Política

La semana política en Argentina: las apariencias engañan

“¿Ante cuál escenario nos encontramos? Evidentemente, y pese a todo el esfuerzo de ciertos medios de comunicación, elaborando una opinión publicada como eufemismo de “verdad revelada”, hay muchas grietas en la política nacional y una concreta falta de operatividad por parte del actual Poder Ejecutivo”.

Gabriela Pousa

 


Generalmente cuando la ciudadanía muestra tal grado de apatía frente a una elección, ya sea legislativa, presidencial, una mera interna de partido o de representantes de comité, surgen dos alternativas.


 


– O las cosas en el país funcionan de maravillas y no hay necesidad de cambiar figuritas o de expresar encono.


– O la “democracia” que se supone, es el régimen que prevalece, no es tal y la gente advierte que -gane quién gane- todo ha de seguir igual. Qué no hay dirigencia alguna que atienda las demandas perentorias del pueblo o bien, consciente o no, la sociedad sabe que su capacidad para decidir es tan relativa como la elección misma.


 


¿Ante cuál escenario nos encontramos? Evidentemente, y pese a todo el esfuerzo de ciertos medios de comunicación, elaborando una opinión publicada como eufemismo de “verdad revelada“, hay muchas grietas en la política nacional y una concreta falta de operatividad por parte del actual Poder Ejecutivo. Si se analizan con profundidad los más de dos años de mandato de Néstor Kirchner, se verá que no se ha delimitado siquiera una gestión de gobierno definida. No puede, seriamente, establecerse ni una filosofía política rayana al socialismo ni se ha logrado instaurar un progresismo verdadero. Estamos, lisa y llanamente, bajo el dominio de lo fatuo.


 


Basta para justificar lo dicho analizar la política instrumentada por el socialista Ricardo Lagos, en Chile para comprobar que nada tiene que ver, la manera de Néstor Kirchner de asumir su rol al frente del gobierno, con la de su par trasandino.


 


Este último asumió como el “Presidente de la Concertación“ empeñado en la integración de Chile al mundo, suscribiendo para ese fin los Tratados de Libre Comercio con la Unión Europea, Estados Unidos y Corea. A su vez, encaró la Reforma Educacional, que entre otras medidas estableció los 12 años de escolaridad obligatoria; promulgó y puso en vigencia la Ley que aumentó en 3 mil plazas la dotación de Carabineros de Chile y creó el Comité Interministerial de Seguridad Pública para coordinar la función de todos los agentes vinculados a las tareas de seguridad, entre otras cosas. En síntesis, puede decirse que, Chile con un socialista a la cabeza,  ha generado políticas de Estado tangibles y con resultados a la vista. Mientras, la Argentina…


 


También resulta inútil hablar de una Argentina progresista si aceptamos por progresismo, aquel movimiento que prevaleció en Estados Unidos durante las presidencias del republicano Theodore Roosvelt (1901-1909) y del demócrata W. Wilson (1913-1920) cuando se diera notable impulso a un amplio cuerpo legislativo e institucional, concordemos o no con los resultados.


 


De este modo, se desprende que el escenario argentino tiene las características de la segunda alternativa mencionada más arriba. Es decir, la sociedad se encuentra sumergida entre la apatía y el descreimiento en la clase política y una seudo conciencia democrática. Es decir, asida a la convicción de que estamos bajo el mejor régimen de gobierno conocido pero ignorante de las implicancias intrínsecas de un sistema donde el pueblo es, realmente, soberano. De allí que, las próximas elecciones, parezcan -a simple vista- una participación ciudadana concreta. Pero, si bien se mira se verá que estamos frente a una contienda que tiene más de ambición personal que de interés nacional. Por un lado, pareciera que sólo existen dos bandos más que dos fuerzas políticas: el duhaldismo por un lado y el kirchnerismo por otro. Y, entremedio: un feudo. O, al menos, un territorio convertido en feudo. El carácter federal de la Argentina está hecho trizas.


 


En cada provincia hay tan sólo puestas algunas fichas para mantener calma la hacienda. En este sentido, sí puede hallarse en el enfoque oficialista ciertos resquemores del viejo progresismo americano donde pululaban los “Bosses“, esos jefes políticos que disponían de miles de votos merced al patronazgo, controlaban las maquinarias de los partidos, designaban los candidatos locales y  garantizaban la elección a cambio de concesiones de contratos (por lo general, obras públicas o servicios municipales)     


 


Y es que se la analice por donde se la analice, la próxima elección no tiene miras de modificar un ápice el panorama coyuntural.


 


Una victoria del Presidente – no interesa ya el porcentaje de votos puesto que, ante la ciudadanía será presentado como “avasallante”- puede preverse un triunfalismo peligroso. Kirchner redoblará su esfuerzo por controlar el Congreso y el país seguirá inmerso en la lucha interna entre el bloque oficialista y esas minorías con pocas posibilidades de imponerse, a juzgar por lo dóciles que resultaron ser éstas en la reciente historia argentina.


 


Es cierto que aún victorioso, el Jefe de Estado puede no conseguir una mayoría absoluta. En ese caso, la opción sería la negociación. Ahora bien, si Kirchner no negoció cuando sólo contaba con el 22% de los votos, ¿por qué habría de hacerlo ante un porcentaje aún mayor?


 


No obviemos que de conseguir un triunfo “digno“, la idea de plebiscito de gestión retornará y, las ínfulas del Presidente, lo llevarán a enquistarse en el Poder Legislativo de manera tal que terminará paralizando la función del mismo. Es lo que ha sucedido durante todo este año, sin ir más lejos.


 


Convencerse de que un traspié como el que sufriera la semana pasada cuando, la Cámara Baja, se le dio vuelta  suspendiendo las ejecuciones hipotecarias es una bisagra en la actitud presidencial es necio. Puede que ponga sobre el tapete la fragilidad del Gobierno pero de allí a que, Néstor Kirchner, modifique su modus operandi hay largo trecho. Y nadie legisló para limitar ningún decreto. Ni necesidad ni urgencia hubo para ello.


 


Desear que esa actitud del Congreso de poner contralor al Ejecutivo sea, de ahora en más, una conducta metódica es otra cosa.


Pero, por lo expuesto, más que frente a la posibilidad de ratificar los derechos cívicos de los ciudadanos, es factible pensar que estamos frente a un capítulo de suspenso en una serie donde ya sabemos quién es protagonista y quién elenco. Todo el misterio se reduce a observar cómo ha de variar la pericia presidencial después del hecho.


O tendremos un Presidente centralizando poder sin demasiados atolladeros o tendremos un Presidente condicionando a su séquito para que interfiera – más allá de los métodos- en un Parlamento que está devaluado por el sistema y no por el recambio de figuritas que haya allí dentro.


 


Porque si esto que nos pasa es la “Democracia” entonces, las “dictaduras”, han sido siempre “soberanas…”

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