La actual generación de gobernantes europeos -resulta difícil llamarles verdaderamente líderes-, como Schröder, Chirac, Berlusconi o Rodríguez Zapatero no están a la altura de los retos.
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Domingo, 18 de enero 2026

La actual generación de gobernantes europeos -resulta difícil llamarles verdaderamente líderes-, como Schröder, Chirac, Berlusconi o Rodríguez Zapatero no están a la altura de los retos.
Gustavo de Arístegui
El sonado fracaso del Consejo Europeo que debía aprobar el nuevo presupuesto comunitario pone de manifiesto unos síntomas de grave crisis en Europa. No cualquier crisis, pues ésta se manifiesta en muy diversos y trascendentales órdenes: en primer lugar adolece de un rumbo suficientemente claro y bien trazado, sus estructuras administrativas, su arquitectura institucional, que necesitaba de una urgente puesta al día, ha sido congelada sine die como consecuencia de los referendos francés y danés. Seguiremos embutidos en el traje institucional que se diseñó originalmente para seis y que ya con 15 nos estaba a reventar. Crece exponencialmente la falta de ambición, los europeos parecemos anestesiados por la prosperidad, la corrección política y un cierto materialismo hedonista. Hay que poner en hora el reloj europeo y sobre todo el despertador, quizá unas cuantas horas antes, para volver a levantarnos al despuntar el alba y trabajar mucho más. Asistimos como embobados a la emergencia de nuevas potencias sin hacer nada para evitarlo. ¡Qué suicidio!
Todo esto se debe principal, pero no exclusivamente, a una crisis de liderazgo, nos faltan los De Gasperi, Jean Monet, Konrad Adenauer, Paul Henri Spaak o tantos otros ingenieros de la paz y de la prosperidad que las nuevas generaciones de europeos dan por descontada. La democracia, la paz y la prosperidad son delicadas plantas a las que hay que mimar más que cuidar. Son tan frágiles como potencialmente efímeras.
La actual generación de gobernantes europeos -resulta difícil llamarles verdaderamente líderes-, como Schröder, Chirac, Berlusconi o Rodríguez Zapatero no están a la altura de los retos. Por lo que no se entiende qué ha podido hacer creer a Zapatero que él debía llenar ese hueco como no sean la ingenuidad y/o la soberbia. No parece que los demás estén por la labor, pues créanme, yo tampoco. No creo que la falta de rumbo que hoy asola a nuestro país sea la mejor brújula para construir Europa. Un poco de humildad le sentaría bien al Gobierno de España.
Lo peor de todo es que Rodríguez Zapatero ha hecho una apuesta equivocada, con una política de seguidismo acrítico de dos personas, más que de sus países, cuyo protagonismo está apagándose, Schröder y Chirac, que podrían ser reemplazados por un dúo mucho más cercano a las tesis del PP que a las del PSOE, Angela Mërkel, de la CDU alemana, y Nicolás Sarkozy, de la UMP de Francia. En su seguidismo no defendió los intereses de España con la tenacidad deseable. ¿Y entonces qué, señor Zapatero, se quedan sin referentes? El presidente creyó que con sonrisas y talante, además de apoyar las posturas anti guerra de Francia y Alemania, tendría garantizado el apoyo para renegociar las perspectivas financieras. Pues no, se ve que el talante no cotiza en Euros.
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