A los 83 años falleció Neustadt, apreciadísimo periodista y conciencia crítica del país sudamericano
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Viernes, 30 de octubre 2026

A los 83 años falleció Neustadt, apreciadísimo periodista y conciencia crítica del país sudamericano
Renato Cristin
“No me dejen solo”, reclamaba Bernardo Neustadt en el título de uno de sus últimos libros. Hoy somos nosotros, todos aquellos que lo apreciaban y compartían sus objetivos, críticas y esperanzas, los que nos hemos quedado solos. El sábado 7 de junio, Neustadt nos ha dejado, involuntariamente y definitivamente. El más grande periodista argentino de la segunda mitad del Siglo XX ha muerto, clinicamente vencido por un infarto, pero espiritualmente asesinado por la cúpula política, por esa clase pseudodirigente que está arrastrando a Argentina hacia el punto más hondo jamás tocado desde la época del saqueo final de Perón y de la triste decadencia del período de Isabelita.
Nacido en 1925 en Rumania, donde su padre prestaba servicio como diplomático, Neustadt empezó su carrera como periodista a los 14 años de edad en el diario El Mundo. En 1964 funda la revista Todo y en 1975 la revista Creer, y en el mismo año comienza el programa televisivo Tiempo Nuevo, que por treinta años, muchos de los cuales compartidos con Mariano Grondona, ha sido el más importante forum de debate político y social de la historia periodística argentina. Entabló una amistad indisoluble con Álvaro Alsogaray, economista que por su inteligencia y cultura es equiparable a Milton Friedman y que fué el maestro de una generación entera de políticos e intelectuales liberales, una generación que habría podido cambiar el destino de Argentina y que, por algún tiempo –al principio con pequeños pasos durante la junta militar de Jorge Videla y más tarde con mayor fuerza durante la presidencia de Menem– había de hecho encauzado el país hacia ese cambio.
Neustadt escuchaba y daba resonancia a quienes trabajaban por el bien de Argentina, que actuaban con su misma abnegación desinteresada. Dialogó intensamente con Emilio Perina, pseudónimo de Moisés Kostantinovsky, consejero de Menem, empresario e intelectual, autor de La máquina de impedir, un libro de denuncia liberal de los males de la burocracia y del estatismo, que todos los ministros de los países europeos deberían tener en su biblioteca. Apoyó a René Favaloro, el cirujano cardiovascular, de origen italiano y de fama internacional, una de las personas más honestas y generosas que haya habido en Argentina, quien el 29 de julio del 2000 ejerció el suicidio, de una manera al mismo tiempo real y simbólica: pegándose un tiro al corazón –precisamente él, que realizó el primer bypass aortocoronario del mundo–, dando con ello fe de su desesperación frente a un gobierno, el de Fernando de la Rúa, que con su política económica de matriz soviética había dejado que la Fundación Favaloro quedase sepultada bajo una deuda de 75 millones de dólares que el mismo Estado había ido contrayendo con ella. En una carta a De la Rúa escrita pocos días antes, Favaloro expresaba toda su consternación por haber llegado a “sentirse un mendigo en su propio país” y argumentaba que Argentina tenìa necesidad de su muerte para tomar conciencia de la gravedad de la situación.
Neustadt vivía “la Argentina como sentimiento”, para citar el título de un excelente libro del filósofo Víctor Massuh, que con su reflexión ha mostrado el sentido de la tradición y el valor del honor en la época del engaño multiculturalista y de la irresponsabilidad postmodernista. Gracias a su patriotismo, que en ningún momento degeneró en nacionalismo, Neustadt se había transformado en testimonio iluminado y conciencia crítica de su país.
Sus denuncias jamás han sido estériles ni superficiales. Cada una de ellas lograba marcar la opinión pública de su tiempo, y justamente por eso era temido y atacado, porque hablaba claro y decía la verdad. Por eso fué tan querido por los argentinos honestos, más querido que cualquier hombre político y como sólo pudieron serlo su amigo Astor Piazzolla o como Borges. La gente lo escuchaba y lo seguía, porque su única finalidad era el bien del país, sin concesiones y sin equívocos. Por eso el poder político ha querido obligarlo al silencio, luego de que con su crítica había embestido al vértice: “como algunos gobiernos militares, los Kirchner vinieron para apagar un incendio y se quedaron a decorar la casa”.
Y ahora que el desastre es irreparable, ahora que los argentinos quisieran poder echarlos (“estoy convencido –escribió pocas horas antes de morir– que la mayoría no los puede ver”), “el Matrimonio” busca una salida: “se quieren fugar –dijo Neustadt–, de esto también estoy seguro. Argumentarán que la oligarquía no los deja gobernar, que querían trabajar para los pobres, y se van con plata de los argentinos que les alcanzará para vivir diez vidas. En Munich o en Madrid. La tierra argentina ya no es para ellos”.
De hace pocas semanas es su denuncia más incandescente: los gobiernos de los Kirchner “son legítimos por la elección, e ilegítimos por la conducta”, y frente a un gobierno que actúa de manera ilegítima, y que, por consiguiente, ha suspendido la democracia, es posible invocar el estado de excepción, como enseñan no solamente Carl Schmitt y Julien Freund sino también Bobbio y Sartori, que Neustadt cita explícitamente. “No queremos guerras civiles. Mucho menos, sangre” –escribía en uno de sus últimos artículos– pero frente a la “Dictadura Civil” instaurada por “los dos presidentes” hay que tener la valentía de hacer algo, porque la clase media, los empresarios, la gente del campo y hoy también los obreros así lo piden.
Neustadt traza, entre Cristina Kirchner e Isabelita Perón, una analogía que se funda en las afinidades entre ambas pero tambièn en dos episodios que se refieren a él mismo. En enero de 1976 la Presidente y su gobierno prohibieron el programa Tiempo Nuevo, Neustadt sufrió un atentado (una bomba en su quinta de La Lucila) y fué constreñido al silencio, pero pronunció una frase profética: “ella cree que mata y yo creo que se suicida”. Dos meses después, efectivamente, la inepta segunda mujer de Perón fué sustituida por intervención militar. En el 2006 los ambientes presidenciales hicieron tierra quemada alrededor de Neustadt (“me amenazaron, no pude hacer más tele, se borraron todos los avisadores”), obligándolo a cerrar por segunda vez su programa, pero sin lograr amordazarlo. Siguió hablando y escribiendo. Eran muchos los que cada semana esperaban y leían su columna en el diario Ámbito Financiero. Pero esta vez –después que los Kirchner desmantelaron el ejército, transformándolo en un conglomerado informe, casi inutilizable hasta para los servicios de protección civil– la degeneración de las instituciones democráticas empezó a volverse irreversible y Neustadt murió de un paro cardíaco, con “ganas de vomitar” ante la destrucción de su país.
Frente a la más reciente víctima de una arrogancia política que nace de una hybris absoluta con respecto a todo y a todos, y que ha subyugado a una nación que en su mayor parte está compuesta por italianos y descendientes de italianos, Italia tiene el deber de no callar. ¿No es hora de que las instituciones y los medios paren de celebrar al “Che” Guevara y se decidan a honrar a figuras edificantes como Neustadt o como Favaloro, quien además de todo ha dado brillo también a Italia con su trabajo y rectitud? Así ayudarían a todos aquellos que siguen trabajando, con dedicación y humildad, para lograr que emerja la verdad sobre Argentina y que los auténticos principios del liberalismo prevalezcan y se consoliden. Italia no puede exhimirse de hacer su parte: debe asumir la responsabilidad de no dejar solos a los compatriotas que allí viven, y que demasiadas veces se han sentido ya por ella abandonados, olvidados.
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