“Ha muerto un hijo de la fiel Polonia a quien las circunstancias de la historia convirtieron en timonel de la nave de la Iglesia Católica en tiempos particularmente inhóspitos para el mundo del espíritu”.
Bartolomé de Vedia
Ha muerto el Papa. Pero… ¿qué Papa ha muerto? No va a
ser fácil, seguramente, responder a ese
interrogante.
Ha muerto un hijo de la fiel
Polonia a quien las circunstancias de la
historia convirtieron en timonel de la
nave de la Iglesia Católica en tiempos
particularmente inhóspitos para el
mundo del espíritu. Ha muerto el gigante de
la fe de acero que a fines de los años 70 sumó un aporte
decisivo para que germinara la
semilla de la libertad en la inmensa y
oscura porción del mundo dominada por el
comunismo, en la cual se había pretendido
negar a Dios y al hombre durante más de siete
décadas.
Pero ha muerto también el gran
líder espiritual que, tras el derrumbe del
imperio soviético, supo formular las más
lúcidas advertencias contra el posible
advenimiento de un capitalismo
global salvaje y deshumanizado, que al
desmontar el andamiaje ideológico de los
totalitarismos arrojase a
centenares de miles de hombres al abismo de la
marginación social sin la sombra de un Estado
razonablemente protector.
Con ese
sabio sentido del equilibrio y con esa lealtad
esencial a los principios de su fe dos veces
milenaria, construyó Juan Pablo II su
pensamiento sobre la problemática
moral y social de nuestro tiempo, expuesto con
magnífica claridad conceptual en dos
encíclicas que ya son parte sustancial de la
doctrina y de la historia de la Iglesia: la
Sollicitudo Rei Socialis, dictada en
1987, y la Centesimus Annus, emitida en 1991. Con
el primero de esos dos documentos se celebró
el 20° aniversario de la Populorum
Progressio, de Pablo VI. Con el segundo se rindió
homenaje –en su centenario– a la Rerum
Novarum, de León XIII.
Pero hay mucho más por
decir sobre el hombre singularísimo que
ayer entregó su alma a Dios. Ha muerto un hijo
dilecto de la tecnología del siglo XX, un
usuario incansable de los modernos
prodigios de la comunicación y el
transporte. En su calidez protectora, en su
desbordante simpatía personal, las
mujeres y los hombres de casi todas las
regiones geográficas del planeta
encontraban una respuesta visceral a sus
inquietudes más profundas, a sus temores más
íntimos.
Viajero infatigable,
ávido siempre de conocer nuevas tierras y de
besar nuevos suelos, Juan Pablo II fue seguido y
ovacionado por muchedumbres que ningún otro
Papa en la historia logró reunir jamás.
Aunque últimamente se lo veía
envejecido y enfermo, aunque su cuerpo
–otrora fornido y atlético– era una llama
blanca a punto de apagarse, la presencia de
este Sumo Pontífice excepcional
seguía siendo para centenares de
millones de personas un dato
tranquilizador de la realidad, un
referente del que nadie quería prescindir. En
él reconocían los pueblos –y no sólo los de
raigambre católica– una suerte de último
reaseguro contra los mortificantes
vacíos de incertidumbre y desolación que
el relativismo moral y el pragmatismo
posmoderno fueron abriendo a uno y otro lado del
camino del hombre en las décadas finales de
la centuria anterior y en los albores del
tercer milenio.
Conservadurismo
religioso
Pero ha muerto
también –y hay que consignarlo– un defensor
inquebrantable de la moral cristiana
tradicional, un baluarte
inconmovible del conservadurismo
religioso. Este hombre cálido y
desacartonado, campechano y
risueño, enemigo de las falsas pompas y de las
solemnidades gratuitas, este
peregrino que sonreía por televisión y
saludaba desde las escalerillas de los
aviones, este hombre –en suma– tan de su tiempo en
todo lo relacionado con el despliegue de sus
energías exteriores y visibles era un
custodio celoso y férreo de los valores de la
moral católica tradicional. En
cuestiones como el aborto, la
contraconcepción artificial, la
eutanasia, el celibato sacerdotal o
la exclusión de las mujeres del sacerdocio,
el Papa que acaba de morir no admitía
disensos. Al reafirmar los principios
clásicos de la fe y la doctrina cristiana en el
contexto cultural de la posmodernidad
–utilitario y desacralizador–,
cumplió una tarea titánica. Tanto o más
exigente, tal vez, que la que afrontó en los años en que
luchó contra el totalitarismo
soviético.
Si los primeros diez años de su
pontificado estuvieron
destinados a confrontar con las
estructuras políticas de opresión que
imperaban en su amada Polonia –y en toda la
Europa comunista–, en la segunda parte
de su Papado debió lidiar con un enemigo
quizá más sutil e inasible: el
indiferentismo religioso, la
desacralización de la existencia
humana, la pérdida del espíritu de
trascendencia. Hubo dos Karol Wojtyla
sucesivos: el primero midió sus fuerzas con
un contrincante que extendía su imperio
hacia el Oriente; el segundo tuvo que luchar
contra un adversario que se alzaba
principalmente en la otra mitad del mundo, en el
corazón del Occidente racionalista
y culto, heredero del iluminismo
progresista y civilizador. En ambas
empresas se reveló como un gladiador
formidable. El primer Wojtyla llenó la etapa
1978-1989. El segundo cubrió el período 1990-2005.
Pero ha muerto también –cómo no decirlo–
el Papa del jubileo, el Papa del perdón. Fue una
experiencia conmovedora e inédita
para inmensas legiones humanas
trasponer el umbral del siglo XXI de la mano de un
Sumo Pontífice que insistía en pedir
perdón al Todopoderoso por los pecados y
los crímenes que los cristianos cometieron a
través de los siglos. No sólo fue conmovedor: fue
también maravillosamente
estimulante. Nunca antes un líder del
catolicismo había encarnado de
manera tan visceral la idea del perdón. Nunca
antes el cristianismo había vuelto sobre sus
propios pasos con tanta voluntad de revisar
sus errores y regresar a sus fuentes.
Catolicismo
revitalizado
Es
curioso: cuando promediaba el siglo XX, la
mayor parte de los intelectuales tendía a
pronosticar que el tránsito al siglo XXI iba a
estar dominado por los vientos helados del
agnosticismo, de la decadencia
religiosa, de la ausencia de Dios. Pocos
imaginaban que un Papa iba a ser capaz de
reverdecer en las mujeres y en los hombres, a esa
altura de los tiempos, la fuerza de la fe. Karol
Wojtyla logró esa proeza: revitalizó el
catolicismo a tal punto que el salto al
tercer milenio fue vivido por inmensas
multitudes como una experiencia
eminentemente religiosa. Y lo hizo con
un recurso simple: inaugurando un
ejercicio de autocrítica que para la
Iglesia constituía una entera novedad.
Para eso le bastó con sacar a relucir una
antigua palabra de siete letras:
jubileo.
En la tradición del Antiguo
Testamento, ese vocablo era usado para
denominar el momento o período en que se
celebraban los acontecimientos de honda
resonancia espiritual. En 1994, Juan Pablo II
invitó a todos los cristianos a recorrer un
camino de preparación con miras a la
celebración de lo que llamó el Gran Jubileo del
año 2000. Y propuso –en su inolvidable carta
Terzio Millennio Adveniente– que la Iglesia
viviese la transición al tercer milenio
haciendo un autoexamen de conciencia que
pusiese de manifiesto los pecados y los
errores de sus hijos.
Ha muerto el Papa que en 1978
tomó el timón de la Iglesia en los años difíciles
del período posconciliar y supo
restablecer con firmeza la unidad del
movimiento católico, amenazada por
las fisuras y los divisionismos que los
vientos de renovación traídos por el Concilio
–recibidos con entusiasmo por muchos,
pero observados con recelo por algunos–
habían provocado en el cuerpo eclesial.
Ha
muerto el vicario de Cristo que llegó
extraordinariamente lejos en el
esfuerzo por impulsar el diálogo
interreligioso. Están vivos en la
memoria colectiva los ecos de su visita a
Jerusalén, concretada en marzo de 2000. Allí,
en el Lugar de los Lugares, Juan Pablo II culminó
el largo peregrinaje que venía
realizando por el mundo desde 1978. Allí, en la
Tierra Santa, se abrazó al escenario en el que
Jesucristo entregó su vida para abrir la
puerta de la salvación al género humano.
Pero allí visitó también el gran espacio
histórico en el que se expresa la fe
milenaria de los hebreos: el Muro de los
Lamentos. También ésa fue la culminación de una
larga travesía: la que había iniciado el 7 de
junio de 1979 al visitar por primera vez los
campos de Auschwitz para rendir homenaje a
los millones de judíos asesinados por el
nazismo y rezar por ellos.
La
tradición monoteísta
Por
supuesto, Jerusalén fue para el Papa,
asimismo, un hito más de su acercamiento al
Islam y, por descontado, a los cristianos de las
distintas vertientes: ortodoxos,
anglicanos, luteranos, metodistas y
evangélicos de todas las orientaciones. Allí,
en la Jerusalén amurallada, el Papa
venido del Este fortaleció sus lazos con
todas las mujeres y todos los hombres que asumen
como propia, en el mundo, la herencia
milenaria de la tradición monoteísta.
La muerte de un Papa produce siempre una
sensación de desamparo, de vacío que nadie
llenará, de confrontación con los misterios
más hondos de la vida y de la condición humana. En
el caso particular de Juan Pablo II esa
sensación parece potenciarse al
infinito.
Fuente: La Nación –
Argentina
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