso del diálogo
social puso de manifiesto la disgregación que existe en la ciudadanía y entre
los diferentes factores de poder. Por otra parte, la pluralidad de opiniones no
fue tal. Las FFAA fueron dejadas de lado a la hora de convocar a un diálogo de
pacificación nacional. No ha habido “salvación” sino para unos pocos grupos
empresarios favorecidos por la devaluación. La brecha entre ricos y pobres
aumentó considerablemente durante el año 2002. Las fuentes de trabajo fueron
reemplazadas por un plan que auxiliaba con 150 pesos -pagados en Lecop- a
1.040.000 jefes y jefas de hogar. Y, finalmente, el que depositó dólares sigue
esperando… o recibió Patacones, letras del tesoro, papelitos de
colores.
¿Podemos creer en Eduardo Duhalde? La respuesta, intuyo, escapa
a todo análisis.
¿Por qué creerle a Néstor Kirchner?
En este
caso, el análisis no necesita demasiado trabajo de archivo. Y hasta es dable
admitir una mayor sinceridad por parte del santacruceño en su oratoria política.
Desde su asunción, Néstor Kirchner dejó en claro su afán por sumar consenso a
cualquier precio. En el discurso ante la Asamblea Legislativa confirmó su
aversión por los organismos crediticios internacionales, amenazó subliminalmente
al empresariado, habló de la nacionalización de la economía y lo hizo frente a
Fidel Castro y Hugo Chávez, invitados especialmente. Su llegada a la Presidencia
siguió con una fiesta popular en la Plaza de Mayo donde ya se pudo observar una
seria violación de los símbolos patrios.
A ello siguió el descabezamiento
de la cúpula castrense sin causa alguna, y la entronización de los líderes
piqueteros junto a Hebe Bonafini como “dueños” de la Casa de Gobierno. Los más
trascendentes reclamos de la sociedad hallaron al jefe de Estado en El Calafate,
vivió cada conmoción social como espectador sentado frente a un televisor.
Recreó antinomias olvidadas y se ocupó de dividir a la sociedad para poder
asirse de fuerza ante la debilidad. De algún modo, Kirchner creyó y cree que
puede hacer de la Argentina un feudo a imagen y semejanza del
santacruceño.
Claro que, pese a ello, afianzó la política económica del
duhaldismo, mantiene los fondos de su provincia afuera y paga religiosamente los
vencimientos con el organismo de crédito. La izquierda de Kirchner es en
realidad una quimera. Posiblemente, en el Primer Mandatario, tengamos el único
parámetro de la muerte de las ideologías que anunciara Fukiyama. Las ideas del
Presidente van a la derecha o a la izquierda de acuerdo a su propia
conveniencia. Kirchner no razona, reacciona. Y no es sutil la
diferencia.
En dos años de gobierno seguimos sin plan, sin reformas
estructurales y sin otro afán que consolidar el poder a cualquier precio. Lo
único que el actual Gobierno afirma querer legar a la sociedad es un “país en
serio”. Hasta la fecha, las burlas y las risas hacen eco por los cuatro puntos
cardinales del planisferio y puertas adentro, lo que se ve causa pena y miedo.
Por otra parte, Kirchner aglutinó poder a fuerza de desmantelar las
instituciones básicas de la democracia. Regresó de cada gira con mega-anuncios
sin asidero, los éxitos quedaron en discursos y al pueblo no le dio sino
anuncios y clientelismo. Hoy continúa sin proyecto, dispuesto a tranzar o dejar
de hacerlo según cierren los números llegado el momento. Chequera en mano
organiza una elección al margen del pueblo. En rigor, y aun cuando sacado de
contexto pueda tildarse de “golpismo”, hoy por hoy, es posible que a la mayor
parte de la ciudadanía no le importe un ápice el
Parlamento.
Sincerémonos: ¿Qué es lo que ha hecho, en los últimos años,
el Congreso por el pueblo? ¿Qué porcentaje de la población se siente
representada por los legisladores que ocupan bancas o los que suenan, en estos
días, como posibles candidatos a ello?
En la medida que el Poder
Ejecutivo siga estando en manos de un caudillo sin ánimo de respetar lo básico,
¡la Constitución, por ejemplo!, la elección legislativa quedará reducida a una
repartija de cargos entre operadores de negociados. Para eso quieren ubicar sus
hombres tanto el bonaerense como el santacruceño. De lado queda toda posibilidad
de votar capacidades y aptitudes en el marco del peronismo. Hay una búsqueda
frenética de figuritas con carisma que manejen la cosa a favor del “jefe” que
les dé sustento. Proyectos para una mejor calidad de vida no se enumeran en
ninguna de las disputas que mantiene el oficialismo con los restantes miembros
del justicialismo.
¿Podemos creer en Néstor Kirchner? La respuesta,
intuyo, escapa a todo análisis.
La puja Duhalde-Kirchner no puede ser
analizada como una interna política cuando no es sino una disputa por espacios
de poder tendientes a encubrir vaya a saber uno qué… La base de la democracia
está cercenada. Entramos en un juego de simulación hay que votar porque “queda
bien” y de algún modo atenúa la crítica a lo que mucho se asemeja a una tiranía.
Asimismo cabe preguntarse: ¿Cuál es el miedo de Kirchner a perder? ¿Cuál el de
Duhalde? ¿Por qué amedrentar a López Murphy o a Macri? ¿Qué espacio le queda al
pueblo en medio de todo esto? Basta con reflexionar sobre esos puntos para que
un panorama político se asemeje a una historieta de suspenso.
El paisaje
urbano que tendremos en breve los porteños será una pintura perfecta de la
brecha que existe entre la gente y la dirigencia. La Casa Rosada aparecerá
vallada. Más que un dato arquitectónico, esta separación fáctica del epicentro
del poder parece un acto fallido o un reflejo emanado del miedo.
Mientras
tanto, y hasta Octubre, el Presidente seguirá recorriendo las provincias para
asegurarse avales y, el país en punto muerto, seguirá soportando la inercia del
no-gobierno. Lo ha venido haciendo en los últimos años. ¿Qué ha cambiado? Lo
único concreto que se percibe es una fecha electoral pero a esta altura de las
circunstancias la demanda no es únicamente de elecciones, la demanda es de
soluciones y éstas no tienen miras de llegar.
Finalmente y a pesar de lo
enunciado, las respuestas no las tiene la dirigencia. Quién tiene la última
palabra en esta especie de melodrama fue y sigue siendo el pueblo… Ningún
sentido tiene quedar presos de una supuesta ruptura entre peronismos de derecha
y peronismos de izquierda. Hay un solo peronismo y ni ellos son capaces de
definirlo, el resto son antinomias lógicas, recelos y ataques de pánico, tan de
moda en este ahora, por no quedar relegados de un marco de poder que otorgue
impunidad. De otro modo, sobreviene el riesgo… ¿Están, acaso, Duhalde o
Kirchner dispuestos a correrlo?
GABRIELA POUSA (*) Analista Política.
Lic. en Comunicación Social (Universidad del Salvador) Master en Economía y
Ciencias Políticas (ESEADE.
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