Política

La inapreciada contribución de América a la paz

El status quo en Oriente Medio no requiere vigilancia americana. Israel es bastante fuerte, y los países árabes están lastrados por los conflictos internos. De modo que la posición de América debería ser, por utilizar una versión de la broma de James Baker: cuando alguien sienta la necesidad de firmar un tratado de paz, ya sabe el número a marcar.

Youssef M. Ibrahim
Terroristas de Hamas lanzan morteros en el complejo donde se esconde el rais árabe palestino, Mahmoud Abbás. Egipto envía terroristas de Fatah recién equipados a cruzar la frontera para matar a otros palestinos. El Ministro del Interior de la Autoridad Palestina dimite, con el argumento de que no tiene ninguna autoridad. Mientras tanto, la mayor parte del millón de residentes de Gaza eran confinados en sus casas mientras hombres con pasamontañas negros ocupan posiciones sobre tejados y las descuidadas calles.

La escalada coincide con la quincuagésimo novena conmemoración de lo que los árabes palestinos llaman “Al Naqba” el martes. La palabra significa “catástrofe” en árabe, una referencia a la creación de Israel en 1948. Por el momento, sin embargo, el término Al Naqba retrata más exactamente las presentes condiciones palestinas. Pero sorprendentemente, los monarcas de Jordania y Arabia Saudí, junto con el presidente de Egipto, pensaban que éste era el momento oportuno para advertir a un visitante vicepresidente Cheney de que a menos que América ayude a aplacar los fuegos árabes palestinos, no podrá comenzar a estabilizar Irak, ganar la guerra contra el terror o detener la carrera por la bomba nuclear de Irán.

Esta formulación árabe es la versión rápida de pedir a América que “obligue” a Israel a abandonar el West Bank y los Altos del Golán y conceder un estado árabe palestino independiente que pueda acoger a millones de refugiados palestinos. Como golpe de efecto, el monarca jordano, el rey Abdalá, declaraba que el tiempo para que América coja cuerda en los temas árabes israelíes “se está agotando”. Si esto suena como lavarse las manos mezclado con un toque de chantaje y engaño, es que lo es. No importa que, a la vez que Gaza arde, en los territorios que circundan por todas partes al reino de Abdalá, chi´íes y sunníes se estén masacrando mutuamente en Irak, los jihadistas estén desafiando a los gobiernos actuales, y las perspectivas de Irán sean aún más lúgubres.

Con todo el drama a un lado, América ha aprovechado todas las oportunidades de pacificación disponibles y lo ha hecho a un precio enorme tanto en fondos como en voluntad. En los años 70 y 80, América logró dos tareas hercúleas, completar dos tratados de paz entre Israel y Jordania, y entre Israel y Egipto. La factura ascendió a más de 140 mil millones de dólares – y contando – y obtuvo pocas notas de agradecimiento.

Cuando se compara con lo que hizo por Europa tras la Segunda Guerra Mundial, el espacio del compromiso de América con Oriente Medio es sobrecogedor. Según uno de los presidentes de la Fundación George C. Marshall, Albert Beveridge III, los gastos de posguerra “para reducir el hambre, la falta de techo, la enfermedad, el desempleo y la inestabilidad política” para 270 millones de europeos residentes en 16 naciones alcanzaron en total unos modestos 13.300 millones de dólares — alrededor de 88.200 millones en dólares de hoy en día. La ayuda del Plan Marshall duró apenas cuatro años.

En contraste, América ha estado trabajando activamente en la paz en Oriente Medio durante 28 años, durante los cuales ha pagado a Israel, Egipto, Jordania y los árabes palestinos más de 150 mil millones de dólares por aparcar las diferencias. La financiación de ayuda de América a la región es tan dispar que al lado de África, las antiguas repúblicas soviéticas y otros países verdaderamente pobres del mundo, resulta absurda. ¿Y cuál ha sido el resultado? Desde que se firmase el tratado de paz Israel-Jordania el 26 de octubre de 1994, el contribuyente americano ha mantenido a los 6 millones de personas de Jordania – la mitad de los cuales son árabes palestinos – al ritmo de 350 millones de dólares al año, un total de 4.500.000.000 de dólares hasta la fecha. Aún así, la opinión pública jordana es ferozmente hostil a América.

Desde que Egipto e Israel firmasen en la línea de puntos el 26 de marzo de 1979, Israel ha recibido alrededor de 80 mil millones y Egipto ha recaudado 60 mil millones, según estadísticas del Congreso. Si el gasto americano en Egipto está lejos de terminar, también lo están los insultos lanzados a diario en la prensa egipcia. Hasta los belicosos árabes palestinos que rutinariamente incendian banderas americanas han recibido bastante más de 20 mil millones de dólares en comida y ayuda humanitaria procedentes del Tío Sam. Si este dinero se gasta bien o no es discutible. Lo que es seguro es que mientras Europa y los países árabes se quedan mirando, América ha hecho más de lo que le correspondía como pacificador de Oriente Medio. Ahora, con los problemas de Irak, el ascenso del terror islamista, el creciente poder de China y un emergente desafío ruso, América tiene otros problemas de los que preocuparse.

El status quo en Oriente Medio no requiere vigilancia americana. Israel es bastante fuerte, y los países árabes están lastrados por los conflictos internos. De modo que la posición de América debería ser, por utilizar una versión de la broma de James Baker: cuando alguien sienta la necesidad de firmar un tratado de paz, ya sabe el número a marcar.

Youssef M. Ibrahim fue corresponsal de Oriente Medio para el New York Times y editor de recursos del Wall Street Journal durante 25 años. Actualmente es escritor freelance radicado en Nueva York y Dubai, y columnista del NY Sun.

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