Política

La estrategia exterior de Argentina: no vamos bien

A pesar del discurso oficial, cada vez es más discutible si “estamos bien”. Lo que está muy claro es que no “vamos bien” y que ésto tendrá consecuencias que en algún momento nos alcanzarán cobrándose su cuenta.

Ricardo Lafferriere
Hace algunas semanas, en esta misma columna mencionábamos el error que está cometiendo el gobierno nacional con sus alianzas externas.

Hacíamos alusión a la creciente aparición de dos grandes líneas maestras actuando en el escenario internacional que van alineando la enorme multiplicidad de intereses, matices, entrecruzamiento y conflictos que muestra el escenario mundial: por un lado, los países -desarrollados y en desarrollo- que trabajan para construir un sistema internacional con reglas predecibles, con respeto a los derechos de las personas, libertad de transferencia de información y comercio, internacionalización de la producción e intercambio de bienes y servicios, respeto a las normas y estrechamiento de los espacios del delito global; y por el otro, países también más o menos desarrollados, organizaciones y personas que prefieren quedar al margen de ese esfuerzo, desatan carreras armamentistas, entrelazan su acción con bandas terroristas internacionales, cierran sus fronteras al intercambio, no respetan los derechos de las personas o conforman directamente organizaciones de “nuevos piratas” de alcance mundial que impregnan no sólo a los estados fallidos sino a las propias sociedades abiertas en las que desarrollan su tráfico de drogas, de personas, de armas, de marcas falsificadas o de lavado de dinero ilícito, a través de personeros locales.

Entre medio de estas líneas están los nuevos problemas, que unos buscan solucionar y otros ampliar. Porque está claro que las sociedades estables con noción de los peligros no quieren un mundo con terrorismo y sin seguridad, buscan ampliar el crecimiento económico y abrir las puertas a los recién llegados, como ocurrió con los “tigres asiáticos” en los 80, con Irlanda o China en los 90, con la India y demás países del entorno asiático o el propio Brasil en la actualidad y aprovechan las crecientes oportunidades que abre el crecimiento exponencial del conocimiento, el intercambio de información y el mundo global.

Por el contrario, los desestabilizadores no tienen interés alguno en recorrer ese camino. Prefieren apoyarse en los problemas existentes para potenciarlos, cierran todas las puertas a cualquier dialogo constructivo, desatan viejos resquemores, relanzan carreras armamentistas, entrecruzan sus intereses con traficantes de armas, personas, drogas, falsificaciones de marcas y lavado de dinero. Por supuesto que este esbozo no contiene agrupamientos nítidos, como no es nítido hoy ningún agrupamiento del mundo real en el que conviven minorías étnicas migrantes con comunidades virtuales, organizaciones territoriales en estados fallidos con redes virtuales de terrorismo, comercio legal global con contrabando a través de la red. El mundo está “mezclado” y la inestabilidad es característica de los tiempos, más que de alguna geografía.

Decíamos en aquel artículo que en nuestra región una de las líneas maestras está catalizándose alrededor del Brasil, y la otra alrededor del “chavismo”. Obsérvese que no decimos “Venezuela”, porque, a diferencia de Brasil -país en la que la enorme mayoría de su sociedad civil respalda la orientación estratégica liderada por el presidente Lula Da Silva- en el hermano país caribeño la democracia es cada vez menos homologable como para afirmar que los actos internacionales de su gobierno representan a la mayoría de los venezolanos.

En la vecindad, giran en el primer espacio Chile, Uruguay y Paraguay. En el segundo, Bolivia, que paga con inestabilidad su vuelta a la prehistoria.

La Argentina, que alguna vez fue señera en América Latina con su modelo de desarrollo social, de integración, de desarrollo industrial, de excelencia educativa, de irradiación cultural, hoy ha abandonado cualquier pretensión modélica, sigue en la decadencia y tiene como autoridades… las que tiene. Sus actos y gestos de política exterior la acercan más a Chavez y Morales, que a Lula y Bachelet.

También es cierto que la Argentina tiene una población integrada por hombres y mujeres templados en la adversidad, que han sabido sobrevivir a las locuras más diversas, que aún hoy se esfuerzan por extraer resultados a los viejos equipamientos de sus Universidades “ninguneadas” por el populismo y la intolerancia, que a pesar de sufrir la confiscación de cerca del 50 % del producto de su esfuerzo (entre los impuestos y las retenciones) siguen abriendo surcos, generando riqueza agropecuaria e industrial y asombrando al mundo con su capacidad de recuperación, con jóvenes que no bajan los brazos y financian sus estudios repartiendo piza en patinetas o sirviendo de meseras en restaurantes elegantes. Argentinos y argentinas que llegaron al fondo pero se pusieron del pie, organizando cooperativas y microempresas, que buscaron hasta encontrar un nicho de producción y de servicios que aprovecharon para reconstruir su ilusión, que vuelcan su tiempo libre en las miles de organizaciones no gubernamentales que ayudan a quienes lo necesitan, trabajan por la protección del ambiente o vuelcan su esfuerzo para atenuar los problemas que el Estado populista abandona, dedicado como está a llenar con dólares sobres o maletines, para dejar en los baños o transportar para lavado. Es que las dos grandes líneas que hoy van modelando el planeta de las próximas décadas se proyectan también en el país, en su gente, y en su política. Es la política la que fija las relaciones internacionales, y son los hechos -más que los discursos- los que marcan este alineamiento.

La señora puede ir a España a solicitar inversiones, pero si su marido grita en la reunión de Tarija un discurso prepotente propio de hace medio siglo, difícilmente alguien la tome en serio -en el supuesto que ella misma hubiera hablado en serio, cosa que tampoco está clara-.

La señora puede declararle a Morales Solá su última epifanía intelectual (“La Argentina debe volver al mundo”), pero si en vuelos alquilados por empresas estatales llega un maletín con Ochocientos mil dólares “cash” en billetes de cincuenta, difícilmente ese regreso sea al mundo serio, y más bien indica que al mundo al que se retorna es al de los marginales, inescrupulosos y seudodelincuentes. La imagen de la política internacional argentina y en consecuencia, de los argentinos, para vergüenza de quienes sentimos vergüenza, también fue expuesta en los diarios de estos días en boca de una fuente del Departamento de Estado: simplemente los “carteristas” de las nuevas épocas, aquellos a quienes hay que tener cuidado porque se quedan con la billetera del que anda cerca.

A la pareja reinante puede resultarle incluso gracioso que se les pegue la billetera de su socio caribeño y hasta emprender con él algún pingüe negocio con los bonos argentinos vendidos a través de Chavez al mercado venezolano, “arbitrando” con la diferencia de precio entre el dólar “oficial” y el “libre” en el país caribeño. Pero la contracara es seguir alejados del mundo que piensa y lucha por un futuro mejor, mientras anclamos nuestro destino a lo peor del planeta. Ese es el precio de una democracia castrada de contenidos republicanos, de un sistema político cooptado por el populismo, de un país que reemplazó la reflexión sobre su destino por el pasatismo guarango de una televisión alienante.

A pesar del discurso oficial, cada vez es más discutible si “estamos bien”. Lo que está muy claro es que no “vamos bien” y que ésto tendrá consecuencias que en algún momento nos alcanzarán cobrándose su cuenta. Porque como canta Joan Manuel Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

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El autor es ex Embajador argentino en España y ex legislador nacional.

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